‘El filo de la herida’ (Parte II)

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José Antonio López Hidalgo*

Esta novela tiene su origen en las muertes ocurridas en las alambradas de Ceuta y de Melilla; también en la exposición “Fronteres”, del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, y en una relectura de “Esperando a los bárbaros”, de Coetzee. Dividida en tres partes, la primera se publicó en el número 1 de Africaneando. A continuación ofrecemos la segunda parte.

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Tercer día.
Me ha gustado siempre leer lo que los hombres escriben cuando se encuentran en un momento crucial de sus vidas. Me encuentro en un momento crucial de mi vida, o en riesgo de perderla, que no sé si es lo mismo, pero escribo, en realidad, para pasar las horas en que nos escondemos del sol y del peligro de ser descubiertos en medio de una línea continua, sin interrupciones. También porque tuve la previsión de traerme cuadernos y lápices que desafían a las altas temperaturas, aunque la intención entonces no era contar lo que me ocurriese. Chaúc dedica la mayor parte del tiempo a rezar a su dios, y eso parece darle confianza. En mi caso, lejos de las habilidades del imperio, carezco de ilusiones y de fe, y tal vez por esta razón me preocupo tanto por las cosas de un pasado remoto que no viví y al que no hay ocasión de volver. La idea de que algún día alguien se tropiece con este cuaderno entre las ropas de un montón de huesos, y pueda leerlo, no me afecta; estoy rodeado de arena que fue un mundo. De arena y de eternidad. Sigo esa corriente de río seco. Debo fiarme de Chaúc, entre él y lo que yo llamaría suerte o azar me salvaré de pertenecerles aún a la arena y a la eternidad. Acabo de darme cuenta de que no se trata del momento, sino del lugar: aquí un hombre se descubre en el punto crucial de su camino permanentemente.
Hace tres días atravesé la frontera con documentos falsos. Necesitaba pasar desapercibido porque así lo exigía el éxito de mis propósitos. También estaba siguiendo el consejo de mi contacto con el otro lado, que había establecido la oportunidad de moverme como una sombra. No levantaría sospechas, recelos ni intereses, y, por tanto, podría observar con la atención de quien carece de importancia para los otros. No desconfié; soy un ingenuo porque hasta ahora la vida me ha concedido numerosos privilegios, y todavía no estoy seguro de que este desvío no sea un regalo más de la fortuna. Siempre me he deslizado por las puertas que se han abierto e ignoro cómo identificar cuándo creo yo mismo las ocasiones. Aunque quizá se acabaron ya los atajos. Adentrarse en el desierto no es la mejor de las señales.
Crucé la frontera con la apariencia y los permisos de un modesto viajante de comercio, en compañía de dos empleados que Bafomet escogió para que me ayudasen a fingir una actitud correcta, me protegiesen si surgían problemas y contrataran los servicios del guía que iba a conducirme hasta las grandes dunas rojas, bajo las cuales se ocultaban los restos de un oasis espléndido y de una ciudad que se perdió para la Historia hace dos mil años. Este era el motivo personal, lo que había despertado mi ambición arqueológica. La otra causa, respaldada por el rigor de mi cargo y por un sentido estricto de la ética, pedía que me informase directamente de las condiciones en que se encontraban los hombres y las mujeres que habían sido dispersados, con una violencia inaceptable, después de intentar el asalto de la alambrada. Las primeras noticias afirmaban que los habían subido a camiones de carga militares, con dirección a la peor zona del desierto, la más árida y menos favorable. Allí los abandonaron. Y yo debía asegurarme de la veracidad de esa denuncia.
Amxy y Leznedrí, mis acompañantes y supuestos protectores, se mostraron cautos y solícitos hasta que atravesamos las barreras. En el otro lado su conducta cambió completamente. Establecieron un foso de silencio entre ellos y yo, que traspasaban sólo para darme las órdenes que creían oportunas. Me pareció lógico que tomaran las riendas de la situación, pero no me gustaron las formas, el trato distante, e incluso hosco, como si les molestase tener que ocuparse de mí. No dije nada. Había decidido mantenerme al margen de cualquier roce, debía observar, no inmiscuirme, salvo que la presión me obligara a reaccionar con más firmeza. Continuaba siendo un privilegiado, me llevaban, hacían las gestiones necesarias, elegían los lugares menos incómodos para un dignatario de incógnito, cebado con las facilidades del imperio. No era extraño que a Amxy y a Leznedrí les repugnara servirme.
Cruzamos la vieja ciudad que vive de las sobras de la frontera, por calles tan vacías y mudas que causaban asombro; daban la sensación de que habían sido abandonadas precipitadamente unos momentos antes, con la poca basura que desprende la pobreza todavía revoloteando al pie de las puertas cerradas. No niego que me llegó un primer asomo de miedo. Nos dirigimos a unos corrales de las afueras, en una colina cubierta de excrementos de los rebaños de cabras, y allí me dejaron, a solas conmigo mismo, mientras marchaban a buscar al guía y los víveres imprescindibles para el viaje.
A solas conmigo mismo. Es como me sentí. Atardecía con un velo de humo rasgado por pequeñas luces que se encendían entre los bloques blancos de las casas. Me acompañaba esa visión exótica de quien disfruta de todo porque es un simple testigo, estaba dispuesto a implicarme, a anotar el sufrimiento desde más cerca, pero no a sufrir en mi propia persona, una lección de perdedores, y yo había iniciado este camino para controlar mejor las cosas a las que debía entregarme, no para herirme con el relieve del lugar, de los otros. Entonces no me encontraba tan filosófico. Sentado junto a los corrales disfrutaba del olor a paja, a estiércol, a cuero, como un niño, sin responsabilidades, convencido de que me esperaba una aventura extraordinaria en la que, además, acumularía puntos suficientes para aproximar mi conciencia a un nivel adecuado de justicia. En el anochecer de mi primer día estaba satisfecho igual que en los postres de un gran banquete. Sin embargo, cuando divisaba la sombra de alguien, invariablemente acompañado de un burro sin prisa, procuraba quedarme quieto junto a los cactos que rodeaban los corrales, para que no interpretasen en mí ningún signo humano. Sólo el bulto, la falta de compromiso, de interés , de un objeto cualquiera en medio de esa rutina del otro lado.
Amxy y Leznedrí regresaron con el guía, un viejo montañés cuyo nombre sonaba Chaúc, su camello cubierto de fardos y un mulo de carga que habían adquirido a buen precio puesto que era yo quien se encargaba de todos los gastos. Únicamente con animales y nuestros propios pies lograríamos acceder al territorio de las dunas rojas. El viaje sería difícil, lento y accidentado. Pregunté a Amxy y a Leznedrí si el guía resultaba fiable y ambos torcieron la boca en una mueca más próxima a la herida que a la sonrisa. Era un montañés, dijo Leznedrí, se puede confiar tanto como un adiestrador confía en su serpiente. Y Amxy añadió que todo dependía de saber adelantarse a sus propósitos o estar ya inmunizado al veneno. Nos quedamos a pasar la noche en una hospedería modesta, en la dirección que debíamos tomar al día siguiente y aún cerca de la ciudad. El resplandor arrogante de la frontera del imperio se distinguía detrás de una montaña, no me hubiera costado más de cuatro o cinco horas volver andando, pero ni me lo planteé, y no sólo porque sin Amxy y Leznedrí aquel regreso habría sido peligroso y con ellos, una vergüenza insoportable; imaginaba con ansiedad lo que descubriría de aquella ciudad antigua –tenía algunos restos de esculturas excepcionales en mi colección- que el continuo avance de la marea de arena mostraba en ocasiones.
En el jergón aguardaban demasiadas pulgas y no quería convertirme tan pronto en su pieza de suerte, así que me asomé con discreción, en completa oscuridad, a la ventana que conservaba las trazas de una vieja mosquitera rajada en varios sentidos, como una advertencia o un desahogo. Esto me permitió ver que Amxy y Leznedrí salían, juntos, hacia la noche. No me preocupó. Tampoco que un rato después lo hiciera el guía Chaúc, aunque en dirección distinta. Luego supe que durmió cerca de su camello en un pequeño recinto sagrado, a poca distancia de la hospedería. Chaúc es piadoso y acepta que sólo con la entrega de tiempo y esfuerzo a su dios le estará permitido sobrevivir en un mundo viciado donde los hombres no escarmientan, a pesar de que se les ha concedido la memoria de los errores. Chaúc parlotea de modo torpe un par de lenguas forasteras en las que consigo entenderle a duras penas; los huecos en nuestra comunicación los rellenamos con dibujos en el suelo, una actividad que a Chaúc le agrada especialmente y maneja con habilidad, tal vez hubiese sido un artista con talento sobre el estuco de los edificios solemnes, en otra época, jamás en una geografía distinta.
