Un collage de Nigeria con Emecheta, Okri y Ngozi Adichie

untitled
Versión en pdf pinchando en el logo

Oscar Escudero*

La literatura nigeriana es pródiga, diversa y de altísima calidad, y cuenta entre sus filas con exponentes de reconocido prestigio internacional como el premio Nobel Wole Soyinka, Flora Nwapa o Chinua Achebe, y muchos otros cuyas obras son traducidas a decenas de idiomas y reeditadas una y otra vez. Sin ir más lejos, recientemente el sello DeBolsillo acaba de lanzar una nueva edición de “Todo se desmorona” (1), obra de notable importancia tanto para los lectores del mundo entero, como para numerosos escritores africanos que han hallado en ella un modelo fundacional de denuncia y crítica sobre el que edificar sus ficciones, como sucede en el caso de la propia Ngozi Adichie. Indiferentes a la dictadura de lo nuevo, en las siguientes líneas glosaremos tres novelas capitales publicadas en los últimos treinta años (2), escogidas entre todo un mar de títulos atractivos. Todas ellas recibieron una calurosa acogida de crítica y de público, lo que se ha traducido en la obtención de un puñado de galardones. “Las delicias de la maternidad” (Ediciones Zanzíbar, 2004) y “El camino hambriento” (La Otra Orilla, 2007), están incluidas en la lista de las 100 mejores obras de ficción de la literatura africana (3). Asimismo, pese a la juventud de su autora, “Medio sol amarillo” (Mondadori, 2007) ya se considera una narración imprescindible de una escritora más que prometedora; no en vano ha sido laureada con el premio británico Orange Prize for Fiction.
Es pura coincidencia y no un criterio de selección que las tres novelas tengan un fuerte componente igbo (4), por eso adelantamos que no vamos a incurrir en comparaciones étnicas de ningún tipo ni por supuesto escarbar en sus eventuales rivalidades; como máximo, nos conformaremos con recoger las observaciones destiladas de las propias novelas que, como se verá, aluden a una retahíla de tópicos y prejuicios semejante a la que cualquier hincha de un equipo de fútbol abrigaría sobre la “pérfida idiosincrasia” de su adversario (para la demagogia al por mayor disponemos de los periódicos occidentales, especializados en simplificar todo conflicto de la naturaleza que sea “a viejas y larvadas luchas interétnicas”). Quizá no sea tan casual que los tres autores residan actualmente fuera de Nigeria, y ello sugiera la presión a la que se ven sometidos intelectuales y toda clase de disidentes de un sistema político que en las últimas décadas se ha caracterizado por la inestabilidad derivada de una sucesión de regímenes militares. Buchi Emecheta (Lagos, 1944), la autora de “Las delicias de la maternidad” vive en Londres, al igual que Ben Okri (Minna, 1959). Chimamanda Ngozi Adichie (Abba, Enugu, 1977), reside en EEUU.
Puesto que estas novelas abordan tres periodos distintos en el marco del siglo XX, confiamos en que un ejercicio somero de crítica comparada nos puede servir para familiarizarnos con algunos aspectos sociales y culturales de este riquísimo país, como son el lugar de la mujer en la sociedad y su estatus respecto al hombre, la articulación de un discurso contra el colonialismo, el terremoto que en los hábitos y pautas de conducta ocasiona la colisión entre el campo y la ciudad, etc. Nos fundamos en la máxima de que a menudo la literatura puede atrapar lo universal a través de incursiones en viñetas minúsculas y particulares. En el caso que nos ocupa, no sólo la época varía en cada una de las novelas, sino que también cambia la esfera de la vida (conyugal, familiar e histórico-política) que retrata. Por tanto, haremos hincapié en los contenidos, casi como si estos libros fueran manuales de historia en lugar de textos de ficción, mientras que descartaremos un análisis estilístico o estrictamente literario. De esto último sólo cabe señalar que las tres obras, al igual que una gran parte de la producción africana, responden al patrón de novela clásica, huyen de fórmulas experimentales en su estructura y composición, y concentran su potencia en su finalidad reivindicativa como mensaje de fondo y de superficie, así como en una claridad expositiva susceptible de ser emparentada con la amenidad propia de la oralidad.

1. “Las delicias de la maternidad” (DM)
DM
Es preciso advertir de antemano que la dulzura, casi la cursilería, de este título no se corresponde con la crudeza de la novela. Más ajustado epígrafe sería el que sale de boca de uno de los personajes de Naghib Mahfuz en “El callejón de los milagros”: “las amarguras del matrimonio”. Buchi Emecheta relata la vida de Nnu Ego en su faceta de cónyuge y madre. La historia se desarrolla entre los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial y los años previos a la proclamación de independencia de Nigeria. De algún modo Nnu Ego atesora en su persona lo que podría ser una educación marital tan ordinaria como extendida, absorbiendo todas las vicisitudes posibles que afectan a las mujeres nigerianas, para acabar configurando una suerte de arquetipo. La aceptación o repulsa social de la mujer depende de su fertilidad. Al principio, Nnu Ego experimenta en sus carnes la impotencia de no dar hijos a su primer marido cuando vive en el campo. Esta esterilidad que, como se verá es pasajera, le cuesta el abandono y la fuerza a buscar otro marido lejos de allí, en la ciudad, el cual atenderá al nombre de Nnaife. Nnu Ego contraerá matrimonio con ese hombre, con el que tendrá hijos, pero le restará otros intangibles (cariño, proximidad, respeto y hasta dignidad) que sí disfrutaba de su primer marido, además de un amor menos impostado.
Debido a una breve bonanza económica primero y a un compromiso familiar después, Nnaife aumentará su nómina de esposas hasta tres, pese a que Nnu Ego nunca llega a convivir con más de una. Siendo Nnu Ego la primera esposa, un grado más problemático que beneficioso en la práctica, veremos cómo afecta la intrusión de una persona en la hasta ahora privacidad de un matrimonio, qué supone compartir un sexo grosero en espacios privados de intimidad, y cuáles son, en suma, las consecuencias de lo que se acaba encajando como un agravio comparativo en estado puro. Una complicación que se suma a las penalidades que se reparten entre alimentar bocas, trabajar y hacerse cargo del hogar, y soportar a un hombre con propensión a la bebida, irrespetuoso y cínico. Cuando Nnaife es “reclutado” (secuestrado, más bien) para combatir en la Segunda Guerra Mundial con el ejército británico, Nnu Ego se ve obligada a limar asperezas con la otra esposa, tarea ardua por la incapacidad de la última para engendrar varones. La segunda esposa vive un auténtico martirio que se traduce en envidias y hasta en conductas temerarias con relación a los hijos de Nnu Ego, sobre los que vuelca su envidia y decepción.
Cuando Nnaife regresa de la guerra, Nnu Ego comprueba que aunque ya no está sola, le embarga la soledad, sentimiento que crece a medida que sus hijos cumplen años y emprenden el vuelo sin reparar demasiado en si deben ser más cuidadosos con sus progenitores, y con la madre singularmente. De eso se colige que la maternidad no sólo es obligatoria, porque no da opción a la mujer, sino que es desagradecida y poco o nada compensatoria. Mientras la mujer, por tanto, no se libere de esta carga, la de ser vista únicamente como un animal reproductor, su vida será triste y con esa tristeza que nunca se esfuma arrecia el tiempo de la vejez y de la muerte.

