‘El filo de la herida’ (Parte III)

untitled
Versión en pdf pinchando en el logo

José Antonio López Hidalgo*

Esta novela tiene su origen en las muertes ocurridas en las alambradas de Ceuta y de Melilla; también en la exposición “Fronteres”, del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, y en una relectura de “Esperando a los bárbaros”, de Coetzee. Dividida en tres partes, las dos primeras han sido ya publicadas por Africaneando. A continuación ofrecemos la tercera y última parte.

Los dos hombres se relevan al volante, y cada uno de ellos conduce muchas hora seguidas; como no hay auténticos caminos trazados, deben estar alerta para que una piedra, una raíz ya sin planta o un agujero no destrocen una rueda o algo más difícil de sustituir. Peixo me dijo que estos conductores son también mecánicos a la fuerza, y conocen cualquier otro oficio que puedan necesitar, con casi nada son capaces de arreglarlo prácticamente todo. No se han presentado por su nombre ni me preguntaron el mío, soy accidental y probablemente menos valioso que la carga, ha sido muy bien envuelta y no sólo para protegerla de los golpes: resulta imposible saber qué contienen los bultos. Imagino que tal vez se trate de armas, pero sin duda este contrabando sobre el que me mantengo más o menos cómodo es mucho más prosaico y deseado en los pueblos de los bosques. Comemos mientras avanzamos, está claro que el tiempo es una cuestión geográfica, y nos detenemos cuando la oscuridad es densa como grumos ante el resplandor de los faros. Entonces prenden una hoguera con la escasa leña que hemos recogido sin alejarnos demasiado del camión. Este es nuestro punto en común: somos los tres tan urbanos, aunque de distinta forma, que tememos convertirnos en presa de los animales salvajes. Además el frío de la noche persiste, todavía no hemos abandonado su territorio. Los dos hablan con cierta destreza la lengua de la frontera, que es un vertedero de palabras en el que abundan las del idioma más poderoso, es decir, el vocabulario del imperio, muy deteriorado a veces, como corresponde a los objetos que nos sobran, a medias entre la basura y el escombro. Así que podemos entendernos si hace falta. Supongo que es mi euforia de viajero lo que me empuja a preguntar. Confirman, efectivamente, que en el pozo de Peixo los conductores se enteran de la situación de los controles militares, cambiantes igual que las dunas más peligrosas, o si en alguna zona ha estallado una revuelta y los negocios no son ya posibles. Los riesgos y las fronteras, en este lado del mundo, se adaptan a lo que suceda, se sobrevive mutando sin parar. No les gusta la conversación, prefieren irse a dormir. Sé que he preguntado en exceso, desconfían de un extraño que no acepta mantener la boca cerrada. El signo de Bafomet no libra de toda adversidad, y menos aún de la imprudencia. Debo convencerme de ser más precavido.

Aparte de los arbolillos rastreros que sólo necesitan unas cuantas hojas de verde pálido (tal vez no tengan fuerza para más), han empezado a surgir, como si estuviesen hechos de adobe, troncos enormes en cuyo interior cabrían varias personas, incluso en algunos parece que hay una puerta. Apenas enseñan una breve copa de racimo de brotes que no se distingue salvo que se observe con muchísima atención. Mirando hacia atrás, en dirección al territorio que vamos dejando, estos árboles se adueñan de la imagen por completo, a pesar de que nunca se ven más de dos o tres juntos, separados por varios pasos, pero la tierra se recoge, también las rocas, para llegar a partir de ellos, esa es la sensación para alguien que viaja con el cuerpo dolorido en lo alto de unos fardos muy duros. En una parada casi milagrosa aprovecho para preguntarles, creo que es una pregunta inocente, y así me entero de que estos árboles son sagrados, durante mucho tiempo han enterrado dentro a los cantores de los reyes, los hornos de la palabra, y nadie se atrevería a talarlos; mi arrinconada pasión arqueológica se ha sentido pulsada al oírlo. Poco después, en marcha ya, ha cruzado velozmente una gacela, un animal hermosísimo y orgulloso de sus cuartos traseros por lo visto; no me ha costado entonces comprender por qué los poetas de este sur escogían a la gacela para representar la belleza de la mujer; en el imperio lo leía como un acto retórico, pero aquí la identificación entra en los ojos y en el sentido con tanta naturalidad. . . sirenas al revés, he pensado con un pensamiento agotado que no me ha servido de gran cosa.