Nos fuimos de la hospedería con la primera luz de la mañana. Apenas había dormido, el cuerpo me pesaba como plomo, y me concentré en el camello de Chaúc para mantenerme despierto mientras caminaba. Nunca me había encontrado tan cerca de un animal semejante y creo que el hecho de que le observara conseguía incomodarle porque de vez en cuando ladeaba la cabeza hacia mí, me miraba con sus ojos oscuros que parecían estar licuándose y gruñía en una actitud de distancia. Le pregunté a Chaúc si el camello tenía nombre y me dedicó un vistazo fugaz y despectivo, le entendí entre dientes que nadie podía tomarse el atrevimiento de ponerle nombre a un camello, y menos todavía a un camello como el suyo. No había amanecido de buen humor, y horas después, cuando nos detuvimos a hacer la aguada en un pozo rodeado de palmeras altísimas, en una aldea pequeña y apenas poblada, conocí la causa de su irritación. Se había dado cuenta de que Amxy y Leznedrí portaban entre los fardos del mulo una escopeta, quizá la habían traído de su paseo nocturno. Chaúc no quería armas en el lugar hacia donde nos encaminábamos, los bandidos mataban a los viajeros antes de robarlos si descubrían cualquier señal de posible defensa, y a menudo se conformaban con llevárselo todo y respetar las vidas de los desvalijados siempre que esa generosidad no les supusiera una amenaza inmediata. Ignoraba que corriésemos el riesgo del pillaje. Leznedrí dijo que, desde la venida de cientos de emigrantes clandestinos a través del desierto, en inútil peregrinación a las puertas del imperio, se había establecido de nuevo la esclavitud, e incluso los pastores pobres de la zona podían permitirse un hombre o una mujer, y mejor si eran adolescentes, de los que se aprovechaban en varios aspectos; el comercio de ganado humano se había convertido ya en una costumbre, hasta el punto de que los cazadores de desesperados organizaban numerosas matanzas para que el precio de los supervivientes resultara rentable. Amxy soltó entonces una carcajada y aseguró que Leznedrí exageraba, se divertía gastando bromas con las que asustar a los recién llegados y, de todas maneras, un arma disuadía convenientemente a cualquier bandido, la seguridad no era un asunto de Chaúc, los guías montañeses van más allá del terreno que les ha sido reservado.
A la luz desolladora del desierto advertí que me había equivocado con Chaúc, no era viejo en absoluto aunque se me hacía imposible calcular su edad. El clima extremo le había curtido la piel igual que cuero de lagarto y las arrugas, profundas, tenían la consistencia feroz de las cicatrices. Pero los ojos. . . todas las emociones de una vida humana cabían allí y, sin embargo, en ocasiones se licuaban con la misma derrota que los de su camello, tal vez se habían contagiado en una cultura en extinción. Había que pensar mucho para caminar durante tantas horas, hasta el momento en que se vaciaba la mente, sólo persistía lo indispensable, la línea erosionada del horizonte, el calor intenso, la piedra que se desmenuzaba en grumos de polvo, la ropa húmeda y la boca seca, un arbusto mínimo que se resistía, el dolor de los pies calcinados. Y parecía que andábamos sin pausa, interminablemente, para que el paisaje no se moviera a nuestro alrededor, siempre idéntico, y la sensación de que llevábamos atravesando esa tierra árida desde el principio de los tiempos, porque entonces descubrí cuál era la materia exacta de la eternidad, la arena que desbordaba todos los relojes. No me enteré de cómo habíamos alcanzado el breve oasis entre rocas, el resto de una antigua torrentera. La luz se me había incrustado de tal forma en la mirada, y en el cerebro, que tardó en aparecer la otra realidad. Era mi peaje de novato.
Vi que Chaúc conducía al camello hasta un terreno en plena oscuridad donde apenas crecía pasto suficiente. La desconfianza es parte de su oficio. No estuvo de acuerdo con que Amxy y Leznedrí encendiesen una hoguera, pero no quiso discutirlo. Agradecí la proximidad del fuego porque el frío de la noche me agotaba aún más el cuerpo castigado por el bochorno del día. Además con la hoguera vino el té y un plato caliente, y tal vez habríamos compartido una charla más fraternal si nos hubiesen dado ocasión. El primer disparo alcanzó a Leznedrí en un muslo. El instinto se hizo cargo del asunto; rápidamente me tiré al suelo lejos del resplandor de las llamas, y repté hacia la tiniebla, enseguida había captado el gesto urgente de Chaúc que también se alejaba en dirección al lugar en que nos esperaba el camello. Distinguí el gesto de dolor en Leznedrí mientras arrojaba arena al fuego para apagarlo y la habilidad con que Amxy cogía la escopeta, se parapetaba detrás de los fardos y empezaba a responder a las detonaciones que nos buscaban, poco a poco, sin desperdiciar munición. En la oscuridad me agarré a los faldones de la camisa de Chaúc que parecía manejarse con ojos de gato, avanzó hasta el camello y le desató las correas de las patas con lentitud a pesar de lo apresurado de la situación, susurrándole para que no se asustara y se desbocase; el animal nos sacó de allí a través del recodo menos expuesto, una comitiva de sombras en las sombras que huía del sonido de los disparos, sin pensárselo dos veces. Tal vez se trataba de un solo atacante pero era muy astuto, había escogido a Leznedrí que, en apariencia, era el más vigoroso y agresivo, seguramente nos había acechado antes de decidirse, y tenía toda la noche para ir afinando su puntería, incluso sin luz. Leznedrí iba a desangrarse en unas horas y la única oportunidad de Amxy consistía en abandonar el mulo con la carga e internarse, como nosotros, en el desierto, con su arma y algo de agua. Pero sin el guía sólo le quedaba la opción de confiar en la suerte, y la suerte no reconoce a quien no se ha criado en esta parte extrema del mundo. Después de una hora de marcha sentí remordimientos por no haber esperado, al menos, la fuga de Amxy. Al cabo de dos horas, con los pies reventados, no me importaba ya nadie más que yo y le dije a Chaúc que me resultaba imposible continuar. Localizó en los alrededores una cueva excavada por hienas y se marchó con el camello hacia otro pozo que, siguiendo la ruta de las estrellas que invadían cada palmo del cielo, estaba a una distancia razonable. No me importó que se fuera ni el miedo a las hienas que podían reclamar su guarida en cuanto amaneciese. Cerré los párpados como si nada dependiera de mí, incapaz de sobreponerme al agotamiento.
Desperté y las hienas no me habían devorado. El sol llegaba ya hasta la entrada de la cueva, es decir, no faltaba mucho para el mediodía. Tuve la certeza de que Chaúc me había abandonado, de qué podía servirle alguien como yo en mitad de un territorio de piedras y de arena; me palpé la ropa; sujeta a la piel, a la altura del vientre, todavía llevaba la bolsa con mis documentos auténticos y el dinero, inútiles allí, quizá se lo comiese todo algún rebaño de cabras salvajes en cuanto dejara de respirar y me despedazasen las hienas. Chaúc no me había registrado, tal vez era su modo de irse con dignidad, sin guardarme en la memoria. Pero entonces ¿por qué me había sacado del tiroteo? Asomé la cabeza al aire tórrido y la mirada tropezó con el bulto gris del camello que hacía sombra a Chaúc. No sentí nada, sólo pensé esto no se ha acabado, igual que si tuviera que enfrentarme a una jornada laboral interminable, mi estado de ánimo no era lo mejor de la mañana. Chaúc ni siquiera levantó los ojos de su tarea cuando me acerqué. Desollaba lagartos que luego íbamos a comernos asados en una pequeña hoguera. Había conseguido un agua barrosa, con olor a sótano o cripta, que nos mantendría hidratados durante tres o cuatro días. Pero la comida escaseaba, la mayor parte de los víveres se encontraría ahora, con el mulo, en poder de nuestro asaltante, salvo que Amxy hubiese logrado acertarle milagrosamente en la oscuridad sin exponerse. Chaúc separó grasa y vísceras de los lagartos, las mezcló en un recipiente metálico, lleno de abolladuras, con una hierba de olor fuerte, y luego me puso el emplasto muy caliente en los pies llagados. No grité de dolor por vergüenza, aunque las lágrimas brotaban del esfuerzo de reprimir los gritos y quizá también por otras razones que empezaban a manifestarse. No nos hemos ido para que cicatricen las heridas y porque con este calor resulta imposible caminar. Cuando aparezca la noche, continuaremos la marcha, no sé hacia dónde ni lo pregunto, no quiero entrometerme y ser un lastre. Le he dicho a Chaúc si no convendría que empleásemos nuestra orina para calmar la sed y ahorrar agua, de acuerdo con lo que leí en tiempos amables y lugares cómodos; me restregó la misma expresión con que me miró cuando le pregunté si el camello tenía nombre. Me imagino que es un hombre piadoso y por eso no me abandona en este desierto en el que no duraría. Nos hemos alejado de la cueva de las hienas porque las hemos oído reclamarla desde algún punto en la distancia, nos huelen. Somos una presa fácil para cualquier bandido cuya casualidad se tope con la nuestra. Chaúc confía en sus rezos y en su suerte. Yo escribo, no sé hacer otra cosa, y al menos me despeja la mente.

