Reseña: ‘El Fuego de los Orígenes” – Emmanuel Dongala

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Manuel Manrique Gil*


Traducción de Manuel Serrat Crespo
EDICIONES ELCOBRE / CASA ÁFRICA
BARCELONA, 2009, 277 pp. €19,95

untitledCon “El Fuego de los Orígenes” de Emmanuel Dongala, publicado el pasado mes de Octubre, se abre la colección de literatura africana de Casa África en colaboración con Ediciones ElCobre, y en la que hasta el momento se incluyen siete volúmenes. En esta novela, el autor congoleño nos relata la historia de un hombre preocupado por la posibilidad de vivir eternamente, ya que “carece de nacimiento”. Una vida que abarca el período precolonial, la ocupación colonial y la independencia del Congo Francés (Brazzaville), y cuya historia comienza, como no podía ser de otra manera, por el principio, los orígenes: el (no) nacimiento de Mandala Mankunku (“el que desafía a los poderosos y los hace caer como hojas de los árboles”, nombre dado por el viejo Nimi A Lukeni). Este primer capítulo de la vida de Mankunku (y del libro) transcurre en un poblado a orillas del río Nzadi, y nos es relatada como un cuento, una narración que podríamos escuchar de boca de los ancianos del poblado, y en el que aparecen con frecuencia elementos relacionados con el mundo de los espíritus y con los antepasados del poblado. Tras este comienzo, Dongala relata en el segundo capítulo la desaparición de todo lo descrito hasta entonces, la destrucción del poblado y su vida, y la apertura al mundo de su población como resultado de la violencia del colonialismo francés. Páginas que remiten claramente a el gran clásico de la literatura moderna africana, “Todo se desmorona” de Chinua Achebe. Los tres capítulos siguientes forman la parte central del libro y narran la experiencia colonial; entre ellos sin embargo, las diferencias son claras puesto que cada uno se refiere a un período histórico marcadamente distinto a los demás: el brutal colonialismo de los años 1920 y 1930, los cambios producidos por la creciente urbanización y el impacto de la segunda guerra mundial, y el período de posguerra en que la agitación anti-colonial adquiere cada vez más importancia. Estos son los tres capítulos en los que la novela adquiere un tono narrativo más clásico, y están todos cargados de referencias históricas – como la construcción del ferrocarril Congo-Océano de Brazzaville a Pointe-Noire y en cuya construcción mediante trabajos forzados perdieron la vida al menos 17,000 personas – y detalles sobre la vida de las nuevas clases urbanas, como la mención del gran éxito cosechado gracias a la popularización del fonógrafo una de las primeras rumbas congoleñas, Marie-Louise de Wendo Kolosoy. Tras un sexto capítulo que hace referencia a la independencia – que, de forma reveladora, ocupa sólo una página y tiene un tono marcadamente sombrío – el penúltimo capítulo detalla la época postcolonial, en la que la vida del país (y de Mankunku) conoce momentos de gran felicidad, pero en la que, poco a poco, va creciendo el desencanto. El libro se cierra con el también breve octavo capítulo, que si bien cronológicamente es el último, narrativamente nos devuelve al principio.
Durante todos estos capítulos Dongala construye la tensión dramática de su novela mediante la oscilación constante entre dos polos. El primero de éstos es el marcado por el discurrir histórico, el cambio político y social que, si bien existía con anterioridad a la llegada de los franceses (Mankunku recordemos llega destinado a derribar lo existente), se ve acelerado de manera importante con el comienzo de la ocupación colonial. El polo antagónico representa lo eterno y lo permanente; ideas y visiones transmitidas en la novela a menudo a través de la voz de los ancestros. Expuesto de esta manera, puede temer el lector que la novela derive en un alegato contra el colonialismo y que el autor pueda caer en un cierto maniqueísmo al limitarse a contrastar un idealizado pasado, con un extenso listado de los horrores del colonialismo. O bien puede temerse que el autor caiga en otro de los posibles peligros: el conceder demasiada importancia a la dimensión histórica y terminar creando una narración plana y en la que los personajes, unidimensionales, sirven sólo como piezas que ayudan a avanzar la acción. En el caso del que escribe esta reseña, este miedo estuvo presente durante el primer tercio del libro – si bien no llegó a obstaculizar el disfrute de la novela – y se vio alimentado por algunas de las descripciones y frases empleadas por Dongala (algo que en el algunos casos pueda atribuirse no al autor, sino a la traducción), así como por la referencia a las figuras de la noche/oscuridad y del día/luz expuestas en los encabezamientos de cada capítulo, comenzando por la cita de L. S. Senghor que abre el libro.
Sin embargo, a medida que transcurre la acción y los capítulos, el lector es cada vez más consciente de la complejidad y sutileza de un libro que no en vano ocupó al autor seis años escribir. A pesar de que Dongala parte desde unas premisas clásicas, utilizadas en infinidad de ocasiones con anterioridad, el autor es capar de construir sobre ellas una historia compleja. Una novela que trata no sólo de los efectos del colonialismo, sino también de temas tan universales como el cambio en la sociedad, el avance del tiempo y la manera en que éstos trastocan las vidas de los individuos, sus deseos, miedos y ambiciones… Gracias a la agilidad de su prosa y a sus frecuentes y adecuados cambios de estilo y de tono, Dongala logra pues evitar los peligros mencionados anteriormente y salir victorioso. Además, las reflexiones y sentimientos de Mankunku permiten al lector acceder a un contrapunto individual necesario para completar la descripción general que hace el narrador. Podemos citar como ejemplo de estas complejidades el caso de la ciencia y la tecnología que traen los colonizadores. Si bien éstas son primero temidas y admiradas, son también rápidamente adoptadas por aquellos que fueron víctimas de la violencia que acompañaron su llegada, incluyendo al propio Mankunku. Sin embargo, el adoptar estos conocimientos no implica la desaparición de las ideas y visiones dominantes antes de la llegada de los europeos. De hecho, la sabiduría de los ancestros resiste a la hegemonía que intenta imponer el “progreso” y la “civilización” colonial, demostrando su compatibilidad, e incluso a veces su superioridad a las modernas ciencias traídas por los franceses.
Así, a medida que discurre la narración de Dongala, poco a poco se van desdibujando los absolutos y las certezas, al tiempo que la importancia otorgada a ideas y procesos abstractos va diluyéndose en beneficio de los individuos y sus emociones. Toca “El Fuego de los Orígenes” muchos de los elementos presentes en cualquier debate o reflexión sobre la complejidad y pluralidad del mundo actual, si bien construidas en referencia a la realidad concreta de la historia del Congo en el siglo XX. Pero son éstas reflexiones que aparecen en el libro de forma natural – a menudo simplemente sugeridas y no expresadas de forma explicita – a través del hilo conductor que es la vida del protagonista. Si bien este protagonista es el nganga (sacerdote, curandero, sabio) Mankunku, es innegable también que la búsqueda de la alquimia que permita conjugar la sabiduría de los ancestros con los nuevos conocimientos y realidades a pesar del sufrimiento y el caos que éstos generan, es un objetivo que han perseguido todos los seres humanos de manera universal y eterna.

*Manuel Manrique Gil es miembro del equipo de redacción de Africaneando.

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