El camión se detuvo con un estremecimiento del motor y pensé que hasta ahí habíamos llegado, en algún punto debía romperse la cuerda; eché una ojeada a nuestro alrededor: pocos arbustos que apenas servirían para alimentar a una cabra y muchas piedras. Ninguno de los conductores había abandonado la cabina y murmuraban entre ellos, tal vez augurando que la avería no dejaba alternativas y la desgracia por fin se nos entrometía en el camino. No bajaban ni siquiera para abrir el capó y revisar el desperfecto. Me extrañó. Y pregunté:
-¿Qué ocurre?
El que ocupaba ahora la posición de acompañante se retiró con una mano lenta el envoltorio de ropa que le protegía y mostró en la cintura algo que me pareció la culata de una pistola. Pero ahora ya no estoy seguro de que se tratara de eso exactamente. Dijo:
-Que no te vean.
No supe a quiénes se refería hasta que escuché el ronroneo de otro motor, acercándose. Temí el encuentro con una patrulla militar, sobre todo porque me obligarían a dar explicaciones, y no deseaba explicar nada, sólo ir yendo, la inercia de abandonarse. . . Me escondí entre los fardos y mantuve los ojos a la altura de una rendija. Vi un camión tan destartalado como el nuestro que transportaba una carga de hombres, hacia la frontera sin duda. Los conductores se saludaron ceremoniosamente, como si pertenecieran a una casta especial. El cargamento humano aprovechó para aliviarse cerca de los vehículos, no se alejaban, interpreté más miedo que cansancio en los gestos, descubrí unas sandalias toscas que me recordaron otras, las habían hecho con trozos de neumático y correas de cuerdas trenzadas. Entre los varones descubrí a una joven, más asustada que los demás, quizá ya la habían violado en algún control o suponía que iba a ocurrir tarde o temprano, era atractiva, resultaba apetecible y eso era una maldición en el viaje al norte. Recogí a una chica semejante en mi vida anterior, compartió conmigo placer y un poco de conversación, no quise que me viera como un cliente porque intentaba que no representase sólo un intercambio sexual, ingenuamente concedí a mi curiosidad el privilegio de no ensuciar una relación en la que, en realidad, yo le entregaba algo que ella apetecía a cambio de sentirla, saciar mi interés por alguien que aún no había perdido la impregnación del sur, la frontera no se la había arrebatado, era pronto, quizá contribuí a despojarla de esa diferencia como le arrebataron el pudor a lo largo de una travesía difícil. . . Me la presentó –la trajo hasta mi casa, no hubo ceremonias- uno de los cocineros con el que había contactado para que me explicase cómo era la vida del otro lado; él había venido, años atrás, en una barcaza, un montón de gente apretada que se turnaba para ocupar el sitio junto al motor en el que todos acababan quemándose por las salpicaduras del carburante, y perdió la esperanza de llegar cuando se tropezaron, en medio del océano, con el cuerpo medio comido por los peces de uno como ellos, que no tuvo suerte, podría ser de su aldea, había tantos de los que no se recibían noticias. . . Todos los muertos tienen la misma piel, pero aquel bulto amuñonado y descolorido se le enredó dentro, ni podía ni quería olvidarlo, y entonces se dio cuenta de que él mismo ya no llegaría nunca por completo.