Cuarto día
Hemos marchado durante casi toda la noche. Chaúc se guía por las estrellas, y espero que sepa lo que hace. Puesto que no puedo andar sin destrozarme los pies heridos, condesciende a que monte en el camello, algo que debo entender como una generosidad sin precedentes, hasta el punto de haberle amarrado el hocico porque teme que el animal me muerda, no le gusta soportar un peso vivo, y quizá le irrite más aún la torpeza con que he intentado acomodarme entre la carga y su joroba; era tanta la tensión que al finalizar el viaje, con la claridad de la madrugada deslizándose por los cerros pelados, los músculos me dolían, también por el frío que ni siquiera la manta gruesa ha evitado. El agarrotamiento me ha convertido en otro bulto, inerte, para satisfacción del camello y Chaúc ha tenido que bajarme como si fuese un fardo. Sigo preguntándome por qué tantas molestias.
Hemos acampado, por llamarlo de alguna manera, a pleno sol, bajo una especie de tienda que Chaúc ha tramado con telas y un par de tallos rastreros que ha recogido por el camino. A escasa distancia hay unas rocas redondeadas por las rachas de viento y varios árboles retorcidos, un conjunto providencial que nos ofrecería bastante sombra si nos aproximáramos, pero Chaúc se niega, afirma que no es bueno. Y como se da cuenta de mi gesto de incredulidad, me pide que lo acompañe, lentamente porque cojeo igual que un viejo tullido. Al pie de los árboles se nota cierta frescura pegajosa; Chaúc coloca un odre de cuero de cabra, medio vacío ya, en el suelo y explica que eso podría ser el cuerpo de un hombre tendido, descansando. No entiendo hasta que la arena empieza a removerse de pronto y surgen puñados de garrapatas enormes, del tamaño de verrugas, atraídas por la humedad del agua que, ahora sin que intervenga la suerte, ha sustituido al cebo de mi propia sangre. El desierto no acepta la ignorancia. Aprendo la lección.
No hace falta ser experto en orientación para darse cuenta de que nos dirigimos más hacia el sur todavía. En nuestras condiciones mi sentido común se extraña de que no estemos yendo en dirección al norte, el regreso a la frontera del imperio. No me atrevo a comentárselo, dependo de él y no le costaría nada dejarme aquí, consumiéndome como una sola gota de agua a la que nadie prestará atención. Es posible que tema que le pida responsabilidades por el tiroteo, y entonces ¿hasta dónde me conducirá? Podría desprenderse de mí en cualquier sitio de esta inmensidad. En los peores momentos pienso que tal vez quiera venderme en algún mercado clandestino. ¿Un ciudadano del imperio en una subasta de esclavos? En distintas circunstancias me resultaría gracioso. Pero no creo que el lugar y la situación se presten a muchas bromas.
Aprovecho para escribir mientras Chaúc reza, que es un acto en el que se concentra durante bastante tiempo y el único al que dedica una gimnasia peculiar en la que no aparece tan rígido como de costumbre, incluso me sorprende su flexibilidad que oculta durante el resto de las horas. Chaúc reza con todo el cuerpo, supongo que para que el alma también se mueva y no caiga en un pozo y se estanque, pero no podría asegurarlo porque sólo soy un testigo. En mis palabras no existe ni un asomo de burla ni un signo de arrogancia. Me admira su persistencia; aunque le falten fuerzas, antes dejará de comer que de rezar. En algún momento ha terminado cuando todavía yo redacto mi dolorida experiencia a través del desierto, y noto entonces que se niega a estar cerca; creo que no lo hace por respeto sino por el miedo que le producen los cuadernos y los lápices, algo semejante a lo que me ocurriría a mí si me tropezase con una serpiente (no sé distinguir a las venenosas: huyo de cualquiera que vea). No he resistido la tentación y le he preguntado. Teme lo que se queda atrapado en una página porque no le pertenece e ignora qué se hará con ello, únicamente es dueño de las palabras que salen de su boca y han criado en el corazón o en la cabeza. En las ciudades, a las que acude si no hay más remedio, hombres a los que les sobran los pies se empeñan en acumular datos, cómo se llama, dónde vive, a qué se dedica, qué edad tiene. . . ese interrogatorio, que avergonzaría a alguien honrado, pone límites a su vida, igual que una cárcel; amigos suyos han muerto en cárceles de paredes y barrotes por culpa de los papeles escritos, o a veces por la falta de ellos. Pero no me pide que prescinda de escribir, quizá porque haya planeado que en algún lugar, todavía más lejos del imperio, no me servirá de nada, desolladas las palabras como las serpientes con cuyo pellejo se fabricó la funda del cuchillo. No importa. Desaparece el sol, Chaúc guarda la improvisada tienda, me ayuda a subir al camello, que ahora ya me acepta con resignación, y reanudamos la marcha. El silencio parece sólido, lo recorremos entrando en él como si caváramos galerías.

Quinto día
Hemos avanzado hasta mitad de la noche y en el fondo de nuestro camino, que sólo Chaúc distingue en la superficie igual de arena y piedra, dos grandes murallas rocosas, más negras que la oscuridad, iban acercándose hasta cerrarnos el paso. Me han causado una fuerte impresión, y no sé por qué he sentido que, si cruzábamos entre ellas, no habría regreso para mí, como probablemente ocurrió con tantos otros que pasaron de uno a otro lado, y no por propia voluntad. Aunque me abandono a la corriente, porque nada puede hacerse salvo flotar y que el destino asuma su función, tango la extraña idea, ¿un deseo?, de que lo que estoy viviendo va a convertirme en un hombre distinto y lograré desprenderme de la coraza frívola que he cargado hasta ahora. Pero tampoco conocía esa pretensión de cambio por mi parte. El desierto te recuerda qué es lo esencial, el territorio de dios según Chaúc, y acabas trasformándote en un místico o en un exterminador, que por ambos extremos se reduce la vanidad humana. Luego me remuevo, me pongo del revés, y me doy cuenta de que aquí existen únicamente ríos secos, la huella de corrientes extinguidas, y es Chaúc quien me lleva, todavía ignoro hacia dónde; todo lo demás pertenece al espejismo.
Justo antes de llegar al desfiladero se han alzado unas rachas de viento que parecían venir desde direcciones opuestas y nos han detenido, una frontera auténtica, difícil de atravesar. Si ya me resulta desagradable soportar esta misma ropa sudada durante días, el roce del polvo afilado que rasga la tela está a punto de enfurecerme, pero de qué serviría, el vendaval se ha comportado como un agente de aduanas que actúa con impunidad, cachea sin reparar en el pudor o en el daño, registra rompiendo, recurre a la violencia cuando alguien se le resiste, impide el paso finalmente. Nos hemos parapetado detrás de un saliente rocoso –inútil porque el viento nos saltaba encima desde cualquier lugar- y Chaúc se ha puesto a murmurar -¿rezaba?- como un poseso, desconfiaba de todos los agujeros que descubríamos en la piedra, refugios de escorpiones, serpientes y bichos tan ponzoñosos que nadie se había distraido nunca ofreciéndoles un nombre, para alejarlos lo más posible. En cuanto la luz del amanecer ha apaciguado la rabia del aire, los tres hemos coincidido en nuestra ansiedad y nos hemos colado por el desfiladero.
La emboscada del viento, que no supo prevenir, y la presencia de estas grandes paredes a ambos lados han influido en el ánimo de Chaúc que, sin que viniera a cuento realmente, ha soltado las peores palabras que le he oído contra los bárbaros que sacrifican a un buen camello si piensan que eso les salvará de la muerte, son capaces de beber su sangre incluso con el animal aún agonizando. Me ha advertido que dejará libre a su camello si las cosas se vuelven contra nosotros, su instinto le permitirá sobrevivir y se lo merece después de las ocasiones en que ha sacado de apuros a su dueño y a quienes le acompañaban. No tengo ninguna intención de negarme. Pero he creído que había llegado el momento de que me dijera por qué no nos dirigimos hacia el norte, hacia las puertas del imperio, que es donde se hallaría mi propia salvación.
Chaúc responde que hablará cuando lleguemos a la zona media de esta Garganta, que en su lengua se adjudica a un ser que se correspondería con lo que nosotros llamaríamos Diablo, aunque se le conceden ciertas virtudes como prueba de la honestidad humana, algo que nuestra criatura maligna por excelencia dejó ya en el pasado, como tantas otras cosas. Chaúc conoce un montón de relatos que expresan la importancia del lugar para quienes, con alguna frecuencia o sólo una vez en su vida (una distinción para la que no hay matices), se ven obligados a cruzarlo. No lo dudo, me basta descubrir el hueco que me horada por dentro mientras lo atravesamos, pero ahora me he decidido al fin por un interés más personal. Chaúc insiste en que hablará de ello en mitad de la Garganta del Diablo, donde crece una hierba dura y densa que agradará al camello.
Aquí estamos, por tanto. Con una página de arena grumosa a nuestros pies, en la que Chaúc podrá dibujar aquello para lo que no conozca palabras en los pedazos de lenguas que ambos compartimos. Dice que a él le contrató Bafomet por medio de un enlace de confianza que le había avisado de la llegada inminente de Amxy y Leznedrí; debía colocarse en el sitio indicado y a la hora oportuna para fingir que habían encontrado al guía idóneo, y de hecho el propio Bafomet había enviado orden de que desapareciera la posible competencia; la tarea fundamental de Chaúc ha consistido siempre en protegerme, porque Amxy y Leznedrí eran en realidad dos matones con el encargo de provocar un accidente en las dunas rojas, algo que precipitase mi desaparición. ¿Por qué? Explica Chaúc que he enfurecido a algunos hombres poderosos con mi modo de hacer las cosas en la frontera, y más aún desde que sucedió lo de la gran alambrada y los muertos y las denuncias y el abandono de los supervivientes en lo peor del desierto; me colocaron delante el cebo de la ciudad antigua y la libertad para investigar el asunto a lo largo del camino; tenían que empujarme a salir, porque del otro lado mi eliminación resultaba más fácil, menos comprometedora, por el bien del imperio; a Bafomet le habían obligado a seguir el juego, pero deseaba salvarme, soy su oportunidad; así que con la mano falsa escogió a Amxy y Leznedrí, y con el corazón y la cabeza pidió a Chaúc que me conservara vivo; en estas circunstancias, después del ataque y la huida, no conviene regresar al norte; durante un tiempo mis enemigos deben creer que han alcanzado su propósito. Y a continuación Chaúc se aleja para rezar sin que mi asombro le distraiga. Tampoco sabría qué decirle.
Calculo otra posibilidad. Que Amxy y Leznedrí fueran realmente mis protectores, y Chaúc el encargado de suprimirme como problema; él es el guía y ha escogido siempre por dónde avanzar, así que no le habría resultado difícil planear el ataque con alguien que, y ahora no parece un incidente aislado, apuntó en primer lugar a Leznedrí. Quizá por eso no quería que llevasen un arma. De ser cierto, no tengo muchas oportunidades. Ninguna. Chaúc hará de mí lo que desee, en medio de este hueco del mundo. Pero el hecho de que continúe conduciéndome a través del desierto refuerza su versión. ¿O esconde otras intenciones que no soy capaz de imaginar? Aunque le dé vueltas, sólo conseguiré empeorar mi estado de ánimo. Dejarse llevar. Chaúc dijo que el desierto era el lugar de dios, aquel por el que paseaba sin que nada superfluo le estorbase, aquí únicamente persiste lo esencial. Y yo no veo claro que ni su dios ni él me consideren de momento imprescindible.
Superado el límite de la Garganta del Diablo marcharemos durante la mayor parte del día (excepto en las horas de más calor) y trataremos de dormir por la noche. Todavía sigo encima del camello, pero mis pies mejoran de forma apreciable. Temo que mi mente no se detenga y avance demasiado rápido por donde no debe.

Sexto día
El calor se espesa como una mantequilla por la que cada vez resulta más difícil cruzar, despacio, nuestra marcha se coagula a lo largo de esta travesía, pero nada cicatriza en mí, me veo como un idiota al que tendieron una trampa con tanta facilidad, soberbia de quien ha tenido una vida cómoda, un ingenuo que no conoce el extremo del mundo donde se reúne el daño hasta reventar por alguna de sus costuras, ese era yo, un hombre cubierto de máscaras y disfraces, empiezo a despojarme de todo lo superfluo, por fuerza mayor desde luego. Al llegar a mi puesto en la frontera me encontré con ese recibimiento adulador de los que creen que el poder se adquiere por algún tipo de contagio. Supongo que notaron la distancia con que los trataba, no había solicitado ese cargo de confianza para perder el tiempo con ellos, militares, funcionarios y comerciantes enganchados al negocio de la clandestinidad, no me costó descubrir la enorme influencia de los contrabandistas y otros delincuentes a los que se podía culpar de cualquier problema en caso de apuro. No me importaba. Quería que me dejasen vivir a mi manera y la información detallada de tanta suciedad me proporcionaba cierta ventaja. Los funcionarios de la administración eran especialmente cínicos, calculaban la cantidad de emigrantes de la que podían aprovecharse sin perder el control; en conversaciones –envueltas en falsa espontaneidad- propias de los festivales del imperio, a la alusión al sufrimiento de las gentes del otro lado respondían con el ingenio frívolo del privilegio, molestos por la presión que aumentaba la burocracia y los gastos en la vigilancia aduanera; cuando les recordé el riesgo para el futuro, el hervor constante contra las barreras, estos solteros egoístas aunque tengan hijos defendían que cada generación arree con los conflictos que le toquen en suerte, ellos ya estaban haciendo lo suyo. Nunca imaginé que con la misma impunidad arrogante idearan un plan muy básico para desprenderse de mí. No puedo probarlo. Las palabras de Chaúc no valen sin el desierto. Y en realidad no me interesa volver al imperio, allí no hay dios efectivamente, y me encontraría de nuevo con lo inútil que fui durante el resto de mi vida.

Séptimo día
Esta noche el frío ha sido tan intenso que ni tan siquiera las mantas resguardaban lo suficiente. No me ha sobresaltado que Chaúc se abrazara a mi espalda porque cualquier forma de calor parecía necesaria, incluso a pesar del tufo que ambos desprendemos y es con toda probabilidad un escrúpulo que todavía conservo de mi estado anterior. Pero a continuación he notado su sexo erecto, el modo en que se iba acercando y buscando. De qué escandalizarme, no quedaba más remedio que consentir si él insistía, mi vida está en sus manos, sería un suicidio oponerse y que me deje aquí como una cosa sin valor, en otras circunstancias hubo quienes reaccionaron de esta manera a mi deseo inapelable, ahora se me ha ofrecido su papel, puedo verme en esa orilla en la que se necesita complacer para seguir existiendo.
De haberme comportado como el bufón que esperaban, recién venido de los cascabeles de la Corte, capaz sólo de insinuar el reproche mediante una broma hilada muy fino (tanto que apenas se siente), me habrían aceptado igual que incorporaban a su rutina los protocolos formales que carecían de peso e influencia. Y yo tampoco me hubiera entrometido demasiado si, detrás de la rapiña de objetos antiguos que me interesaban, no apareciesen hombres y mujeres desesperados, más rotos que mis restos arqueológicos después de la odisea que les condujo hasta la frontera, y los cadáveres que cayeron de la alambrada, esa enorme cuchilla con que el imperio recibe a los atrevidos. Y de aquel lado, entonces el mío, alardeaban de sus buenos oficios quienes no sufren salvo por la frivolidad de sus inclinaciones, orgullosos de que la barrera –con la ayuda de unas cuantas balas- hubiese resistido el empuje de la pobreza intrusa. Aún me indigna más el recuerdo. Pero son palabras. Este puñado de arena que me cabe en la mano lo resume todo. Así quedará. Lo único eterno.
Ha pasado una semana desde que me fui. Tendría, por tanto, que estar volviendo. Oficialmente deben darse cuenta de mi ausencia. Pensarán que su plan obtuvo el éxito esperado, y quizá no se equivoquen. Al irme dejé varias pistas falsas que confundieran a los curiosos; no es posible saber con seguridad si me tomé unos días de permiso, he cumplido la promesa de investigar por mis propios medios o cualquier otra hipótesis que encaje entre la imaginación y la sospecha de aquellos que deseen juzgar, o se vean obligados. La verdad es un secreto más o menos fiable entre los que provocaron esta desaparición y mis dudas, porque también Chaúc guarda su propia llave y yo ignoro incluso si persistirá en su huída del frío de la noche.

Octavo día
En otra época debió de haber multitud de pequeños ríos en esta zona. Tomamos como senderos lo que parecen cauces con las líneas que trazaron las aguas antiguas. De reojo he creído percibir en las rocas dibujos rupestres de aquel tiempo húmedo en que tribus de cazadores competían con fieras acostumbradas a la vegetación. Leí sobre esto en la biblioteca de un lugar domesticado y tal vez me sugestione la idea de haber cruzado una frontera más, de la página y la letra a la realidad palpable, o lo sería al menos si nos detuviésemos a comprobarlo, pero temo que Chaúc lo achaque al vicio de mi pasividad y me haga bajar del camello. A menudo me siento como carne asada en un horno interminable y eso no estimula mi curiosidad, ni siquiera me vuelve hacia dentro, avanzo porque no se puede hacer otra cosa, un auténtico fardo cuyo contenido va perdiendo valor día tras día.
En un recodo de nuestro recorrido aparece la sorpresa (para mí, no para Chaúc que no ignoraba hacia dónde veníamos). Un pozo de polea tosca, manejada por dos camellos cuando debe entrar en funcionamiento, y una especie de chiringuito imposible, con postes de madera y techumbre de palma que no ha terminado de perder toda su frescura de árbol del trópico. Detrás, dos edificios discretos de un adobe que tampoco se fabricó en esta parte exacta del mundo. En cuanto conozca a Peixo, el misterio se desvelará. Su mujer es de las mismas montañas que Chaúc y posee una estrategia semejante para no entrar en conflicto con el desierto, los dos se ponen a hablar después de saludarse con una paciencia envidiable, cerciorándose de que sus vínculos continúan bien afinados y la conversación les va a sonar a esa música que llevaban tiempo esperando oír. Hay un esclavo que se ocupa de los camellos del pozo, y de repartir el agua cuando conviene entre los que acuden a saciar la sed y preparar los víveres; Chaúc ha utilizado la palabra esclavo en la lengua del imperio, en la suya no existe, y no ve la relación como un abuso sino como una circunstancia, igual que la aridez es un rasgo del desierto, hemos hablado de esto en alguna conversación junto al fuego, al principio del viaje, y no nos hemos entendido, ambos incapaces de concebir la lógica del otro. El esclavo se llama Maele, podría escaparse si lo deseara pero no encuentra razones para ello, no se plantea que tenga que irse a un lugar distinto ¿en busca de qué? cuidar del pozo es su función y su compromiso de lealtad, le gusta recibir órdenes porque así no se molesta en decidir nada, aunque hace lo que se le manda impecablemente. He anotado la versión de Peixo; Maele sólo sabe media docena de palabras que yo pueda comprender. No he dicho que esa situación me recuerda a la del ganado; siendo generoso consideraría a Maele un hombre degradado a la posición del perro, y como él agradece lo poco o mucho que le conceda su amo. No lo dicho porque intuyo que me conviene más aprender de lo que me digan y no decir todavía lo que ya había aprendido, lejos. Además Peixo no debería resultar tan remoto, nació y creció en un suburbio del imperio, es decir, una de esas provincias que no acaba nunca de incorporarse ni de separarse y cuyos habitantes disfrutan paseándose por el filo de lo que les sucede, sobreviven gracias a su pacto con el riesgo, es lo que afirma la leyenda. Para Peixo allá es el imperio; aquí, el lugar donde se ha establecido; y los bosques el territorio más al sur que aún no se ha tragado el desierto en avance continuo. Este emplazamiento es imprescindible para quienes marchan de los bosques hacia allá, para intentar la entrada de manera clandestina, o en dirección inversa con productos de contrabando. Aquí, los camiones encuentran carburante, las caravanas un agua segura, que ningún rival ha envenenado, y los hombres descanso y satisfacción antes de emprender de nuevo una etapa peligrosa, quizá la última en cualquier sentido. Las noticias valiosas de verdad circulan después de haberse apareado aquí y la riqueza de Peixo consiste en obtener la mejor información para los viajeros, los contactos y las rutas que les permitirán resguardarse en un mundo sigiloso que cambia tanto como permanece inalterable el desierto. El negocio de Peixo dura gracias a un sistema fiable de alianzas, de intercambios; baila sobre ese filo con la alegría del que sabe que, si cae, se dividirá en dos, la suma a partir de la ruina. Un inconsciente, según la nomenclatura del imperio.
Chaúc le ha contado a Peixo que soy un protegido de Bafomet, y Peixo admira a Bafomet, así que me ofrece un catre a la sombra del adobe traido desde los bosques, como la techumbre de palma y la madera de los postes. Antes de sumergirme en un sueño reparador he podido lavarme a cazos en una ducha improvisada que me redime de todos los pecados de un hombre en cambio permanente, y el olor del jabón –burdo y aceitoso sin embargo- casi me hace llorar, una experiencia intensa porque aquí nada –incluso la gota de sudor que se precipita de la frente al suelo- sobra pero tampoco deja huella. Peixo me ha regalado ropa limpia, y ahora soy alguien feliz a punto de dormirse como un agujero en la piedra, esperando superar el vacío de algún modo.

Chaúc dice que se marchará en cuanto llegue un transporte que se dirija a los bosques. Y eso no se sabrá hasta que ocurra. El nombre de Bafomet es llave que abre numerosas puertas. Chaúc quiere que me esconda en cierto poblado fiable. Los espías del imperio también tienen acceso a las rutas más remotas, pero apenas se aproximan a los territorios de la miseria, prefieren ignorar o informarse desde lejos, lo que viene a ser prácticamente lo mismo. Chaúc no confiesa cuáles son sus planes, por qué debo ocultarme todavía, y yo me sigo dejando manejar, manteniéndome a flote, lo demás pertenece a las corrientes, mi voluntad ya no vale nada. No veo razón para anotar el número de los días que transcurren, un acto inútil, qué puedo calcular, y me agota tanto reunir cualquier cosa que parezca un orden. . .

El tiempo se extiende como la arena, es todavía más uniforme que la arena porque no hay nada que separe un instante de otro y ya ni siquiera el sueño me permite desviarme; de pronto se ha extraviado toda noción de frontera y estoy perdido, desorientado, entre el tiempo y la arena que limitan con más tiempo y arena. Para agarrarme a un punto de diferencia intento conversar con Peixo quien, extrañamente, siempre parece ocupado en un territorio propio en el que no entra nadie, tampoco su mujer, y yo debería respetarlo, pero necesito palabras, al menos un breve diálogo, que me rescaten de esta sensación de eternidad insoportable.
Peixo se apiada y me ofrece una conversación mínima en la que sólo debo arrimar un comentario de apoyo para seguir recibiendo más. Peixo dice que el río del olvido ya no es un caudal de agua sino el ruido del cauce que se extinguió, hemos cruzado por él, ahora se llama la Garganta del Diablo y a partir de este lugar la memoria se convierte en un lastre inútil, resulta más sencillo quitársela de encima, así no se corre el riesgo de avanzar hacia atrás e ignorar adónde se dirige uno realmente. Me llevo lo dicho hasta el catre, igual que un perro hambriento que recoge un mendrugo. Lo devoro sin prisa, que dure, no me interesa darle vueltas en mi mente sino saborear lo que otra persona acaba de entregarme. Cuando ya no me queda nada, pido más, pongo a prueba la paciencia de Peixo.
-Por aquí aparecen pocos viajeros. –dice—Este es un lugar de paso y aprovisionamiento de las caravanas, da igual la carga que lleven y el tipo de transporte que utilicen. Si no existiera este lugar, no habría caravanas, y las caravanas hacen que este lugar exista. Los unos por los otros. Fuera de ese trato quien llega hasta aquí está marcado con un signo que no le abandonará nunca, suponiendo que sobreviva. Tal vez por eso acuden algunos viajeros, porque se han hartado de la página en blanco en que les tocó figurar y quieren un trazo, una línea, que muestre que han vivido al menos una vez. A menudo es sólo una última letra, la del final.
-¿Ves algún signo en mí?
-No eres una página en blanco. Pero tu texto está surgiendo. No puede leerse todavía.
-Como cuando se excava una ciudad antigua.
-Como cuando se talla una escultura.

Busco a Chaúc y le comento esta idea de Peixo. A Chaúc no le gusta quedarse quieto en el mismo sitio, es como si temiera que el destino le alcanzara para tragárselo. Reza más que nunca, habla con su paisana (si se le puede llamar así) y dedica buena parte del día y de la noche a su camello; acechar en vano las trazas de esa relación me alivia del peso de este reloj de arena. Chaúc no concede ninguna importancia a las teorías de Peixo, piensa que detenerse en el desierto resulta peligroso, te vuelve místico (es mi traducción de su gesto) y ya no puedes poner los pies sobre la tierra, te extravías tan transparente como el aire. Según Chaúc, Peixo viene de fuera y no ha aprendido el modo de defenderse de las tentaciones; se volverá loco y el tiempo le hará santo, en este lugar sucio reposarán sus restos y algunos hombres vendrán a pedir consejo o quizá suficiente ignorancia para no disolverse en la claridad. Creo que por primera vez Chaúc se ha reído de mí con plena intención. Su mirada se está afilando con la espera. Ha terminado el servicio y desea depositarme en el siguiente turno como una mercancía molesta. Intuyo que me traslada porque es incapaz de eliminarme, igual que dejaría escapar al camello antes que encontrarse con la obligación de sacrificarlo.

En la hora de más calor llega un vehículo que alguna vez debió de parecer un camión. De los trozos de cabina sin puertas saltan dos hombres, el conductor y un acompañante, cubiertos de ropa y arena, los ojos protegidos por gafas oscuras, recién horneados, ni saludan ni nos dedican una mínima atención hasta que se les apaga el humo con unos botellones de cerveza, ni siquiera han concedido una oportunidad al agua polvorienta del pozo que cuida Maele.
No recordaba que sólo dos personas pudieran hacer tanto ruido. Hablan continuamente a gritos, como si dentro no les cesara nunca el estruendo del motor, o como si espantasen de esta forma la impresión de eternidad. Al revés que Chaúc no parece que quieran sentir dónde se encuentran. Les observo con tanta curiosidad que resulto irritante incluso para el propio Chaúc, que me pide que me retire a un extremo del cobertizo y se dirige a comenzar una conversación que no debe de agradarle. Veo que le miran con la arrogancia con que también lo hacían Amxy y Leznedrí, están a punto de evitarle con alguna excusa, pero entonces aparece el nombre de Bafomet y todo cambia, es el visado fundamental, no se puede negar nada a quien venga protegido por Bafomet.

Munición de boca, así ha llamado Chaúc a los víveres, con este raro arcaísmo que se quedó atrapado en los diccionarios hace ya siglos, me pregunto dónde habrá cogido Chaúc algunas de las palabras y expresiones de los idiomas del imperio que utiliza. A su manera practica la arqueología también. Necesito irme con el buen humor impregnándome el cuerpo tan enflaquecido que no me reconozco en el único espejo que se permite Peixo. He disfrutado de la última ducha en quién sabe cuánto tiempo, me voy a una aldea de los países de los bosques, algún lugar extenso y bastante vacío donde debo aguardar. No tengo más datos. A nadie se le ocurriría decirme a qué distancia se encuentra ese punto de destino, todo parece tan improvisado que puede que no llegue nunca. Y qué más da. ¿No era la vida un viaje? Eso cantábamos cuando éramos jóvenes y soñábamos con destruir los límites del imperio. Mi estado de ánimo burbujea, me acomodo en la parte de atrás de esta chatarra que increiblemente funciona todavía, tumbado entre la carga, una carga más, impaciente por contarlo como lo hago ahora, entre los tumbos del camión y la música chirriante que sale de un aparato viejo que hay en la cabina. Mi munición de boca consiste en puré de sésamo, dátiles y un bidón de agua en la que flotan numerosos grumos de arena en suspensión, o en órbita como si fuesen meteoritos. Llevo un universo en el interior de este recipiente de plástico.

El dinero sigue intacto en mi bolsa, junto al ombligo, y como me aburro construyo una teoría de un solo uso para la proximidad entre el dinero y el ombligo, no merece la pena que la anote, es un simple entretenimiento, aunque en los salones del imperio se hubiese prestado a muchas conversaciones. También permanecen ocultos mis documentos de identidad, aquí no interesa lo que afirmen unos papeles oficiales; sólo Bafomet abre las puertas y, cuando hablé con él, no me pareció un tipo espectacularmente valioso. Eso prueba la excelencia de su discreción y la torpeza de mi prejuicio. Pero ¿qué vio en mí para cuidar de mi seguridad con tanto rigor? Mi futuro inmediato se me escapa por completo, nunca me había ocurrido, aunque la sensación no resulta molesta, tampoco me sorprende, y no sé cómo explicarlo.

* José Antonio Lopez Hidalgo – Es escritor y vive en la isla de La Palma. Fue profesor cooperante en Guinea Ecuatorial y como viajero ha recorrido varios países de África. Sus novelas han obtenido los premios Jaén, Ínsula del Ebro, Javier Tomeo de la Universidad Rey Juan Carlos e Internacional Juan Rulfo.

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