2. “Medio sol amarillo” (MSA)
MSA
Los hechos pivotan sobre dos periodos cruciales de la historia contemporánea de Nigeria. A principios de la década de los sesenta del siglo pasado, justo después de la independencia, y, a finales de la misma, cuando estalla la guerra de secesión de la República de Biafra, cuya bandera, dicho sea de paso, porta el símbolo que brinda el título al libro, y con el que Chimamanda Ngozi Adichie se identifica, y se revela como una autora comprometida dispuesta a ofrecer una lectura crítica de historia contemporánea sin pelos en la lengua. Varios personajes tejen la trama: Ugwu, un niño que llega a casa de un profesor universitario para trabajar en el servicio doméstico. A través de él, al igual que a través de la relación de Nnu Ego con su segundo marido, asistimos al impacto de quien arriba a la ciudad procedente del entorno rural. El profesor se llama Odenigbo, brillante ideólogo y activista en pro de la independencia de Biafra, que comparte amores con Olanna, mujer rebelde, autónoma y luchadora combativa como su consorte. Kainene es su hermana, personaje ambiguo que sirve de contrapeso, atrapada con un pie a favor de la negritud y el otro a favor de los sucosos réditos que dispensan los contratos mercantiles suscritos con compañías inglesas, sobre todo petrolíferas. Mientras que Kainene conserva y disfruta inicialmente de estos contactos virulentos, Olanna los demoniza, como todo lo que está relacionado con el padre de ambas: el jefe Ozobia, un poderoso político vinculado a los órganos de poder que se jacta de ser el propietario de medio Lagos. A través de éste se explicitan las estrechas conexiones entre políticos corruptos y empresarios británicos del petróleo y otros sectores afines relacionados con los recursos del país, un esquema que no parece haber sufrido demasiados cambios en el día de hoy.
La esfera social que Ngozi Adichie disecciona equivaldría a la burguesía o clase media acomodada, que en este contexto desempeña la función de motor de la historia. En un segundo plano se incardinan personajes reales determinantes como el presidente Ojukwu y altos cargos del ejército secesionista que, de manera tangencial, interaccionan con los protagonistas principales. Sobre este movido telón de fondo, Ngozi Adichie desliza líos amorosos e hijos ilegítimos, desengaños, celos y relaciones adúlteras, escenas que inevitablemente evocan las morbosas relaciones cruzadas entre los personajes creados por Lawrence Durrell en su obra “El cuarteto de Alejandría”. Igual que el autor de Corfú, Ngozi Adichie penetra en la mente de los personajes y en su intimidad, dejando un registro de erotismo que recubre el relato con una doble capa de verosimilitud, máxime cuando este erotismo se entremezcla, como en la vida misma, con comportamientos prosaicos o directamente mezquinos. Mientras la guerra hace estragos, los personajes se mueven entre la lucha por sus ideales, y la lucha contra sus propias miserias personales, una parábola que bien vale para el conjunto de la sociedad nigeriana más allá de Biafra, y que expresa la decepción primera respecto al mandato del Imperio Británico, y la decepción segunda respecto a la gestión de sus propios gobernantes. En ese sentido, la yuxtaposición de sendas esferas fabulada por Ngozi Adichie, está más que lograda e iguala a su maestro Achebe en el arte de confeccionar críticas ecuánimes e implacables hacia su propia sociedad.

3. “El camino hambriento” (CH)
CH
Éste es el primer volumen de una exitosa trilogía (4), con el que Ben Okri se alzó con el premio Booker en 1991. Azaro es un “abiku”, un niño espíritu que, ante la oportunidad que se le ofrece de vivir en el Otro Mundo, en teoría plácido, resuelve permanecer en la cruda realidad de los mortales, formar parte de su familia y afrontar las bandadas de un país destartalado. Azaro vive en un gueto paupérrimo a las afueras de Lagos, junto a su padre y su madre, donde habitan en una diminuta habitación de alquiler. Situada durante los años que precedieron a la proclamación de la independencia, CH abunda en el día a día de una familia que pugna de continuo contra la adversidad. A diferencia de los protagonistas “comprometidos” de MSA, los de Okri son los parias de la tierra, los que se arrinconan en los márgenes de la Historia porque ésta siempre los repele. Mientras unos se sienten llamados a cambiar el rumbo de su país, otros, éstos, apenas les preocupa otra cosa que no sea cómo llenar el estómago.
Azaro gana una miseria echando una mano a madame Koto, dueña de un bar y persona más que controvertida por su misterioso celibato, sus influencias con las altas esferas y sus relaciones esotéricas con el Otro Mundo. Entre la pocilga donde vive Azaro y esta taberna, transita la mayor parte de CH. Poco a poco, madame Koto afianza sus contactos con políticos que aspiran a gobernar cuando se marchen los ingleses. Mientras en MSA la política es un asunto nuclear, en CH Okri la somete a un tratamiento alegórico que acaba por reducir la lucha por el poder a un duelo entre dos partidos: el de los Pobres y el de los Ricos, sin establecer tampoco diferencias programáticas, pero magnificando su convergencia en la voluntad por obtener el poder a toda costa (v.gr. el suceso de la dispensación de leche podrida por parte del partido de los Pobres, a sabiendas que el agradecimiento por parte de la población receptora terminará cuando se advierta el engaño). Mientras que en MSA, la política es la herramienta a través de la cual, al menos al principio, se alienta la secesión, en CH la política depende enteramente de los británicos, y en ella ya anida el germen de la corrupción, manifiesta en un clientelismo emergente que supura desde el polo británico y contamina el entorno: “Les he dicho esto a todos mis inquilinos. El que quiera vivir en mi casa, bajo este techo que yo construí con mis propias manos, debe votar a mi partido ¿Me Oye?”, espeta el arrendador de la pocilga donde reside la familia de Azaro al padre de éste. Decantarse por uno u otro partido dependerá, como chasquea uno de los personajes, de que al menos no le escupan a uno a la cara.
Mientras tanto, el padre de Azaro, a veces un caradura holgazán y un marido ramplón, y a veces un héroe de pacotilla para el niño espíritu, cada vez anda más trastornado a causa de la pobreza. En la recta final del libro se hace boxeador y encarna una violencia física superlativa, que el lector ya ha ido percibiendo en muchos otros formatos en los que incide Okri no sin cierto abuso. En efecto, tanto la violencia como la humillación van en aumento y adquieren la categoría de personajes principales. Y al más puro estilo de Don Quijote, la locura del padre parece intensificarse cuando sueña con proyectos de mejora social. Dicho de otro modo, la serenidad es la aceptación de que nada va a mejorar porque nadie va a hacer nada y por tanto no se puede esperar, ni siquiera en sueños o en el calor de una borrachera, que se produzca espontáneamente un cambio de tendencia. La idea de la prosperidad es tan disparatada que sólo puede entenderse a la luz de la locura. Esa es la tragedia de la desesperanza, que se invierten las tornas y lo deseable por el sentido común deviene imposible hasta el grado que el optimismo parece un síntoma propio de quien ha perdido el tino.
Pese a que desde un principio Okri plantea un esquema a caballo entre el naturalismo y el realismo mágico, a veces tintado con tonos oníricos (al fin y al cabo se especula que el acceso al Otro Mundo se produce a través del sueño), el peso de la pobreza y la necesidad tienden a ahogar la fantasía bajo detritos de veracidad sin dejar espacio a la diversión y aun menos a las florituras imaginales. Que este maridaje tenga tan buen acople no significa que sea lo más pertinente. El fuerte componente metafórico-alegórico del libro obliga al autor a exponer factores históricos, políticos y sociales de una forma muy esencial y esquemática y, por ende muy poco precisa desde el punto de vista historicista. Pese a ello, al final podemos coquetear con la idea de que Azaro simboliza Nigeria: “Nuestro país es un país abiku. Va y viene como el niño de los espíritus. Un día decidirá quedarse. Se hará fuerte. Yo no lo veré”. Lo peor de esta reducción alegórica es que a veces la trama parece desubicada, flotante y que cojea a falta de un sustento sólido, y lo mejor, según se mire, es que la historia desnuda que Okri nos cuenta sería igualmente válida para otros estados africanos que han sufrido el yugo colonial.