No me habría atrevido a preguntar; sin embargo, mis compañeros los conductores deben de estar satisfechos por mi sumisión, no ha habido problemas en el encuentro inesperado y me he mantenido quieto, mudo, una cosa en medio de las cosas, y han comentado, a la hora de acampar, que nadie es fiable en esta parte del camino, unas veces se ayudan entre los transportistas, otras veces compiten y se ponen obstáculos para robarse la carga, y tampoco es raro que se contraten como espías dependiendo de las circunstancias, aunque no traicionarían jamás a Bafomet, ninguno de ellos, porque desde ese crimen no se alcanza el futuro. Insisten para que lo tenga muy claro, quizá por si en algún momento puedo hablar excepcionalmente con el propio Bafomet. Imagino entonces que, si era una pistola lo que vi, la amenaza no me correspondía ¿Hubieran sido capaces de asesinar a los ocupantes del otro camión? No pregunto. Pero sé que soy un peligro para los demás, me dirija hacia donde me dirija.

Atravesamos una aldea pequeña, con casas como termiteros, construida alrededor de una charca que recuerda a aquellas que se forman cuando se rompe una tubería. Las calles son de polvo grumoso, pisoteado, y no hay nada que pueda ensuciarlas, no pueden permitírselo, ni una brizna de papel o de plástico, ni siquiera los excrementos del ganado miserable que pasea a su capricho entre muros que no se derrumban: se funden a la tierra. Los niños nos miran, no hacen ni un movimiento hacia nosotros, no les queda ni esa esperanza, son criaturas con la sensibilidad endurecida y seca, como un insecto que les ha parasitado. Verlos así me produce malestar, una digestión difícil. Llevamos tesoros en esta carroza de chatarra que ni imaginan. Todo pasa de largo en este lugar, seguro, salvo que se detenga para hundirlos aún más. No avanzamos mucho. A las afueras, en el único edificio con techo de chapa y tabiques de ladrillo, nos detenemos, y los camioneros saludan efusivamente a un vigilante gigantesco que no suelta el machete ni para palmear las espaldas de los recién llegados, no las mías, me observa con discreción pero intentando situarme en el puzle. Me invitan a una cerveza; por alguna razón no quieren que estorbe entre la carga y las moscas. Entro con ellos. Polvo en suspensión que se revela en los hilos de luz filtrada desde las celosías. Y ruido de fichas o vasos que se entrechocan. Huele a algo que eriza la piel, no puedo definirlo. Cuando mis ojos se acostumbran a la penumbra, descubro mesas ocupadas por hombres que me miran como si estuviera a punto de proyectarse una película sobre una sábana, o tal vez les miro yo así; me busco un rincón donde parecer más oscuro, menos milagroso. Sin embargo, rápidamente se me acerca una mujer que se ha aprovechado de las sombras para ganar terreno. Uno de los conductores traduce:
-Pregunta que si eres médico.
-No, no soy médico.
-Pregunta que si traes medicinas.
-No, no traigo medicinas.
-Pregunta que si tienes cualquier cosa que cure.
-No, nada.
Entiendo el gesto de la mujer. Para que viene hasta aquí alguien como yo si no soy capaz de aliviar ni un dolor pequeño. Antes de venir hasta aquí debería plantearme cómo puedo ayudar, de qué sirvo. He llegado también a la misma conclusión. Me he enganchado a los que viajan hacia el sur como un parásito; continúo vivo pero ignoro para qué y no aporto ni una mínima esperanza.
Los camioneros se beben sus cervezas de un trago y se introducen en un pasillo todavía más oscuro. Yo me quedo con la mía, caliente, una sopa espesa que me produce una sed avergonzada. Al mover un brazo de pronto me doy cuenta de que desprendo arena del desierto, montones de ella, quizá mi relleno particular y me he descosido con el reproche de la mujer. Necesitaría lavarme. Entro en el pasillo oscuro y nadie me detiene. Desemboco en un patio. Risas. Muchachas escuálidas, hundidas en velos de colores transparentes. Jergones puestos a secar, con manchas que distingo fácilmente. Los hombres ensuciamos las camas de igual manera en cualquier parte del mundo.
Estoy en un burdel. Huele a enfermedad en carne viva, de modo tan intenso que procuro no respirar para no infectarme. Este debe de ser uno de los escrúpulos que traigo conmigo del imperio, y estas mujeres envejecidas brutalmente, que no durarán, son las portadoras de nuestras miserias. Meo hacia un agujero en cuyo fondo se agita algo que no quiero identificar. y me esfuerzo para que las arcadas no me delaten todavía más. El retrato que este sitio hace de mí mismo no me gusta, y ni siquiera se han detenido aquí con el propósito de darme una lección. Aunque Chaúc diría que todo es camino, todo tiene algún sentido.
Los conductores salen exultantes como si acabaran de regalarles varios años de buena vida, pero me temo que ocurrirá al revés, y tal vez no les importe en su situación de guerra urgente, de norte a sur y viceversa. Faltan fardos entre la carga. He ahí el motivo de mi cerveza caliente. Puedo acomodarme de forma parecida entre los bultos, incluso ahora me encuentro más horizontal y eso facilita el sopor, a pesar de los tumbos del camión.

Me he despertado de pronto con un nombre en los labios. Castel. Desde que me encargué de mi puesto en la frontera, he prescindido por completo de la memoria. El único pasado que me interesa ya es el que pueda desvelarme la arqueología, tan remoto que no me alcanza salvo en la curiosidad y en la belleza de los restos. Pero Castel es tan anecdótico para mí que probablemente por esta razón se ha colado tan extrañamente y con tanta facilidad. No sé qué significa. Conocí a Castel cuando empezaba mi carrera como asesor cultural en la administración de una de las capitales del imperio. También Castel iniciaba entonces su trayectoria de pintor con talento en cuya obra se pueden invertir fondos públicos para reunir una muestra prestigiosa de arte contemporáneo. A mí, en realidad, me resultaba indiferente su pintura, pero me veía en la obligación de llenar el calendario de las salas de exposiciones y adquirir materia reservada para futuros museos. Según los críticos, Castel era una apuesta segura y su fama de artista hostil y excéntrico le volvía más apetecible. Tuve que cenar con él después de la inauguración y me lo llevé a recorrer locales bastardos de la ciudad. En aquella época yo hablaba por varios, como si cualquier momento de silencio sostuviera una amenaza, y eso con el pintor Castel significaba monologar constantemente porque decía muy poco, y las pocas palabras que empleaba eran cortantes, incluso con un matiz grosero, igual que si analizara la realidad desgarrándola con un trozo de vidrio. Me inquietaba. Parecía un topo al que le molestase cualquier cosa que no perteneciera a su agujero. No teníamos nada en común, a mí me atrae la luz y no me extrañaría que acabara quemándome en ella como una polilla. Con él me daba la sensación de estar a la sombra, incómodo, a punto de asfixiarme porque me había quedado en permanente clausura. Fueron horas difíciles y tal vez por eso las recuerdo. Sólo una vez mencioné sus cuadros, y él me corrigió no son cuadros, son un cebo para atrapar a una criatura semejante. Una pedantería con la que logró que la distancia que existía entre nosotros se convirtiera en irritación. Algunos años más tarde me enteré, no sé cómo, de que lo habían encarcelado por asesinar a su amante. No me sorprendió el crimen sino que pudiese amar a alguien. Ni me tomé la molestia de conocer más detalles. Ignoro si continúa en prisión, o algún otro recluso le ha hecho probar su versión auténtica de la realidad con un trozo de vidrio. Hacer amigos no era una de sus virtudes.

Se ha acabado mi viaje en camión. Nos hemos detenido en un cercado burdo, con tenderetes hechos de palo y caña, con poca mercancía que adquirir o intercambiar. Uno de los conductores ha hablado con varias mujeres y he subido a un carro pequeño, del que tira un burro nervioso. Lo conduce, si se puede llamar así, un viejo que no me presta ninguna atención y sólo de vez en cuando sermonea al animal en un idioma que suena como una azada cavando en un suelo encharcado. Eso me parece. Y yo soy un objeto que viene del mercado y no se sabe para qué sirve. Tampoco me preocupa. Voy siguiendo la corriente.
Una aldea. Chozas de barro con distintas formas y alturas, pero unánimemente techumbres de paja y hojas de palmera. El viejo del carro ha hablado con otro viejo que cruzaba al lado del camino, un discurso largo, sin prisa, en el que lo mismo estaban hablando de mí o de la ronda del planeta a través del universo, no ha habido mueca o señal que delatara el tema de tan intensa e interminable conversación. Al final el último viejo me ha hecho un gesto con la mano para que le siguiera, y el otro se ha marchado sin interrumpir su parloteo con el burro, eso debe de parecerse a la felicidad. Me ha guiado a un cubículo alejado de la aglomeración de casas, pero a la orilla de un curso de agua que intenta alcanzar a duras penas la categoría de río. El tejado está construido con pieles de cierto tamaño, tal vez cuero de vaca, y dentro uno se siente como en el interior de un ánfora. Huele de una manera antigua que me reconforta: humo, tierra y pellejo curtido. Aquí vive una anciana que, por lo visto, tiene que compartir este espacio ahora conmigo. Lo ha aceptado con naturalidad, o indiferencia, no lo sé muy bien.

Estoy sentado junto al orificio de entrada. No hay puerta, no hace falta. Me entretengo mirando a un grupo de mujeres que lavan en el río telas de brillantes colores. El agua sólo les llega a las rodillas. Ignoro lo que debería hacer. No me atrevo a moverme porque quizá se tomaría como una intromisión en la vida cotidiana de este lugar. Aguardo, y no quiero que intervenga ni un pensamiento del hombre que fui. La espera al lado de un río no es lo peor que puede sucederme.

La escritura de dios es una cincha muy apretada que apenas permite la respiración del mundo. Es una inundación que ahoga todo lo que sumerge y al cabo del tiempo lo llena de un fango denso que descompone a las criaturas. La escritura de dios es un cepo incalculable en el que cae atrapado cualquier signo de vida; luego se etiqueta, se clasifica, se diseca si hace falta, y se deja pudrir en un rincón evangélico por el que nunca circula el aire ni parasita el interés del milagro. La escritura de dios devora pero su magia consiste en la extinción de lo que engulle sin engordar a nadie ni servir de abono. La escritura de dios se ríe del sentido de las cosas, inertes hasta la eternidad por no atreverse a convertirse en hueco. La escritura de dios redime del ser. Y en el momento en que la lees te incorporas como una letra más que forma su eslabón desapareciendo.
He escrito esto porque me aburro, y el aburrimiento me delata como algo ajeno a este lugar, me diferencia con más intensidad que los gestos, la lengua, los rasgos físicos. . .

La anciana me trae dos pescados minúsculos y algo de verdura sobre un pedazo de madera pulida. Hasta este momento no me había dado cuenta de que tuviera tanta hambre. También me ha dicho algunas palabras, el tono era amable, y la sonrisa sin dentadura me ha traspasado de una forma que no lograría describir. Cada vez más blando, basta que me manejen con suavidad y destreza para que me adapte a lo que me pidan.

Al anochecer viene un hombre joven que habla aceptablemente mi lengua. Estuvo un tiempo en el imperio y allí la aprendió a la fuerza, pero no quiere recordarlo. Se llama Buabar y sonríe con frecuencia. Creo que es el encargado por la aldea para aleccionarme. Explica que la anciana vive junto al río porque no pertenece a la comunidad, es estéril y por tanto representa un camino cerrado. También yo debo compartir ese extrañamiento, una regla básica de convivencia en este lugar del mundo. Se supone que la anciana está feliz con mi presencia puesto que lleva demasiados años cociéndose sola en esta vasija para desterrados. Pero no he visto que Buabar haya intercambiado ni una palabra con ella, tal vez sea tabú. Me dice que, a pesar de todo, nunca la descuidan, le proporcionan lo suficiente para que no se convierta en más pobre que nadie; la comunidad se deshonraría si no atendiese a esta invitada permanente que, sin embargo, no puede participar de la vida cotidiana de la aldea. Aún así, la anciana tiene encomendada una función: vigila el río porque las corrientes anuncian los cambios que beneficiarán o perjudicarán a las cosechas, el agua del cauce conoce si habrá agua en las nubes que se desgarran mucho más arriba, en las montañas; entonces llueve allá y la vena del río se hincha. Le pregunto si también para mí hay una tarea. Buabar sonríe, dice claro, ya habrás visto que la anciana carece de dientes, se le cayeron hace mucho, y añora el sabor de la carne; debes masticarle un buen pedazo cuando haya carne de sobra, muy pequeño, como si hicieras una papilla. Me observa y se ríe a carcajadas.
-Es broma, hombre. –y se pone repentinamente serio- Esperamos instrucciones de Bafomet. No tengas prisa.

Buabar me dijo que quien muere en el país de los muertos puede escoger el mundo al que desea pertenecer. Me parece que Buabar no habla para un momento concreto sino que confía en que lo que dice encajará en alguna circunstancia, no sabe cuándo ni le importa, pero el tiempo le dará valor a su manera. Sin embargo, estoy seguro de que tampoco esto arrima un solo trazo de optimismo por su parte.

Sigo a la anciana y ayudo en el esfuerzo de recoger leña a lo largo de la orilla del río. No sé si es actividad apropiada para un forastero. Ni me lo agradece ni me lo reprocha. Pero necesitamos toda la leña que se pueda traer porque ahora somos dos en la vasija. Tuesta muchos cacahuetes y comemos muchos cacahuetes, tienen un sabor espléndido, aunque resulta agotador este exceso y probablemente pronto empezarán a dolerme las mandíbulas. Ella maja los cacahuetes en una especie de molino de mano, los convierte casi en harina que mantiene en la boca un buen rato antes de tragarla poco a poco. Me fijo con detalle porque no encuentro otros entretenimientos. Para alejarme de mi condición de sombra he vuelto, solo, por la orilla del río, y he traspasado los límites en los que habíamos recogido leña. Quería comprobar que ciertas columnas que vi a lo lejos eran termiteros. Y efectivamente eran termiteros gigantescos, que doblaban mi altura. No ha tardado en venir Buabar, alguien le avisó de mi osadía. Me trata como a un niño, cree que no alcanzaría a distinguir una víbora entre las piedras, es un terreno peligroso. Pero me da la sensación de que teme, sobre todo, que me descubran fuera de mi escondite de barro cocido. ¿Quiénes? No me atrevo a preguntárselo y sospecho que negaría mi intuición.
Le digo que deseo contribuir de alguna manera en el bienestar de la aldea, llevo encima dinero del imperio, suficiente para no preocuparse aquí de un mal año. Buabar duda, luego acepta una cantidad mínima, casi ridícula, que podrá cambiar en el mercado de la comarca sin que nadie recele. Comprará dos o tres cabras para el rebaño común, es una buena inversión. Le pido que me consiga también algo de ropa, y de calzado. Se pone otra vez serio para convencerme de que no debo mencionar el asunto de mi dinero; un signo de riqueza inmediata atraería a las patrullas militares y descompensaría el equilibrio de la comunidad.
-En estos momentos es mejor ser un pueblo pobre y tranquilo.

Cuando se hace de noche, la anciana enciende una hoguera en el exterior de la vasija. No creo que la obligue el frío sino la sensación de familiaridad que traen el resplandor de las llamas y el crepitar continuo de unas raíces secas que desprenden un olor dulzón. Habla constantemente, y sospecho que me cuenta leyendas o tal vez los motivos por los que ahora es una mujer vieja abandonada a la orilla de un río que, en la oscuridad, quiere sonar más grande que lo que admitirá la luz del día. Supongo que aprovecha mi presencia para oírse; no la entiendo, pero estoy aquí, una criatura de la distancia que parece atender a las palabras que se cruzan con los murmullos del río, las voces de la anciana y del río se mezclan, se contagian de permanecer tan próximas, lo invento, seguro, es este perfume de la leña quemándose con su propia música, la fascinación, se me abren los sentidos, como poros imantados por el sol, es una imagen ridícula, no me importa ahora y luego no pienso detenerme a revisarlo y corregir, no se trata de eso. Quizá hable de Ewapó, una niña-mujer cuya historia leí en la biblioteca de un museo mientras buscaba datos para el estudio de unas piezas que me suministró mi anticuario favorito. Esa época de mi vida, en la que trataba incluso con delincuentes para obtener los restos de un saqueo arqueológico, me resulta más lejana que la cultura en que surgió el cuento de Ewapó, la figura castigada a habitar, solitaria, en el centro de la luna llena, por su atrevimiento contra la costumbre, los límites, otra Eva, o la misma, que no temió probar el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal y compartirlo. Creo que a la anciana le gustaría Ewapó, y creo que la anciana ya conoce la leyenda de Ewapó; ronda todas las noches por aquí, atrapada en la lengua que surge del fuego, como hoy.

Me he quedado dormido fuera, con las brasas de la hoguera que la anciana ha dispuesto de modo que su calor me proteja de la humedad de la intemperie. He soñado que me encontraba en la sala de manuscritos e incunables de una vieja biblioteca de una de las capitales del imperio. A este lugar sólo pueden acceder investigadores de prestigio y personas de cierto rango, porque el mayor privilegio de entrar aquí consiste en acceder a olores primordiales: cuero curtido, tintas naturales, madera embalsamada con los barnices de un árbol exótico, barro cocido, humo fragante. . . Me voy dando cuenta de que he cruzado de la biblioteca a la realidad. Son los olores exactos que se desprenden de la aldea, permanentemente, y en ocasiones hay también presencia del polvo del cereal descascarillado junto con las emanaciones del rebaño eterno, el que acompaña al hombre desde antes incluso de que hubiera una historia que contar.

Por las mañanas unos niños conducen el rebaño de cabras a las afueras donde todavía queda pasto. Mientras caminan seguidos por un par de perros escuálidos, cantan una canción que no me parece alegre sino profundamente melancólica. El instante está lleno de calma pero me perturba que unos niños decidan cantar algo tan triste, en esa música no puede caber ni una sola palabra que exprese confianza. Buabar no ha oído la canción, no sabe a cuál me refiero exactamente pero coincide conmigo en que se tratará sin duda de una melodía melancólica.
-La mayor parte de los padres, hermanos, maridos, hijos en edad de buscar un trabajo se han marchado hacia el imperio. Cruzando el desierto o atravesando el mar. Algunos lo han conseguido y de otros nunca más han llegado noticias, así que suponemos que se han quedado en el camino. Una canción dice En las afueras de nuestro pueblo, árboles, piedras, hasta donde se pierde la vista. Cada día los miro y creo que es mi esposo que vuelve. Últimamente han empezado a irse también las mujeres porque ya no encuentran con quién casarse o han enviudado y no tienen ni una tumba a la que acudir. Supongo que habrá que cambiar las letras de las canciones.

He recobrado la imagen de la frontera, de la gran alambrada con trozos de ropa y de carne enganchados entre las cuchillas. Quizá entre aquellos muertos y heridos había alguien de esta aldea y guardaba en su memoria el paisaje que ahora contemplo. Esta mirada mía me convierte en un impostor, aunque no soy capaz de contárselo a Buabar. Tampoco él me ha confesado por qué abandonó el imperio ¿le obligaron o se fue de puro cansancio y añoranza? ¿le consideran un fracasado y por eso se pasa tanto tiempo enseñándome a soportar este vacío? Deberíamos medirnos por lo que escondemos.

Salsa de cacahuetes, cacahuetes tostados, harina de mijo y cacahuetes. . .no me sienta bien tanto cacahuete. Ni al cuerpo ni al ánimo. Después de comerlos noto que el alma se hundió hasta el estómago y allí la tritura esta repetición del mismo plato. No me niego porque el hambre no se me quita, es un aire que no para de girar, y también para no ofender a la anciana que dedica mucho tiempo a los cacahuetes, su vida se llenaría de grietas largas sin ellos. