Zoológicos Humanos: El mayor espectáculo exótico de Occidente

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Antonio Marco Greco*

Con el término “zoológico humano” se indica la exhibición espectacular de grupos de seres humanos “exóticos” en el interior de jardines, montados en ocasiones de las grandes exposiciones europeas entre 1870 y 1931. Estas exhibiciones empiezan apenas una generación después de la abolición definitiva de la esclavitud, para terminar unos años antes de las primeras apariciones de los campos de exterminio sistemático en Alemania. Aunque no se trate de un fenómeno que quiere destruir al ser humano físicamente, notamos como la lógica de la concentración no fue abandonada en Europa ni un solo segundo; se empieza con la tragicomedia de ese espectáculo y se termina con la mutación en dramas. La destrucción simbólica anticipó la real.

La historiografía que se ocupa del tema no duda en llamar a ese trágico fenómeno “zoológico humano”. De hecho, poner un hombre en un espacio reconstruido con plantas y animales exóticos, para que sea observado no por lo que hace sino por lo que es, constituye la definición más adecuada. El término implica una relación de distancia que deviene explicita en la organización del espacio: verjas, barrotes y vallas. Todo el conjunto está concebido para ser percibido de una forma dispersa, y está presente una recepción distraída que reprime el valor cultural al situar peligrosamente al público en situación de experto examinador. El viaje alejado que realiza el público, cuando traspasa los umbrales del espacio y del tiempo, entre ídolos paganos, agricultura primitiva y edificios de caña y nipa, está deshumanizando, presentando a los seres humanos como objetos de un museo de ciencias naturales. No fue legítimo incorporar a nuestros congéneres dentro de la museología de inmersión que significaron los zoológicos humanos. El recurso no es una sana actividad cognitiva ni de reflexión sobre nuestros vecinos y su manera de ser.
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Portada de La Esquella de la Torratxa – Núm. 968 – Barcelona 30 Juliol 1897
Los “etno-shows” son el primero contacto de masa entre los mundos así llamados “exóticos” y amplios sectores de la población urbana europea y norteamericana (de Londres a Moscú, de París a Barcelona, de Milán a Madrid). El “cheap-entertaiment” regala transversalmente a millones de ricos, pobres, cultos, obreros, niños y mujeres la sensación de adentrarse en otra dimensión. Mirando estos mundos arcaicos, los habitantes de la urbe europea se sienten, sin frustración, miembros de un imperio ganador. El binomio salvaje/civilizado, presente en la estética de estos espectáculos, es consolador, un verdadero instrumento de vulgarización de la idea de jerarquía racial, una formidable conjunción entre racismo científico y popular. Los africanos y africanas que se observan son reales y muestran una verdad: la negritud. Los negros son más “otros” que el resto de indígenas porqué primitivismo y sexualidad vinculada con la bestialidad son más fáciles de explicar y justificar. Ellos se parecen a sus animales feroces, son caníbales y sexualmente peligrosos. Comida y sexo, las dos instancias vitales, los dos fantasmas del primitivismo, ahora se observan sin correr ningún tipo de riesgo. No es necesario ser un temerario explorador y viajar a África para ver negros que luchan, bailan, tocan tambores y se limpian. Es suficiente pagar el precio de la entrada para ver reunidos un zoológico y un circo.
Estas exhibiciones son unos objetos insólitos, surrealistas, el ritual colonial de una sociedad mercantil-espectacular en marcha. El inmediato progenitor o arquetipo del zoológico humanos es el freak-show. Lo que se cuenta en el zoológico humano, como en el freak-show, no es la realidad, sino su presentación espectacular. El otro es presentado como absolutamente diferente a través de la exageración de sus características culturales o físicas, a través de su presentación como monstruo, enano, gigante o salvaje: en definitiva como anormal. Pionero del espectáculo antropo-zoológico y de los freak-shows en Europa es Carl Hagenbeck, que organiza las primeras exposiciones destinándolas a un publico que, encerrado en las jaulas de la modernización capitalista, desea con pasión un contacto directo con poblaciones absolutamente naturales.
El momento cultural es propicio. Todos los campos del saber tienen una propensión paranoica a dividir, subdividir, a volver a dividir. Parecen compartir ciertas asunciones básicas, peligrosamente cómodas y seductoras. Si la noción de evolución biológica corresponde a una hipótesis científica dotada de un alto coeficiente de probabilidad, en cambio la noción de evolución social no es probable en absoluto. Se postulaba, en particular en el campo de la etnología evolucionista, que las otras razas ordenadas en secuencia seguían nuestro mismo camino, pero que estaban en retraso culturalmente y físicamente. La expansión imperialista era presentada como la versión social de la historia natural, y la hegemonía europea como su desarrollo deseable. Con estas premisas no hay que asombrarse si, en la fenomenología del etno-zoo, la historia viene contada como una ascensión heroica de las capacidades biológicas humanas hacia la finalidad natural de la evolución cósmica: la civilización industrial de los ciudadanos blancos de clase media europea del siglo XIX. La estructura narrativa y visual de estos espectáculos se funda en un apriorismo peligroso: para juzgar el progreso del espíritu humano, hay que conocer el punto de partida de un arte, de una industria, de una arquitectura o de un instrumento. La cabaña se contrapone a la casa de ladrillos, la vida rural a la urbana industrial, los utensilios sencillos a la máquina compleja; en fin, se trata de una perversa comparación entre pasado y presente, de unas representaciones que vehiculan la reflexión sobre la diversidad de las razas desde el punto de vista incontestable de la superioridad tecnológica del hombre occidental. Hay un singular esfuerzo para reforzar el imaginario exótico europeo ya existente. En varias ocasiones, los científicos dirigen la organización de estos zoológicos, confirman lo que el espectador ha visto o quiere ver. El mismo concepto de raza nace de esta operación circular, de esta convergencia de propósitos, en una formidable inflorescencia de especulaciones antropológicas privadas de un fundamento real. Los zoológicos humanos son la confirmación de África antes de los europeos: jamás pretenden ni intentan perturbar las sólidas convicciones que Europa descubre y abarca sin dificultad. África se africaniza y el espectador no iniciado en los temas del África misteriosa acepta las codificaciones africanistas. En resumen, la realidad está en función del juicio erudito, una realidad que con el tiempo parece deberle al africanismo incluso la existencia.
De estas exposiciones, queda un amplio abanico de fotografías, postales y carteles del fenómeno. Estas imágenes, antes de hablarnos de los observados, ratifican nuestro papel de observadores. Yo veo, gracias a ellas, una buena parte de lo que ha sido visto, lo que ha ocurrido y lo que está infinitamente ocurriendo. Se está objetivando, más allá del momento del clic de la cámara fotográfica. El otro se enseña desnudo, su desnudez es un elemento fundamental de diferenciación porqué en la concepción occidental coincide con la bestialidad. El salvaje se transforma en una entidad fuera del tiempo, su tiempo está por terminar: “Hace falta capturar lo que está desapareciendo”, proclamaban los manuales coloniales. Los pueblos exóticos son ya condenados a la extinción, son unos perdedores en el impacto inevitable con nuestra sociedad superior. Sólo las fotografías nos permitirán testimoniar a posteriori sus existencias. Estas imágenes no reproducen la realidad, la representan y a menudo la reconstruyen con un primitivismo, un indigenismo gratuito, con absoluta ignorancia del significado de las costumbres. Quien crea que las fotografías roban el alma probablemente tenga razón: a fin de cuentas, la suya es una síntesis sofisticada y no una simple superstición. Las fantasías exóticas, gracias a estas imágenes fetiche, comercializadas a gran escala y a precios económicos, penetran por igual en casa del obrero y del artesano como en la del tendero, del funcionario y del industrial. No se compra una postal para consumir su valor material, sino para disfrutar de su carga simbólica inmaterial y de las fantasías relacionadas con el orientalismo, el exotismo y el erotismo. La postal, de hecho, es un tipo particular de mercancía, su carácter simbólico toma la delantera y su valor intrínseco tiene poca importancia. Cuando se miran estas postales, el tema más visible, incesante es la exhibición de cuerpos negros. Entre los indígenas se encuentran muchas variedades, pero la constante es el hombre africano. Gracias a un fenotipo distinto, no es difícil demostrar que los “salvajes negros” representan etapas precedentes de la evolución. El cuerpo negro socialmente disponible ofrece una superficie de proyección para resentimientos, pasiones ambiguas, afectividad reprimida y resignación. El negro es su cuerpo, el artefacto de su apariencia física. La anatomía es su destino. Su ser responde al despliegue de su anatomía. El procedimiento de discriminación es más fácil con el negro porque el racismo se basa en un ejercicio perezoso de la clasificación. Detrás de las vallas del etno-zoo se concentran pocos indígenas asiáticos o americanos, ya que en este caso se necesita un despliegue de imaginación mayor, y ya lo hemos dicho: el racista clasifica con pereza. Para trivializar estos hombres y mujeres, se descontextualizan prácticas y costumbres. No resulta difícil comparar estos poblados inventados con los poblados auténticos y comprobar que los expuestos recrean un trasfondo folclórico que no han conocido en sus países. como si la pretensión fuera encontrar el punto de vista de la reproducción fotográfica, el punto de vista más pintoresco, la perspectiva más adecuada. Esta puesta en escena va más allá de la pura propaganda ideológica colonial y del discurso puramente científico. El etno-zoo encuentra la fórmula de instruir deleitando, de transmitir conocimientos a través de la escenografía y la estética. La generación que visita estos zoológicos vive el ilusionismo del espectáculo que deviene un paradigma esencial. Todo lo justifica el espectáculo y todo encuentra en el espectáculo su justificación. El show no es solo adorno, se presenta como un positivismo indiscutible, el motor de las fuerzas productivas. La otredad humana se transforma en imágenes y las imágenes se vuelven reales, la realidad surge desde el vientre del espectáculo, y el espectáculo se vuelve real. Los “villages negres” son una visión a escala de una tendencia que en estos años se va afirmando. La imagen se prefiere a la cosa, la copia al original, la apariencia al ser. La racionalidad concierne a la imagen de los objetos-sujeto: lo que es sagrado es sólo una ilusión, lo que es profano es la verdad. El espectáculo no dice nada más que eso: lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece.

El autóctono curioso y el nativo actor. Las exposiciones etnológicas en Barcelona.
Barcelona no fue una excepción a la moda de lo exótico. Al participar en estas exposiciones coloniales, e incluso organizándolas, se imbuye de la misma estética y de la misma forma de hacer.
En un texto de un anuncio, publicado en la sección de espectáculos de la prensa de la época, leemos:

Los Ashantis.
Pueblo negro.
Ciento cincuenta individuos.
Abierto de día y de noche. Ronda de la Universidad, 35.
Entrada 1 peseta; los jueves, día de moda, entrada 2 pesetas.

torratxa 2A lo largo de todo el verano y el otoño de 1897, la exhibición constituyó un acontecimiento muy importante para la ciudad condal. Según unos periodistas, el solar de la Ronda Universitat no estaba adecuado para ese tipo de exhibición porque era muy pequeño. No habían árboles, ni tampoco todos aquellos elementos decorativos que hubieran podido contribuir a aumentar el potencial atractivo de la exposición. Considerando lo que se solía hacer en París y Londres, se pensó que existían otros lugares más adecuados, como por ejemplo el Parc de la Ciutadella. Según los comentarios de la prensa, el espectáculo fue calificado como “la verdadera atracción de la temporada”. Una exposición original y pintoresca que debía ser conocida por todas las personas interesadas en los usos de las “razas negras”.
La presencia de este poblado va a provocar un interés por conocer los detalles de su historia y de su cultura. Los ashantis representaban claramente para los ciudadanos de Barcelona el prototipo de una tribu de salvajes. La dicotomía salvaje-civilizado está presente en muchos de los comentarios del momento. Además, no olvidemos que era una época crítica para España. En plena guerra en Cuba y Filipinas, la prensa no se ahorraba de juicios nefastos, interpretaciones bestiales, paternalistas y de irónica conmiseración sobre los colonizados.
Los ashantis ofrecían varios espectáculos y el público miraba con morbosidad la desnudez de los negros, cuyos únicos vestidos eran unas túnicas de colores intensos. Estos tipos masculinos y femeninos poseían en toda su plenitud lo que los franceses llaman “la ligne”, la línea artística, el dibujo nítido de la forma humana. La visión de estos cuerpos “fuertes y nerviosos”, “de piel suave y sangre generosa”, ejercieron un encanto poderoso sobre los ciudadanos de Barcelona. El precio de la entrada valía la visión de la desnudez sin artificio y sin esfuerzo de los actores ashantis. La pulsión oral del burgués mirón, así la llamaría Freud, fue abundantemente satisfecha por los cuerpos de hombres y mujeres, por el vigor plástico y escultural que ostentaban bajo ligeros vestidos.

“Al visitarlo por primera vez, me planté ante un negrazo que, inmóvil, vagarosa la mirada, recostado en escultórica actitud junto a un poste, semejaba a una magnifica estatua de bronce. Su traje no podía ser más sencillo. Me inspiró un sentimiento de profunda envidia; estábamos allí, delante del negro, 5 o 6 mirones, sudorosos, medio asfixiados por el calor, aprisionados en nuestras incomodas y ridículas vestimentas, embutidos dentro de diez o doce prendas, cuya necesidad no explicará nadie jamás.
Y la primera conclusión que me asaltó fue la de que el ashanti iba vestido más racionalmente que nosotros; con más comodidad y con mejor gusto y verdadera elegancia. Un simple pedazo de tela bastaba para cubrir su cuerpo y darle un aspecto estético; para presentarse en publico no habrá de ser tributario y esclavo de una docena de industriales como lo es el europeo. ¿No es esa sencillez un signo indiscutible de superioridad?”

Lo que hemos apenas citado parece una critica explicita a la sociedad de consumo propia de la civilización industrial y mercantil hecha por un ideólogo del anarco-primitivismo de nuestros días. En realidad estamos en el año 1897 y es confortador leer alguien que escribe sobre la superioridad de la sencillez y no habla mecánicamente de las virtudes de la metafísica, de las doctrinas económicas, de la ciencia administrativa, de la retórica, de la poética, del derecho, de la microbiología y de la dinamita. Por fin suspiramos, nos está saliendo una sonrisa liberatoria. La rabia nos había mantenido hasta ahora en apnea y con la piel de la frente arrugada.
Tres años más tarde, en 1900, vino la troupe indígena de Búfalo Bill. El circo de este legendario héroe del far west contaba con la presencia de varios indios americanos. También vino un grupo de inuits de la península de Labrador. Se instalaron en el teatro El Nuevo Retiro antes de desplazarse a Madrid. La prensa, al hablar de los esquimales, destacaba la altura media de las mujeres: tan sólo 1,25 metros. Pero quizás uno de los espectáculos humanos de más éxito fue la presencia de un grupo de cien senegaleses en el Tibidabo, en el espacio que ahora ocupa la atracción del avión. Venían de una gira por Le Mans, Nantes y Amiens. Estuvieron entre marzo y finales de agosto e incluso se vendieron postales.
El último zoológico humano del que se tiene constancia en Barcelona es el de la tribu fulah, de Guinea Ecuatorial, que se instaló en 1925, también en el Tibidabo, aunque ya con menos repercusión.
En los años treinta, estas exhibiciones empiezan a considerarse inmorales y se registra una oposición importante entre determinados sectores culturales. Los tiempos cambian, la briosa afroamericana Josephine Baker canta en el Cotton Club de Harlem, baila charlestón en el Folies-Bérgeres de París y en los principales cafés-espectáculo europeos donde el jazz ya cuenta con la aprobación unánime del vanguardismo.

Bibliográfica esencial:
-Blanchard, Bancel, Boetsch, Deroo, Lemaire, Forsdick, “Human zoos. Science and Spectacle in the age of colonial empires”, Liverpool University Press, 2008.
-Blanchard, Bancel, Boetsch, Deroo, Lemaire, Forsdick, “Zoos humains, De la Venus hottentote aux reality shows”, La Découverte, 2002.
-Blanchard, Bancel, Boetsch, Deroo, Lemaire, Forsdick, “Culture coloniale. La France conquise par son Empire, 1871-1935”, Éditions Autrement, 2003.

Webs:
www.deshumanisation.com
www.achac.com

Videos:
http://www.achac.com/?O=67
http://www.youtube.com/user/deshumanisation
http://www.youtube.com/watch?v=0gI0_KOrM8I&feature=related

Artículos:
Blancel, Nicolas (2000): “Ces Zoológicos humains de la Republique coloniale”, Le Monde Diplomatique (agosto), pp. 16-17.

Películas:
‘Man to man’. Director: Regis Wargnier (2005)
‘El hombre elefante’. Director: D. Lynch (1980)
‘Freaks (la parada de los monstruos)’. Director: T. Browning (1932)

* Antonio Marco Greco es investigador. En la actualidad cursa el Doctorado en Historia Comparada Social y Política en la Universidad Autónoma de Barcelona.

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