4. Religiosidad, curandería, brujería y magia

La presencia del cristianismo y el islam en las tres ficciones es discreta y tangencial, dosificada por medio de alusiones superficiales. Emecheta nos informa que “Los domingos por la tarde, cuando libraba, iba andando desde Yaba hasta Ebute Metta y después hacia la isla de Lagos, donde la comunidad ibo festejaba las celebraciones cristianas”. En CH, Okri da cuenta del desembarco de metodistas y evangélicos, los cuales cincuenta años más tarde erigirán entre otras, la Iglesia Cristiana Redimida de Dios, que en la actualidad goza gran relevancia y predicamento en el país (6): “(…) vimos a varias personas reunidas frente a la puerta de su bar [el de madame Koto]. Todos estaban de pie en el barro. Todos llevaban blusas blancas y Biblias ostentosas. Su jefe tenía la Biblia más grande de todas… Ellos constituían la representación de una de las iglesias más influyentes que surgían en la ciudad. El grupo estaba formado por profetas de varios rangos que bailaban con fervor justiciero y oraban con terrible convencimiento frente al bar”. Sea la iglesia católica apostólica, la protestante o la anglicana, no siempre el cristianismo sale bien parado. En DM, Emecheta afirma que “El hecho de considerar deseable a una mujer callada y tímida empezó más tarde, con el cristianismo y otros cambios”. Asimismo, conviene señalar que la poligamia, tradicional e injustamente vinculada al islam para lacerar a éste más que a aquélla, en DM se desarrolla a la sombra del cristianismo que, si por doctrina la denuncia, en la práctica la asimila y tolera.
Pero no hay rastro de choque interreligioso entre cristianos y musulmanes, o, desde el punto de vista etnológico, entre igbos (mayoría cristiana) y hausas (mayoría musulmana), ni siquiera en el fragor de la guerra de Biafra. Lo que sí persiste es un cruce de prejuicios y atributos tópicos con tintes de leyenda urbana. En MSA: “Le explicó que los hausas del norte eran gente muy digna, los igbos eran ariscos y amantes del dinero, y los yorubas eran sobre todo alegres aunque también muy aduladores”. Sobre los igbos, señala Ngozi Adichie: “Sabía que durante miles de años el pueblo igbo había constituido una tribu republicana, pero uno de los artículos sobre los hallazgos de Igbo-Ukwu apuntaba la posibilidad de que un día hubieran tenido reyes pero que posteriormente fueron derrocados. Los igbos eran, después de todo, un pueblo que deponía a sus dioses cuando dejaban de resultarles útiles”. Desde la perspectiva opuesta, un hausa opina que “El problema es que los igbos quieren hacerse con el control de todo el país. De todo. ¿Por qué no se quedan en el este? Regentan todos los negocios, los cargos públicos están en sus manos…”. Luchas de poder y demagogia, como en la mayoría de conflictos, que luego se adulteran fatídicamente con otros contenidos más incendiarios, y que sirven de carnaza para caldear la opinión pública.
Si, llegado el caso, los credos importados y las diferencias étnicas pueden suscitar fricciones o instrumentalizarse con ese fin, las creencias tradicionales actúan como un cemento que amalgama la sociedad por encima de sus particularidades. Si bien MSA se decanta por el racionalismo y relega el mundo de los espíritus a la categoría de superstición, la terminología mágica que despliega Ngozi Adichie se asemeja en número a la que encierra CH, lo cual no deja de ser un indicador de la ubicuidad y la vigencia de prácticas mágicas por mucho que su veracidad esté cuestionada. Paralelamente, choca que siendo el mundo de los espíritus el punto de partida de CH, a mi modo de ver Okri no profundiza en él ni pretende elaborar un tratado novelado de lo numinoso, sino que aprovecha la metáfora que le proporciona este planteamiento para sumergirse en las entrañas de la miseria. Como hemos apuntado arriba, en la novela acaba cristalizando el realismo al mismo que se volatiliza el espiritualismo.
Para mí, la prevalencia de estas creencias frente al inexorable proceso de aculturación inducido por la introducción con calzador del positivismo y la medicina empírica, valores inherentes a la cultura imperial que sólo benefician a las élites, denota un acto de resistencia que por ahora se salda con una ajustada victoria. De todos los elementos tradicionales, el más aclamado es el “dibia”, que además de sus atribuciones de curandero, puede acaparar competencias en otras cuestiones no necesariamente relacionadas con la salud, como la premonición; en MSA, el “dibia” se consulta para reducir la incertidumbre de los dirigentes en tiempos de guerra: “… sobre otra visión en la que un “dibia” de Okija administraba a Su Excelencia un potente remedio que le ayudaría a recuperar todas las ciudades perdidas…”. Además, el “dibia” puede conducir una sesión de exorcismo, como cuando Azaro debe librarse del mal que ha invadido su organismo: “(…) El curandero dejó escapar un grito penetrante. En el mismo instante, la vieja golpeó al espíritu con toda la fuerza de sus armas. Papá degolló la gallina. La vieja cortó de un tajo la última cabeza del espíritu. El espíritu luchó en vano en la canoa mientras la gallina se estremecía. Su sangre chorreó sobre mi frente. El curandero calló. La cabeza del espíritu, al caer sobre el río plateado, miró a su alrededor, se vio a sí mismo separado de su cuerpo y dejó escapar un último grito de horror que agrietó la superficie del río. Los espejos se rompieron. Se oscureció. Astillas y reflejos quedaron atrapados en mis ojos”. El dibia también puede interceder ante casos sangrantes de envidia, como cuando en DM, ordena el “dibia”: “Debes proteger a tus hijos contra los celos de la esposa joven. Si me traes dos gallinas y un metro de tela blanca, les prepararé un colgante a tus hijos para que lo lleven puesto. Les protegerá de todo tipo de celos”
