‘El filo de la herida’ (Parte I)

José Antonio López Hidalgo

Esta novela tiene su origen en las muertes ocurridas en las alambradas de Ceuta y de Melilla; también en la exposición “Fronteres”, del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, y en una relectura de “Esperando a los bárbaros”, de Coetzee.

dentro

Desde la azotea, y haciendo el esfuerzo de evitar los obstáculos que entorpecen la mirada al sur, se descubre la culminación de la gran alambrada que se extiende por toda la línea de tierra y llega de una parte a otra del mar, que también ha de verse como un impedimento, aunque en los días de oleaje manso no queda más remedio que redoblar esfuerzos y vigilancia porque la lentitud de las mareas convierte el océano en un camino demasiado cómodo incluso para quienes sólo son capaces de reunir varias tablas.

No está bien visto subir a la azotea, ni siquiera en su caso, y menos aún hacer lo posible por mirar al sur. El edificio, estricto igual que una sentencia sólidamente formulada, se concibió de manera que los ventanales buscaran los lujos históricos de la ciudad y confluyeran en la dirección adecuada, el paisaje brumoso y suave que marca el norte al fondo, el espacio afortunado por el que se despliega la eficacia del Imperio. Es verdad que los funcionarios padecen cierta añoranza al hallarse en un extremo de esa geografía fundamental, pero a la vez poseen mayor conciencia de la importancia de su labor, son fieles al interés por administrar con rigor los confines de este mundo, y no puede reprochárseles que exijan una remuneración acorde con una lealtad insobornable. Por eso no ven con buenos ojos que el Adelantado suba a la azotea y contemple el sur durante horas, con una atención que roza el ensimismamiento. No está de guardia, observa únicamente, con una curiosidad que no se merece el territorio desde donde acuden todos los problemas, según el dietario oficial. Su curiosidad, su actitud ignorante de toda cautela, confunde a los subordinados, a la población que le ve allá arriba, en la azotea y mirando hacia el sur, lo que provoca dudas y por tanto el orden empieza a agrietarse y perder su utilidad. El secretario más próximo se lo ha advertido amparándose en su prudencia como mensajero, y la respuesta del Adelantado es una sonrisa, que nadie sabría cómo describir, ni arrogante ni triste ni condescendiente ni evasiva. Lo cual plantea unos límites dentro del círculo escalonado de la Administración que no pueden existir. No se conoce la manera de acceder a la sonrisa del Adelantado, y tampoco a las causas de su conducta; se encuentra más allá de la jerarquía. Pero los efectos, por extraños, son de temer.

El Adelantado no vive habitualmente en la residencia oficial. Al poco tiempo de tomar posesión de su cargo se trasladó al pabellón de visitas, una casa situada en un bosque privado, tan discreta que se construyó como lugar de retiro en épocas de tensión excesiva y para proteger la intimidad cuando conviene al prestigio de una figura pública. Los paréntesis de un dignatario en el pabellón de visitas han sido siempre aceptados por la comunidad, que entiende que, a fin de cuentas, los hombres en su más alta posición no dejan de verse también imantados por bajas pasiones. Si se me permite la imagen tosca pero reveladora, uno puede acudir al retrete en las ocasiones muy concretas en que le resulte necesario; sin embargo, nadie comprendería que se alojara en el retrete, salvo que el cuerpo esté obligado por la enfermedad o el sentido común se entregue al abandono más absoluto. El pabellón de visitas no debería haberse convertido en la vivienda del Adelantado, parece que le repugnara mantener el protocolo del escalafón y esto trae consigo la desconfianza, una ruptura indeseable en nuestro sistema que por alguna razón se ha tramado así durante numerosas generaciones, no puede concederse ni un detalle a la frivolidad, hay que actuar como un armazón inquebrantable y en él los cambios obedecen a consecuencias muy elaboradas cuyos motivos se iniciaron en otras circunstancias y han ido consolidándose sistemáticamente. El Adelantado no puede ser causa y efecto por sí mismo. La residencia oficial, además, fue concebida de acuerdo con todas las normas que impone el principio de máxima seguridad. En el pabellón de visitas, cuando no se hace servir sólo de manera esporádica, aumenta el riesgo, no se puede proteger por completo al Adelantado. Y cada día que transcurre sin que el Adelantado sufra algún percance serio es una duda arrojada contra nuestro énfasis en la seguridad por encima de todo.

Le vemos. Haga lo que haga. Esté donde esté. No le vigilamos. Simplemente vemos lo que hace y cómo lo hace. Aquí y allá hay uno de nosotros que observa. Somos un enjambre y la información se posa en cada uno de nosotros. Sedimenta. Después la decisión vendrá por sí sola. Tiene algo que nos conviene y debemos descubrir si tenemos algo que le pueda interesar. Tal vez lleguemos al trueque ideal para ambas partes. Hemos traído una paciencia de semilla debajo de la arena del desierto, es inevitable que algún día el cielo se abra y esa lluvia nos convierta al fin en planta, criatura que ya no se esconde y transforma el lugar. Mientras tanto seguimos esperando. Y le vemos. Seguro que pronto habrá una señal que nos aproxime. Todavía no se ha hecho dueño de su espacio. Aguardamos el momento. Nunca hemos crecido con la prisa. Aunque es verdad que algunos cayeron en la desesperación últimamente. Lo sabe, ha sido testigo de las secuelas. Esa urgencia se ha convertido en nuestra selección natural. No se avanza empujando el tiempo porque es en los rápidos donde un hombre se ahoga. Heredamos esta virtud de nuestros antepasados. Confiamos en ella.

Fue la extrañeza, el desconcierto, lo que indujo a los secretarios generales, y a los responsables de las oficinas de trámites y negocios, a preguntarse por qué se había enviado hasta aquí, a la imprevisible frontera del sur, a una persona que actúa de acuerdo con sus propios moldes e ignora la importancia de respetar el tejido que se ha ido fabricando desde mucho antes de su llegada. La pregunta recorrió los despachos de confianza en los organismos centrales del Imperio y pronto hubo acceso a la documentación que explica la carrera irregular del Adelantado. No cabe sostener que se trate de falta de lealtad hacia un alto cargo, sino de preocupación por la negligencia con que se representa la voluntad del Imperio. El éxito, y sus repercusiones, de la investigación obligaba a realizarla en secreto, pero no puede calificarse como clandestina una labor que redundará en beneficio de la comunidad y no incluye ningún peligro para el funcionamiento de la Administración.
Los informes, fiables por completo, muestran que el ascenso diplomático del Adelantado se inició a raíz de su matrimonio con la hija de un nombre indispensable en la Historia reciente del Imperio. A la sombra de esta influencia honorable se abrieron todas las puertas para el yerno eficiente y bien acogido dentro de una familia en la que se hallará únicamente afán de servicio y fidelidad absoluta al progreso de nuestro mundo. Cuando el matrimonio fracasó (la conducta del Adelantado establece con claridad a quién corresponde la culpa, aunque no se indica una explicación exacta en el dosier), la familia optó por la prudencia y realizó las gestiones necesarias para alejar al miembro desgajado, indeseable si no se utilizara ningún eufemismo, sin privarle de los honores correspondientes por el tiempo prestado como cónyuge, sobre todo para conservar intactas las estructuras en las que nada debe romperse de modo brusco sino retirarse evitando la molestia, el ruido previsible. Así alcanzó el Adelantado esta frontera del sur. La condición excepcional de su destino procede, por tanto, de la segregación, y eso convierte esta plaza en un lugar deshonesto, una decepción contra sus funcionarios que cada día han de velar, con un rigor extraordinario, para que el sur no traspase la frontera y se mantenga el equilibrio de los límites.

No lo abordaremos como si fuese una tierra de la que intentamos adueñarnos. No serviría de nada. Tampoco podemos explicárselo. Debe sentir. Porque nuestras palabras no son como las suyas, se han cocido en hornos distantes, hay que saber encenderlos, alimentarlos, dormir junto a su calor, quemarse en el trabajo que ofrecen y, a menudo, es necesario derribarlos, devolverlos al polvo de donde surgieron y llevarse sólo el gusto en el paladar mientras se camina durante días enteros, y se espera durante mucho tiempo la ocasión de regresar al camino, con cuidado, para no convertirse en parte del camino o en un resto que ya no es un hombre, hasta alcanzar las últimas murallas, y al otro lado está él, imposible que comprenda si no lo siente, no sabe cómo construir un horno, ni prenderlo, ni acostumbrarse al temor de que se apague y entonces la tiniebla se lo comerá todo y mantenerse alerta depende únicamente de uno mismo. No hablamos de esto. Lo llevamos con nosotros. Somos los que merodean entre las basuras. Somos las cucarachas. En algún momento dejaremos de ser las cucarachas y recobraremos nuestra condición humana. No todavía. Pero él, a veces, se queda mirando entre las sobras, rastrea en el vertedero como si echase algo de menos y, cuando descubramos de qué se trata, buscaremos el modo de abandonar la protección de la cucaracha.

La enajenación del Adelantado perjudica profesionalmente a los funcionarios. Dentro del propio Imperio también hay tensiones y la idea, caduca pero resistente, de que algunas de sus piezas geográficas no encajan sin ejercer todavía una presión protectora para los territorios más antiguos, la exigencia de no permitir ni un solo síntoma de debilidad. Llegan noticias preocupantes de la desconfianza. Quienes ostentan el poder, y la responsabilidad de ejercerlo desde el interior, a enorme distancia de las fronteras, calculan hasta qué punto la resistencia al sur resulta suficiente, si los medios actuales son capaces de reprimir la ansiedad y el empuje de los que quieren entrar sin haber sido reclamados, atraídos como polillas por la luz de la civilización y el desarrollo. En definitiva, esta administración local se encuentra frente a examinadores de escasa indulgencia, sospechosa de la excesiva proximidad con el otro lado. En circunstancias semejantes la actitud del Adelantando se juzga inadecuada por completo. Pero sus electores, el peso de una decisión incorregible, no aceptarían que se le relevara de su puesto porque admitir un error previo, al colocarlo donde se halla ahora, significaría una brecha en la línea invulnerable del orden, y de las órdenes, que para este caso poseen idéntico valor. No se concibe esa perversión en la jerarquía. No puede existir, por tanto, un alivio para la situación en el ámbito reglamentario. A efectos particulares se convoca a los secretarios generales y a los responsables de las oficinas de trámites y negocios para tratar el asunto. Lo expuesto en la reunión no se trasladará a ningún informe.

Una de nuestras mujeres ha vuelto al enjambre después de haber acudido a una cita que él le propuso. Es una joven hermosa que se siente feliz ante la promesa del permiso necesario para adentrarse en el Imperio y residir en alguna de las grandes ciudades. Conseguirlo es el pago por acceder a sus deseos durante varios días. No le ha resultado ni vergonzoso ni humillante; como tantos otros viene de un país separado en víctimas y verdugos, donde la vida no vale gran cosa y el cuerpo es a menudo la mercancía que puede sacarte de un apuro o acabar contigo. Como todos ha atravesado el desierto y ha visto muchos cadáveres, muertos en los que no se queda la vergüenza. Ella está viva, es hermosa, y él se ha portado bien, sólo es un hombre atrapado en la ansiedad, se detenía para olerla, acariciaba su piel continuamente igual que si palpara una vasija recién traida del alfarero, sabemos lo que buscaba, el horno que ella, nosotros, portamos dentro, pero no conoce el modo de llegar, no lo siente todavía. En una ocasión, agotado de escarbar en ella, en la ceniza que la cubre y protege, sacó una cabeza antigua, un resto de escultura que representaba a un hombre como él que habitó en este mismo lugar hace dos mil años, con un imperio diferente; el estilo de la talla muestra que la esculpió un artista del sur, un esclavo seguramente, y se atrevió a trazar en los rasgos la inercia aburrida del poder, la mirada vacía, la desesperación de quien se ha encerrado detrás de las fronteras e intuye que lo que importa se halla en el otro lado. No habló así para ella, estaba oyéndose decir lo que no contaba a nadie de los suyos. No quiere ver en el espejo la mueca que deja en el rostro la sensación de no existir. Le enseñó numerosas piezas, su colección, barro cocido con las escenas de nuestro mundo, los pastores, el ganado, la caza, los ritos, las señales. . . Ella ha vuelto al enjambre y hemos descubierto lo que le interesa. Quizás una puerta se abra para nosotros. Le enviaremos a un emisario de confianza para que podamos comunicarnos. Le enviaremos a Bofamet.

De nuevo el Adelantado insiste en franquear una barrera delicada. Las informaciones confirman que se ha reunido con un cabecilla de la delincuencia organizada, un individuo infame que trafica con todo lo que pueda reportar algún beneficio porque se encuentra al margen de los cauces legales. Para individuos como él la frontera es un medio de multiplicar sus beneficios. Que una cabeza visible del Imperio como el Adelantado se entreviste con lo peor de la escoria humana, si se me permite el exceso, resulta inexcusable. Un contacto semejante no augura repercusiones positivas. Las referencias no señalan los motivos ni el contenido de ese encuentro. No hay conjeturas válidas, incluso desde el asombro extremo. Algunas voces escandalizadas, en el círculo restringido de los administradores, proponen que la policía detenga a este criminal conocido como Bofamet y se le obligue a confesar las intenciones de la conversación con el Adelantado. No parece posible. Las palabras de un miserable carecen de valor, enredarían este asunto para su propia rentabilidad. Bofamet negocia con las debilidades del sistema. Y aquí irrumpe la preocupación, ignoramos en qué punto de su vulnerabilidad el Adelantado le ha permitido que se adentre.

Dentro del enjambre Bofamet es un explorador. Tantea el rumbo que nos conviene. Va minando muros para que haya una grieta por la que podamos colarnos. Su condición le obliga a permanecer anfibio, colabora con unos y con otros, pero es de los nuestros y lleva también el olor del humo pegado a la piel. El don que los dioses han concedido a Bofamet le permite entretejer los caminos de los hombres para que se junten o se alejen y así descargarnos del peso de la fatalidad. Han hablado. Han tendido puentes, como le gusta decir utilizando las imágenes de los que rompen todos los puentes o colocan en una orilla puertas cerradas. Bofamet tampoco cree en las palabras aquí, al otro lado. Confía sólo en los hechos, en el egoísmo de los que buscan, en el interés de quienes entregan, siempre a cambio de. Bofamet es un mercader prodigioso y conoce los deseos de cada cliente antes de que él mismo sepa cuáles son en realidad. Y Bofamet ha dicho que el trato con este hombre nos conviene.

A primeras horas de la madrugada, cuando el agotamiento de la vigilancia nocturna debilita la capacidad de reacción, han asaltado la muralla con escaleras hechas de maderos y tablas de embalaje. Han cubierto las cuchillas de la alambrada con ropa, trapos, cartones y han abordado el foso neutral donde una parte del ejército ha conseguido concentrarse para impedir la invasión. La vanguardia ha rebasado también este impedimento con cierta facilidad por lo que las dotaciones de agentes de frontera han tenido que emplearse con una contundencia comprensible ante la ferocidad y la desesperación de la horda numerosa que pretendía traspasar todos los obstáculos. En medio de la batalla los policías del país vecino, hasta entonces indiferentes a los manejos de los asaltantes, han recibido órdenes de abrir fuego. Su intervención ha despejado rápidamente la frontera. A causa de la inercia y de estrictas leyes físicas varios cadáveres han caído dentro del territorio del Imperio. Pero en ninguno de ellos se encontrará una sola bala que nos pertenezca, aunque se considere una temeridad precipitarse ante la investigación ordenada por el Adelantado.
No puede responsabilizarse al Adelantado de esta sorprendente avalancha, ha ocurrido a lo largo de la línea fronteriza, es decir, en las distintas ciudades del perímetro, y aún no ha acumulado tanta influencia entre sus defectos. Sin embargo, la curiosidad por el sur, la tolerancia con quienes ponen a prueba la solidez de las instituciones, han atravesado la muralla como una muestra de debilidad, la señal suficiente porque ciertos rumores enganchan del otro lado y empujan a los que esperan sin otra ocupación en la que aprovechar el tiempo. El Adelantado, en su condición, ha de ser precavido. Y en vez de cimentar la custodia de la frontera con su apoyo tajante, decide entrometerse en la actuación irreprochable de los soldados, interviene sólo para realizar una limpieza de expedientes que no parece oportuna. La moral de los funcionarios decae así. No obstante, el Adelantado apenas posee atribuciones para enfrentarse a esta contingencia: toda la frontera es emplazamiento militar y la última palabra está en manos del Comandante. Del Comandante no tenemos ninguna queja, ha ascendido hasta aquí, reconoce su cargo como un mérito de lealtad, y no ignora cuál es el método correcto para proceder. Pero el Adelantado se encuentra más cerca de la opinión pública que, lejos de los confines del Imperio, no asimilará bien algunas interpretaciones, el sur parece exótico y atractivo cuando no molesta con su proximidad; todavía no conciben que les entrará en casa en cuanto se le dé oportunidad. Si sucede, ni el Adelantado ni los que son como él resolverán ese problema; se pondrán a salvo antes que nadie.

Es así. Nuestros muertos se han trasladado, como si vinieran a presentarse en los escaparates del mundo poderoso. Compartiendo la atención con las últimas novedades. También nuestros muertos pasarán de moda enseguida y los sustituirán otros espectáculos. ¿Cómo se ve la desgracia de los otros desde una pantalla, en la distancia? A nosotros siempre nos afecta la desgracia, venga por donde venga. Incluso cruza la tierra entera para tenderse a nuestro lado. Como un perro que se convierte en fiera en cuanto nos huele. ¿Podemos huir de ella? Tal vez atravesando la pantalla, encarnando nosotros la distancia. Por eso nos movemos continuamente. Ahora nuestros muertos se han hecho visibles, no se desmenuzan en el desierto, no se hunden en el océano, no desaparecen. De pronto el hueco se ha creado aquí, en la frontera. Ya no es una sombra, sino un bulto. Hay sangre, y rostros, y quizá aquellos que recogen a nuestros muertos los guarden en la memoria, la cara de un muerto triste en la memoria no deja dormir bien. Bafomet avisó de que había un revuelo entre los que esperaban, se desgaja un enjambre que ha perdido la paciencia. El enjambre furioso se convierte en jauría, y eso no es bueno. La jauría desesperada muerde a todos y por cualquier razón. Bafomet sabe que su utilidad se complica. Demasiadas tensiones. De una y otra parte los caminos se dispersan, se descontrolan. Bafomet como individuo teme el desorden. Pero el enjambre ha aprendido en su marcha que el orden nunca se extingue. Sólo muda y se adapta.

El Adelantado se paseó ayer oficialmente por el contorno de la gran alambrada, donde aún cuelgan jirones de ropa y trozos de carne y piel oscura. Las cuchillas se diseñaron para disuadir a los posibles asaltantes. El Adelantado no ignora cuál es la función de esta barrera y resulta una hipocresía por su parte que la recorra ahora lamentándose por el dolor que han sufrido quienes no respetaron la inviolabilidad del Imperio. Lo hace, además, acompañado de los mensajeros que han de vocearlo en los centros del poder, como si no fuera allí, en los enormes y limpios despachos de mesas gigantescas, donde se tomó la decisión de alzar una muralla casi inexpugnable, y fue también en sus fundiciones donde se fabricaron las púas afiladísimas que debían mutilar a los atrevidos y a los desesperados. Sólo se ha cumplido lo que el gobierno del Imperio calculó. Los reproches del Adelantado son una ofensa a la lealtad y al buen servicio. Ha recogido un calzado hecho con tiras de tela vieja unidas a la suela: botellas de plástico aplanadas. Una pieza ingeniosa pero deficiente. Ha mostrado estas chancletas a los cronistas del desastre y ha dicho lo que ya sabemos, la miseria provoca una desesperación así y no se puede matar impunemente a los desesperados, querer escapar de la pobreza absoluta no es un delito, es un derecho humano. Ha nombrado el truco que nos afecta en particular porque el Imperio nunca aceptará una estrategia que desbarate su declaración de derechos humanos, el prestigio feliz de nuestro mundo que se expande sin abrir las puertas. Las palabras del Adelantado han creado cierta intranquilidad y la investigación está en marcha, con la promesa firme de que se depurarán responsabilidades por lo que en la intimidad del pabellón de visitas –tenemos esa referencia- califica como ejecución. En privado el Comandante ha reído mucho la gracia, esa investigación quedará en nada, yo me encargo; hay que darle cuerda al Adelantado hasta que se ahorque. A continuación aseguró que el Imperio sólo cubrirá las apariencias, un lavado de cara, pero la maniobra consiste en impedir que otro asalto se produzca de nuevo. Para ello se ha agradecido, en una negociación discreta, la eficacia con que contribuye el país vecino a mantener calmadas las fronteras y, con un tratado de cooperación y amistad especialmente generoso, el gobierno del país vecino se presta a esparcir por el desierto inmenso a todo aquel grupo humano que merodee sin documentación ni permisos y con la ansiedad de cruzar la línea hacia el Imperio. El discurso del Comandante es del mayor interés, pero no cabe duda de que tenemos al enemigo en casa, con autoridad suficiente para originar problemas serios. El Comandante tampoco encuentra una vía legal, ni siquiera un compromiso político, para deshacerse del Adelantado.

Extraño lugar este al que venimos en busca de un remedio para nuestra desgracia. Nos matan pero, si sobrevivimos, nos cuidan con una preocupación que huele a arrepentimiento. Quieren expulsarnos después pero ellos mismos lo retrasan, lo repudian, lo impiden. Son como esa culebra de nuestra leyenda que tiene una cabeza en cada extremo y no avanza porque las dos tiran en sentido contrario. Bafomet dice que ellos plantaron la desgracia en nuestra tierra y es justo que vengamos aquí, a su origen, para encontrar el remedio. Bafomet posee el don de ver más claro que los demás. No es un ser anfibio, con los ojos limpios, que adelanta lo que va a ocurrir; esos traen mala suerte y el enjambre se desprende de ellos, ninguna mirada debe recorrer los atajos del tiempo. Bafomet ha convivido durante muchos años con los otros, los que hieren y los que ayudan, y se ha contagiado de su manera de pensar, aunque no ha dejado que el horno se apagara por completo. Es de los nuestros y confiamos cuando asegura que hay un camino en él.
Atravesamos la frontera como mercaderes o escondidos entre la mercancía, un objeto más, sólo algunos lo conseguimos, pocos, pero es constante, cada día. Nos necesitan. Fregamos, barremos, cargamos, construímos sus casas, cuidamos de sus niños. . . Ahora, cuando cruzamos, nos dirigimos rápidamente al bosque donde vive. Traemos con nosotros las heces de nuestro pasado que él valora como si fueran piezas de oro. Pero por lo común se trata de barro cocido y pintado, piedras talladas, esculturas de palo seco. Le damos cosas viejas que guardaban los viejos en las aldeas para que nos entregue el presente, un permiso de residencia con el que circular como cucarachas por las cloacas hasta que consigamos alzarnos con la estatura y la apariencia de los hombres.

El pabellón de visitas empieza a poner en práctica su nombre. Demasiados intrusos circulan por él, con la audiencia concedida sin reservas por el Adelantado. Nuestros informadores no han logrado acceder a ese ámbito restringido. Es evidente que la preocupación surge y se desarrolla en esta incertidumbre. Cabe suponer que la finalidad de las entrevistas se dirige a conocer detalladamente lo que sucedió en la gran alambrada. Sin duda el Adelantado rastrea datos objetivos con los que desmoronar la estrategia de amparo del ejército que actuó en aquellas circunstancias. Los secretarios generales y los responsables de las oficinas de trámites y negocios también comparten la inquietud, y no sólo por solidaridad con nuestros intachables militares. Cuando se inicia una investigación fuera de contexto, y valiéndose de métodos tramposos, las conclusiones acaban por afectar a la honestidad de todos los funcionarios con alguna influencia en la administración de la frontera. El respeto a los derechos humanos –irrenunciable, nadie dice lo contrario- no puede incluir que la autoridad se encuentre constantemente bajo sospecha. Esa postura debilita los resortes de protección. Aunque en este malestar que se ha extendido como una mancha de aceite, muchos creen que la intención última del Adelantado consiste en quebrar la barrera y permitir así que el sur penetre sin control –la barbarie que tanto ha costado alejar- en el Imperio. Tampoco el Comandante mantiene una opinión menos escandalizada.
Se ha convocado al cabecilla de las mafias, a quien se conoce como Bafomet, alias el Perro de Su Amo en la lengua del país vecino, un apodo que, al parecer, él mismo adoptó como divisa de humildad y sumisión, pero probablemente no expresa más que cinismo y aberración por parte de un individuo ruin cuya única fidelidad es la del provecho propio. Se le ha recordado que se encuentra al frente de sus negocios, y no en la cárcel o deportado, porque su trabajo en la sombra resulta útil para los intereses del Imperio. Sin embargo, la sensación puede alterarse. No hubo previsiones de que el asalto a la frontera fuese a ocurrir, y esa ignorancia es impensable en un tipo que tiene espías en uno y otro lado. No se prescindirá de los servicios del tal Bafomet, puesto que existe una estructura, financiada con los fondos reservados del Imperio, que responde con eficacia a las necesidades de alerta y vigilancia. Un error no es suficiente para desmantelar todo un operativo o sustituir al personaje por otro que quizá cree más problemas o resulte menos obediente. Pero estas razones, por supuesto, no se le han trasladado al Perro de Su Amo. Para él queda la amenaza firme si no cumple con las condiciones que se le impongan a partir de ahora. Y en una de ellas se le encomienda que desactive el riesgo que supone la curiosidad malsana del Adelantado. Una táctica consiste en entregarle testimonios falsos, de una verosimilitud que soporte las comprobaciones oficiales. Pero es complicado, efectivamente. Por tanto, se le indica a Bafomet que hay caminos por los que sólo se debe andar una vez. Parece que ha entendido.

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