Buen signo de salud que socava una presunta ignorancia y fanatismo asociada a la sociedad nigeriana, es la pluralidad de opiniones sobre la eficacia del “dibia”, pues tan sospechosa es una fe ciega en sus virtudes como la enmienda a la totalidad que pretende aplicar el pensamiento occidental. En MSA el mundo de los espíritus está bien presente, pero figura siempre en un segundo plano porque en el ambiente intelectual de la universidad suele perder el pulso contra la fuerza de la razón: “Por supuesto, Olanna no creía ni en los remedios del “dibia” ni en ningún hecho sobrenatural, pero volvió a sentirse preocupada por su futuro al lado de Odenigbo”. En efecto, allí donde aumenta la formación disminuye la creencia en los “dibias”. Ello se plasma en DM a través del hijo estudiante de Nnu Ego, a pesar de que prefiere callar su escepticismo para no herir la sensibilidad de su propia madre: “No tenía sentido decirle que la mayoría de aquellos “dibias” sólo le decían lo que quería oír…”.
Otras referencias destacables además del omnipresente “dibia” son la miríada de representaciones vinculadas al Otro Mundo. En MSA: “Tal vez fuera un espíritu y hubiera acudido allí a practicar rituales junto a otras ogbanje”. O: “No podían trepar al árbol y arrancar la fruta porque era tabú; el “udala” pertenecía a los espíritus”; “…gesticulaba al contarles cómo en el último pueblo que había visitado los nativos habían sacrificado una cabra frente al altar de “oyi” para mantener alejados a los vándalos”. Y de los espíritus a la brujería sólo media una delgada línea que Okri traspasa en su CH. Lo vemos en esta conversación, cuando se discuten los privilegios de madame Koto de resultas de su vinculación al Partido de los Ricos:
“-¿Cómo lo logró?
-Amigo mío, todos sabemos lo que queremos, pero ¿cuántos llegamos a conseguirlo?
-Es verdad.
-Debió de usar brujería.
-O talismanes.
-O ingresó en una sociedad secreta.
-O las tres cosas”
Y, también aquí, donde se reafirma el sentido peyorativo cuando estos poderes están en manos de mujeres: “…mamá trajo a tres mujeres a casa. Una de ellas era madame Koto. Todas iban vestidas de negro. Una, supe después, era una poderosa curandera que antes había sido bruja, lo había confesado en público y había sido apedreada. Reapareció un año después de su confesión, transformada en una curandera muy poderosa. Prometió hacer el bien en su comunidad (…)”
okriAdemás de espíritus y brujería, un desigual surtido de deidades y genios son objeto de veneración en las tres novelas, aunque sin duda el que mayor peso específico tiene es el “Chi”, dios íntimo que acompaña a cada individuo. Puede ser hombre o mujer, una esclava o un alma influyente, alguien benévolo o malvado y martirizador. En DM, el “Chi” determina y/o explica tanto la fortuna como la desdicha de los personajes, y Emecheta le confiere suma importancia. En CH, Okri, de acuerdo con su línea más difusa, pone en boca del “Abiku”: “Cuando volví, pasó [el padre de Azaro] otra hora rezando a nuestros antepasados y a las deidades inescrutables”. Okri también menciona de pasada al Dios de la Lluvia y del Río, que en BEN OKRI
DM resurge con más lujo de detalles: “Mammy Waater, May Watta” es lo que le envían al marido de Nnu Ego tras contraer matrimonio. Se trata de la Diosa de las aguas. Según la pertinente anotación de Maya G. Vinuesa, traductora del libro, “En el periodo colonial se la representa como una diosa mestiza, con una abundante melena ondulada, que podría interpretarse como un sincretismo entre la imagen de la mujer blanca colonial y la diosa acuática tradicional presente en varias religiones de la región, como la ibo (donde esta diosa recibe el nombre de Uhamiri) o la yoruba (cuyo nombre es Yemanja)”. De esto se deduce que independientemente de la afiliación igbo de Buchi Emecheta, puede rendirse culto a otros credos con absoluta naturalidad: “Idayi recitó las oraciones. Rezó al todopoderoso Olisa (deidad Suprema yoruba) pidiéndole que sanara a su buen amigo…”.
En cuanto al uso de talismanes y amuletos, las tres novelas contienen numerosos ejemplos de este hábito tan corriente: “El hombre dio varios pasos hasta colocarse en el centro del bar y con amplios y ceremoniosos gestos empezó a despojarse de la túnica. Le llevó mucho tiempo quitársela. Se le atascó en el cuello, enredada entre las cuentas y los amuletos”. O: “Encima de la puerta colgó las cabezas disecadas de un antílope y de un tigre, la calavera de un jabalí y las pezuñas peludas de un león joven muerto hacía mucho tiempo. Sacrificó dos gallos blancos. Untó sobre nuestras paredes su sangre mezclada con pociones olorosas. Quemó sobre nuestro suelo las plumas de un loro y un águila”. Más enfocado a la maternidad, se invoca a la fortuna mediante las “Sarah”: “fiestas informales donde se repartía comida para todos, especialmente para los niños; normalmente la daban mujeres que querían tener hijos, a quienes los médicos nativos decían invariablemente que la única manera de que concibieran era alimentando a otros niños”.
No podemos concluir este apartado sin extractar unas palabras referentes a la ligazón entre el mundo de los espíritus y la política, explícita en CH: “Los partidos políticos libraban sus batallas en los espacios del espíritu, más allá del ámbito de nuestras preocupaciones terrenales. Peleaban y se arrojaban el uno al otro mitologías contrarias. Expertos en hierbas, curanderos, hechiceros y brujas tomaron partido, y mientras los camiones luchaban por recoger votos en las calles, ellos luchaban por la supremacía en el mundo de los espíritus. Invocaban genios y quimeras, súcubos, íncubos y apariciones; reclutaban los fantasmas de viejos guerreros, políticos y estrategas; alquilaban espíritus extraviados. El Partidos de los Ricos se ganaba el apoyo de los espíritus del mundo occidental”.

5. El dipolo campo-ciudad y sus complejos
El contacto entre el campo y la ciudad reproduce la pugna entre tradición y modernidad, donde la tradición viene marcada por una obsolescencia con fecha de caducidad y la modernidad promete un futuro inevitable en el que todos debemos embarcarnos. En la ciudad convive los que se han creído el cuento del imperio, y los que se niegan a plegarse, y defienden la esencia de su cultura por muy tradicional o “atrasada” que sea. En MSA, ello se expresa a través de las creencias, donde el niño Ugwu, oriundo del campo cree en los espíritus en tanto que Odenigbo y Olanna, paradigmas del urbanita convencido, lo consideran pura superchería. No cabe duda que la ciudad impone nuevas leyes, casi siempre encaminadas a enterrar todo lo que huele a campo, sentimientos y afectos incluidos. Ello lo sufre en sus carnes Nnu Ego respecto a su marido: “No había tiempo para mimos o para hablar de amor entre ellos. La conciencia de familia que el granjero analfabeto era capaz de mostrar a sus esposas, a su familia y a toda su casa, se había perdido en Lagos por el trabajo para el hombre blanco… Pocos hombres en Lagos tenían tiempo de sentarse y admirar las fruslerías de sus esposas, por no hablar de contarles cuentos de animales que habitaban en los bosques, como lo haría el esposo del pueblo que intentaba atraer a una esposa favorita hacia la granja para hacerle el amor…”. Siguiendo en DM, Emecheta expresa su repudio a la ciudad a través del físico del marido de Nnu Ego, obeso y flácido, en contraposición con la lozanía musculosa que esculpe sobre los hombres el rudo trabajo del campo: “Nnu Ego estaba quedándose dormida con el estómago lleno cuando entró un hombre con una panza como la de una vaca preñada, tambaleándose de una lado a otro. Bajito y con aquella barriga, parecía un tonel. A diferencia de los hombres de Ibuza [campo], no llevaba el pelo bien afeitado; se lo había dejado crecer como una mujer de luto por su difunto marido. Tenía la piel, la piel de alguien que llevaba mucho tiempo trabajando a la sombra y poco al aire libre (…) Y su ropa, Nnu Ego nunca había visto a un hombre vestido así (…) ¡Casarse con aquella gelatina de hombre sería como vivir con una mujer de mediana edad”. En MSA, el impacto de la ciudad no se percibe tanto como un inconveniente o un prejuicio como, sencillamente, un espacio hostil con nuevas reglas de juego donde resulta difícil adaptarse:
“-¿Por qué el hecho de que tu madre provenga del campo justifica su comportamiento? Conozco a otras campesinas que no actúan así.
-Nkem, mi madre ha pasado toda su vida en Aba. ¿Sabes lo pequeño y rústico que es aquello? Es normal que se sienta amenazada por una mujer culta que vive con su hijo. Es normal que te considere una bruja, es la única forma que tiene de explicárselo. La verdadera tragedia del poscolonialismo no es el hecho de que la mayoría de la gente no tuviera voz para expresar si deseaba o no un mundo nuevo; lo peor es que nadie les ha proporcionado los medios necesarios para encajar en él”.
Aparte de las dificultades adaptativas, el dipolo campo-ciudad tiene otras repercusiones sobre el recién llegado. Dado que el campo sería la morada de los autóctonos negros y la ciudad la de los colonos blancos, el idioma de los últimos se impondrá como un anhelado rasgo distintivo por parte de los primeros. En MSA, se ilustra de forma meridiana: “[Ugwu] Siempre contestaba en inglés a sus palabras en igbo [las de Olanna] como si el hecho de que ella le hablara en igbo fuera un insulto del que tenía que defenderse y la forma de hacerlo fuera insistir con el inglés”. Y, de la misma manera que, en general, el idioma denota un estatus, para las mujeres en particular, la estética corporal marca otro a pesar de sus consecuencias perniciosas sobre la salud. Informa Ngozi Adichie al principio del libro: “las mujeres utilizaban una plancha caliente para alisarse el pelo porque querían imitar a las blancas, pero al final sólo conseguían quemárselo y se les acababa cayendo”. De ahí el uso masivo de la peluca, complemento que aparece por igual en las tres novelas aquí reseñadas. En CH, Okri introduce el tema de esta manera: “Aún jadeaba cuando alcancé a ver a madame Koto que venía tras de mí. Seguí corriendo y ella me persiguió, con su vestido rojo. Iba descalza y corría con tanta prisa que el pelo se le cayó. Vi entonces, debajo, su pelo verdadero, aplastado y revuelto. Me asustó (…) Cuando llegamos a la puerta me empujó dentro, me cerró el paso y se puso la peluca. Instantáneamente pareció más joven”.
Después del rendirse al idioma y a la estética del colono, nada más resta humillarse ante su inteligencia. Y es que como Emecheta clama en DM “Ésta es la era del hombre blanco. Hoy en día todos los hombres quieren poner cemento en sus cabañas de adobe y cubrirlas con chapa de zinc, en lugar de las hojas de palma a las que estamos acostumbrados”. Y quieren ser como ellos porque la colonización los ha embrujado y empequeñecido y han interiorizado su complejo de inferioridad. Emecheta añade de seguida: “Era uno de esos africanos tan acostumbrados en aquella época a que se les dijera que eran tontos que empezaron a creer en sus propias imperfecciones”. O: “Si el señor era inteligente, como se decía que lo eran todos los blancos…”. Sin embargo, una cosa es el triste reflejo de la realidad, y otra la postura personal de la autora, combativa frente a un tópico cuyo fuerte arraigo sólo se explica por la dominación; Emecheta tacha de humillante la satisfacción que invade a Nnaife de resultas de servir y admirar al blanco. A través de la voz de Nnu Ego, vuelve la autora al ataque: “Pero cada vez que le veía tender [a su marido] las bragas de la mujer blanca, a Nnu Ego se le crispaba el rostro de dolor…”. Ngozi Adichie, pese a bucear en círculos universitarios más alejados de estos prejuicios, dice en referencia a Richard Churchill, el británico que vive un romance con su hermana Kainene y que simpatiza con la causa igbo: “Tal vez fuera porque no desprendía aquel aire de superioridad tan habitual en los ingleses, que alardeaban de conocer a los africanos mejor que ellos mismos…”.
Entretanto, Kainene, por ser quien es, no corre la misma suerte que el grueso de mujeres que sucumben a los blancos. En este respecto, dice la autora: “… ya sabes, lo que quiero decir es que nuestras mujeres que andan detrás de los blancos son de un tipo muy concreto, vienen de familia pobre y tienen la clase de cuerpo que a los blancos les gusta… No las llevarán nunca a un buen lugar en público. Pero las mujeres seguirán deshonrándose y luchando por esos hombres para acabar recibiendo únicamente calderilla y un té absurdo en un bonito bote. Es una nueva forma de esclavitud”.
No debe extrañar que esta ciega e injustificada fascinación por el hombre blanco que medra en la ciudad, se invierta en el campo, hasta el punto que los niños nigerianos acaben teniéndole mucho miedo, como señala Okri a través de Azaro: “(…) Nosotros salimos corriendo porque estábamos convencidos de que, si nos atrapaban y nos llevaban de vuelta donde el hombre blanco, nos comería”. Por ello no sorprende que los adultos, menos dados a la fabulación, hayan esperado la llegada del blanco al campo no precisamente con los brazos abiertos. Nos lo recuerda Emecheta: “En lugares como Asaba o Ibuza, los habitantes eran muy hostiles a la llegada de los europeos, por lo que la mayoría de los blancos que llegaron salieron huyendo para que no los mataran. Las tumbas de muchos misioneros y exploradores en el interior de la selva cuentan esa historia”.

6. Discurso anticolonialista

adichieDe las tres novelas a las que pasamos revista, MSA contiene el discurso anticolonialista más afilado, mientras que en DM y CH despuntan algunas trazas un poco más deslavazadas, pero fácilmente reconocibles. Los autores coinciden en que la demagogia que Occidente derrama sobre África, se origina en la educación primaria que cursan los nigerianos (los que tienen ese privilegio, se entiende), es decir, no sólo se engaña a los europeos para refrendar un apoyo de por sí incondicional, sino que además se pretende lavar el cerebro de los propios africanos. En consecuencia, la resistencia que ofrece un discurso anticolonialista bien estructurado debe ir dirigido primero a los africanos y luego a los occidentales. En MSA, CHIMAMANDA NGOZI ADICHIE
Odenigbo sugiere a Ugwu cómo interpretar las clases de historia que se imparten en la escuela: “Hay dos respuestas posibles a las cosas que te enseñarán sobre nuestro país: la verdadera y la que tienes que saber para aprobar. Debes leer y aprender ambas… Te enseñarán que un hombre blanco llamado Mungo Park descubrió el río Níger, pero no es más que un disparate. Nuestra gente pescaba en el Níger mucho antes de que naciera el abuelo de Mungo Park”. En CH, una conversación denuncia la misma falsedad histórica:
“-¿Qué te han enseñado hoy en la escuela?
-Acerca de Mungo Park y el Imperio Británico.
-Todos son corruptos-dijo el carpintero”
Es conocida la manía obsesiva de los europeos de categorizar cuando no homogeneizar. Quizá la taxonomía de Linneo haya dado frutos incuestionables a las ciencias naturales, pero desde luego que el establecimiento de fronteras, la creación espuria de tribus, la batería de clichés tendentes al salvajismo, etc. ha sido un error estratosférico que ha costado ríos de sangre. Así que se habla de África en términos generales cuando al europeo no le incumbe o, dicho al revés, el europeo generaliza cuando algo le trae sin cuidado. Entonces resulta que el menos pintado se siente investido de sentar cátedra sobre cualquier aspecto de África como si se tratase de un pueblo de mil habitantes, algo que a él mismo le parecería ridículo si aplicase el mismo vicio a Europa. Veámoslo en MSA:
“-¿Qué términos generales?-preguntó el señor-.¡La generalización es cosa de los blancos! ¿Es que nos os dais cuenta de que solo somos iguales a sus ojos?”
Más adelante, sin dejar esta conversación:
“-Ya, ya, pero lo que quiero decir es que la única identidad auténtica para los africanos es la de la tribu –dijo el señor-. Yo soy nigeriano porque los blancos delimitaron Nigeria y me incluyeron en su país. Soy negro porque los blancos crearon ese concepto por contraposición a su piel. Pero antes de que ellos llegaran yo era igbo”.
La ligereza con que el hombre blanco ha teorizado –charlataneado, más bien- sobre todo lo africano se debe sin duda a la licencia derivada de su sensación de poder respecto al continente negro. Y, como en todas las ecuaciones de dominación, quien ejerce el poder experimenta un sentimiento paternalista, sólo que un paternalismo donde el hijo importa un bledo porque es lo más parecido a un retrasado mental que nunca podrá ser presentado en sociedad. Ngozi Adichie lo resume así: “Con los hombres [Richard]se encontraba violento. Se trataba sobre todo de ingleses, antiguos administradores de las colonias y hombres de negocios de John Holt, Kingsway, GB Ollivant, Shell BP y la United Africa Company. Todos tenían el rostro enrojecido por el sol y el alcohol. Soltaban risas sofocadas al hablar de la política tribal de Nigeria y comentar que los pobrecitos no estaban preparados para gobernar su país.”
Ni para gobernar su país, opinaban los colonos influyentes, ni para pacificar ningún conflicto en el que la mediación de los ingleses era obligatoria para la consecución de la paz, sostenían los diarios: “El Herald publicaba que el “ancestral odio entre tribus” era el motivo de las masacres. La revista Time encabezaba su artículo con el titular: “EL HOMBRE DEBE PEGAR”, frase pintada en el lateral de un camión y que el reportero había sacado de su contexto para explicar que los nigerianos eran tan propensos a la violencia que incluso escribían sobre ello en los camiones de pasajeros”. Y, cuando estalla la guerra de Biafra, incluso Richard, al que se le supone un alma negra, llega a soltar semejante barbaridad: “Nada va a terminar, la guerra durará años. Mira lo que ha ocurrido en el Congo. Esta gente no sabe lo que es la paz. Lo suyo es seguir luchando hasta que caiga el último hombre”. Lo inaceptable del caso es que esta “iluminación” sobreviene sólo quince años después del fin de la segunda guerra mundial y en plena contienda vietnamita: es ya un fenómeno preocupante y hastioso la propensión del europeo a ver a los demás como salvajes beligerantes mientras se considera así mismo un ángel de la guarda con atributos de juez de paz.
Pero los nigerianos no son ciegos ni mudos, sino que su palabra está amputada por la carencia de los medios oportunos para amplificar y difundir su voz, y por el silenciamiento de éstos ante el gigante mediático occidental. ¿Cuándo una hormiga ganó un pulso a un elefante? Proclama el locutor de una emisora de radio en MSA: “Los estados africanos han sido víctimas de la conspiración imperialista británico-americana y han utilizado las recomendaciones de la comisión como pretexto para ofrecer apoyo armamentístico masivo al inestable y neocolonialista gobierno títere de Nigeria…”. En un sueño, el padre de Azaro tiene esta visión sintética, que tanto podría ser un vaticinio como una radiografía presente: “Vio a nuestra gente ahogándose en la pobreza, el hambre, las sequías, las divisiones internas y en la sangre de las guerras. Vio a nuestra gente siempre saqueada por otros poderes, manipulada por el mundo occidental, y cómo nuestra historia y nuestros logros eran borrados de la existencia. Vio a los ricos de nuestro país, vio al conjunto de nuestros políticos, cuán corruptibles eran, cuán ciegos a nuestro futuro, cuán codiciosos se volvían, cuán sordos a los gritos de la gente, cuán duros de corazón, cuán miopes sus sueños de poder (…)”
Un ejemplo de la privación de la voz propia, que nosotros denominamos censura, aparece de nuevo en MSA, cuando Richard redacta un artículo con intención de publicarlo en el “Herald” pero éste lo rechaza con el pretexto de estar saturado de noticias sangrientas procedentes de África: “Es imprescindible recordar que la primera vez que los igbos fueron masacrados, aunque a una escala mucho menor que la alcanzada recientemente, fue en 1945. Aquella vez la matanza fue propiciada por el gobierno colonial británico al culpar a los igbos de la huelga nacional, prohibir sus periódicos y potenciar un sentimiento general de odio hacia ellos. La idea de que los recientes asesinatos son producto del “odio ancestral” es engañosa. Las tribus del norte y del sur han mantenido contacto durante mucho tiempo; su convivencia se remonta al siglo noveno, tal como atestiguan algunas de las magníficas alhajas descubiertas en los yacimientos de Igbo-Ukwu. No cabe duda de que estos grupos también se enfrentaron y se sometieron mutuamente a esclavitud, pero no cometieron ninguna masacre. Si lo ocurrido [la guerra de Biafra] es producto del odio, entonces este es muy reciente. Su causa no es más que la infortunada política del “Divide y vencerás” puesta en práctica durante la colonización británica. Una política que manipuló las diferencias entre tribus y aseguró la imposibilidad de la unidad para proporcionar un fácil dominio sobre un territorio tan vasto”. Es sintomático cómo el rotativo apele a lo sangriento cuando lo verdaderamente relevante del texto es la implicación colonial, cuyas consecuencias sí son denigrantes y en efecto no deberían ser nunca publicadas, señal de que nunca se habrían producido.
Mientras que, al fin y al cabo, es el occidental quien se envenena con sus propias informaciones tóxicas acerca de África, y, en el caso que nos ocupa de Nigeria, los nigerianos no pierden la esperanza del advenimiento de un tiempo mejor. Claro que desconocen -los personajes de estas novelas, naturalmente- que al colonialismo le sucedería un neocolonialismo institucionalizado, aun más venéreo y con miras a eternizarse. Así, en DM “Dicen que en un futuro no muy lejano nos gobernaremos nosotros mismos, haciendo nuestras propias leyes”. Menor ingenuidad embarga al padre de Azaro, quien también tiene visiones donde la esperanza y la prosperidad de su país destellan tan sólo bajo el signo la locura, tan disparatada es su concepción cuando se formula seria y rigurosamente. En CH, Okri también contrapone una visión crítica que vuelve la mirada al ombligo y descarga sobre la desidia y la desesperanza que han calado en la gente de la calle y la han colmado de una abulia que la deja indiferente frente a cualquier promesa y neutralizada ante cualquier agravio por denunciable que fuere: “Pensé que la gente recordaría que ese mismísimo partido los había envenenado con leche podrida y había desatado su furia sobre nuestras noches. Pero la gente lo había olvidado, y los que no lo habían olvidado únicamente se encogían de hombros”. Hasta Ben Okri parece claudicar cuando, a través de un personaje, sentencia algo inquietante respecto a la imposibilidad de solucionar los problemas del continente: “La única manera de salir de África consiste en sacarse África de dentro”. Es verdad que el fresco de violencia y miseria que ha compuesto Okri da más alas al desencanto que a la esperanza.

7. La hambruna es hija del imperio
En todas estas novelas la miseria es un actor principal como cualquier otro de carne y hueso. Debido a que el tiempo narrativo que abarcan fluctúa entre los albores de la colonización y la guerra de Biafra, aflora con fuerza la paradoja de que mientras en Occidente persiste el automatismo de vincular África con hambruna, su causante siempre ha permanecido en un segundo plano porque se sobrentiende equivocadamente que dicho causante es intrínseco y consustancial al “alma africana”. Sin embargo, no es ocioso recordar que la pobreza extrema no se desató tras la proclamación de la independencia como resultado de la inoperancia de los dirigentes políticos nigerianos, de su congénita inclinación a la ingobernabilidad, algo que en efecto aconteció, sino que se fraguó a la sombra del colonialismo: la miseria y la hambruna siempre han convivido íntimamente con el colonialismo porque el colonialismo y nada más que él las engendró, y no lo contrario, es decir, que mientras los ingleses permanecieron al mando, Nigeria fue la tierra de la abundancia. Nada más lejos de la realidad. Fue un infierno exactamente desde que llegaron y aun más cuando dijeron que se iban y fundaron un neocolonialismo que dura hasta hoy y que se manifiesta sobremanera en el delta del Níger, en los gobiernos títeres y, sobre todo, en las penalidades que como consecuencia de todo ello sufre la sociedad. Así que ya empieza a ser hora de convertir también en un automatismo la ligazón del término colonialismo con pobreza, dos caras de una misma moneda. ¿Cómo puede efectuarse un análisis serio de esta situación sin tener en cuenta al elemento inglés opresor?
Sin duda, la imagen de la hambruna más recurrente en Emecheta, Okri y Ngozi Adichie corresponde al “kwashiorkor”, una enfermedad que afecta a los niños malnutridos cuyo principal síntoma visible es la aguda hinchazón de la barriga. Aunque no todas las novelas aquí examinadas mencionan literalmente el “kwashiorkor”, dicha patología aparece por activa y por pasiva en todas ellas. En MSA: “pero recordaba cómo su vientre había ido adquiriendo el aspecto de haberse tragado un balón, cómo su tono caoba se iba tornando macilento”. En CH: “La lluvia liberó a los niños del tedio de las largas tardes de calor. Su grito fue diferente. Corrieron fuera desnudos, con sus barrigas prominentes…”. Más tarde, Azaro cuenta en primera persona: “Mi barriga comenzó a hincharse”. En DM: “… porque seguía pensando que era la malnutrición y no la malaria, la causa principal de la enfermedad del niño. Si no, ¿por qué se le había hinchado tanto la barriga y por qué se le había vuelto el pelo castaño en lugar de su color negro normal?”. Luego, señala Emecheta: “Eran (sus dos hijas gemelas) ya bastantes altas, lo cual quedaba aun más patente por el hecho de que a lo largo de sus vidas nunca habían comido lo suficiente. No habían pasado hambre, pero habían sufrido las enfermedades que acompañaban a la malnutrición. Habían sufrido pian cuando las llevaron a Ibuza de pequeñas, tuvieron el estómago prominente cuando tenían cinco años y, de vez en cuando, aun tenían bocera y erupciones en los labios”. Todo eso por lo que respecta a los niños. En cuanto a los adultos, Okri logra una fructífera asociación derivada de la carestía: “La pobreza lo está enloqueciendo”, dice la madre de Azaro en referencia a su marido: la hinchazón del vientre da paso a la vesania y a la psicosis.
Para redondear el absurdo y la patraña continuada a la que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación en la cobertura de los asuntos africanos, conviene resaltar la incoherencia existente entre el aluvión de noticias sobre la guerra y la hambruna en África(es decir, como si ésta fuese de soberano interés cuando queda demostrado que no es así), y la nula repercusión que tiene la muerte de un negro, no ya sobre hipotéticas reacciones políticas sino sobre su impacto en la conciencia o sensibilidad de lectores y televidentes occidentales. En palabras de Richard: “cien negros muertos equivalen a un blanco muerto”. Eso lo dice casi todo. No de los negros, sino de los blancos.

8. El lugar de la mujer
La mayor paradoja de la posición de la mujer en estas tres novelas (y en el grueso de sociedades del globo donde impera el machismo) se da en tanto en cuanto el hombre le inflige un trato machista cuando es la mujer quien se ocupa del cuidado de los niños y del hogar, es decir, quien aúpa el capital presente y futuro de toda sociedad sin la cual ésta deja de tener sentido bajo la amenaza factible de extinguirse. Queremos creer que la intensidad o virulencia del machismo depende de la educación y formación. Ello se cumple por este orden en MSA, CH y DM, aunque sólo de forma muy vaga. En MSA, así Olanna como Kainene aparecen como mujeres emancipadas sólo que con matices. Un personaje de la talla de Olanna, universitaria, cultivada, independiente, está obligada a callar cuando en una fiesta en la que está presente el jefe Okonji, debe resignarse ante un flagrante acoso: “Olanna no se resistió y, por un momento, su cuerpo laxo se arrimó al de él. Estaba acostumbrada a soportar aquello, a que la aferraran hombres que se creían con todos los derechos por andar por ahí empapados en colonia y que, por el mero hecho de ser poderosos y encontrarla atractiva, le exigían que reconociera que estaban hechos el uno para el otro. Cuando al final lo apartó, sintió cierta repugnancia al notar que sus manos se hundían en el pecho fofo del hombre”. En CH, el padre de Azaro espeta a su esposa: “¡Qué mercado ni que ventas! Eso es lo que pasa con vosotras, las mujeres, cuando salís en los periódicos. He estado aquí sentado muriéndome de hambre, y no hay comida en la casa. ¡Me rompo el lomo por vosotros y tú no puedes prepararme la comida cuando llego a casa. Por eso la gente me aconseja que no te deje vender en ese mercado. Las mujeres empezáis un negocio y luego comenzáis a frecuentar grupos femeninos desaconsejables, se os meten ideas raras en la cabeza y descuidáis a vuestras familias…”. En DM, tras conseguir un empleo que le supone un aporte de dinero suficiente para mantener la casa y los costes del colegio de sus niños, Nnaife siente que “Una cosa era segura: se ganó el respeto e incluso el miedo de su mujer Nnu Ego. Ahora podía incluso permitirse pegarla, si se pasaba de los límites que él aguantaba”.
emechetaSin embargo, donde el desprecio a la mujer alcanza cotas inaceptables es a cuenta de su descendencia y los grados en que ésta puede ver decantada su honradez hacia la aceptación o hacia la repulsa social. La esterilidad equivale al ostracismo y al arrinconamiento, incluso a la sospecha de estar poseída. La procreación de una hembra enciende las alarmas y sólo funciona como un lenitivo, porque la mujer sólo se “redime” si engendra varones. Esta es la tesis central de DM, derivada a su vez de la cultura nigeriana de la gestación. Con estos condicionantes cuesta poco hacerse el cargo de imaginar el desasosiego y posterior calvario de toda mujer ante la posibilidad de no quedarse encinta. Lo que es un proceso natural en el sentido de que a día de hoy nadie más que la naturaleza decide un sexo u otro, se torna una tortura BUCHI EMECHETA destinada a enorgullecer o decepcionar al machito de turno: “Es mi prima Arize. No lleva ni un año casada y ya está desesperada por quedarse embarazada”, dice Olanna a Odenigbo en una conversación.
Los quebrantos de la mujer no acaban después de “entregar” uno, dos o tres varones al marido. Por lo que se desprende sobretodo de DM, la poligamia también supone una carga de sufrimiento directamente proporcional a los placeres que repercuten sobre el hombre. Así, por mucho que Nnu Ego se resista en su fuero interno a aceptar la poligamia, el peso de la tradición, encarnada por familiares de su aldea de mucho peso, disolverá sus dudas. Cuando, cansada de soportar a las otras mujeres, pues ella es la primera esposa, y pondera la posibilidad de no regresar a Lagos, tiene que observar coacciones enmascaradas para preservar su ejemplaridad: “ (…) ¿No te das cuenta que estás abandonando la posición que te ha dado tu “chi” y se la estás dejando a una mujer que tu marido heredó de su hermano, una mujer que todos sabemos lo ambiciosa que es, una mujer que ni siquiera ha dado un hijo varón a esta familia? Y tú, tú sí que tienes raíces profundas… ¿Qué crees que estás haciendo? Quieres quedarte en el pueblo. Sabes que no puede ser (…) ¿Alguna vez has oído hablar de una mujer plena sin un marido?”.
Y es que además de los condicionamientos estrictamente tradicionales, Emecheta repara en las tensiones, celos y envidias que genera la convivencia entre varias mujeres, máxime si una de ellas cumple con las expectativas y la otra no. Emecheta desgrana este conflicto, cuando alguien trata de templar la agonía de una de las esposas de Nnaife: “Sé que tienes hijos pero son niñas, que dentro de unos años servirán para construir la mortalidad de otro hombre. Tú te dedicas a hacer infeliz a la única mujer [Nnu Ego] que está inmortalizando a tu marido, con tu ropa elegante y tu negocio lucrativo. Si yo fuera tú, volvería a mi casa y consultaría a mi “chi” para averiguar por qué se me ha denegado la descendencia masculina”. Por razones obvias, la poligamia genera más fricciones cuanto más pobre es el contexto y hay menos a repartir, pues no siempre la poligamia ocurre, como a menudo ha vendido el estereotipo en cualquiera de sus manifestaciones, en lujosos harenes palaciegos de vahos fragrantes, paredes decoradas de arabescos dorados y bandejas de plata atestadas de marisco servidas por eunucos. Okri desmitifica esta estampa moldeadas por la imaginación cuando Azaro visita la casa de su amigo Ade: “Vivían en nuestro barrio, en una habitación pequeña. Su familia era grande; su padre tenía dos esposas y diez hijos. No sé cómo se las arreglaban en esa habitación. Su madre tenía los dientes salidos. Era pequeña y bravucona. Era la esposa de más edad [Como Nnu Ego en DM]. Su padre tenía grandes incisiones, nobles e impresionantes, igual que las estatuas de los guerreros antiguos; era alto y tenía un humor terrible. Sus dientes estaban manchados de nuez de cola y tenía los ojos rojos. Les daba muchas palizas a sus hijos, en nombre de una disciplina correctiva de lo más severo.”
Pero Emecheta no pierde la esperanza y se arma de valor a través de la voz de Nnu Ego, su alter ego, concluimos, con este bello canto desesperado: “(…) Dios mío, ¿cuándo vas a crear a una mujer que se realice por sí misma, un ser humano completo, no el apéndice de otro?, Rezaba desesperada. “Después de todo, nací sola y sola moriré. ¿Qué he ganado con todo esto? Sí, tengo muchos hijos, ¿pero qué tengo para darles de comer? Mi vida. Tengo que trabajar como una loca para cuidarlos y tengo que darles todo. Y si tengo la suerte de morir en paz, tendré que darles hasta mi alma. Adorarán mi alma muerta para que les provea; será aclamada como un buen espíritu mientras que haya ñames e hijos en abundancia en la familia, pero si algo sale mal, si una esposa joven no concibe o si hay una hambruna, se maldecirá mi alma muerta. ¿Cuándo seré libre?”

NOTAS
(1) DeBolsillo ha lanzado dos obras de Chinua Achebe además de “Todo se desmorona” (antes en Ediciones del Bronce”): “Me alegraría de otra muerte” y “La flecha de Dios”
(2) “El camino hambriento” (The famished road: Jonathan Cape Ltd, 1991); “Las delicias de la maternidad” (The Joys of Motherhood: Allison & Busby, 1979); “Medio sol amarillo” (Half a yellow sun: Knopf/Anchor, 2006)
(3) Esta lista ha sido confeccionada por el Instituto de Estudios Africanos de Leiden. Puede consultarse en esta dirección: http://www.ascleiden.nl/Library/Webdossiers/Top100Catalogue.aspx
(4) En Nigeria conviven unos 250 grupos étnicos que se ramifican a partir de otras cuatro etnias dominantes: hausa (21% de la población) y fulani (9%), ambos distribuidos en el norte; los yoruba (20%) en el sudoeste y los igbo (16%) en el sudeste.
(5) La segunda parte es “Canciones del encantamiento” (La Otra Orilla), y la tercera, “Riquezas infinitas” (Ediciones el Cobre)
(6) Véase el trabajo de Asonzeh Ukah “Experts and Mediators of Knowledge in the 20th Century: Transregional Perspectives” (Institute for Advanced Study, Berlin)

* Oscar Escudero es miembro del equipo de redacción de Africaneando.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: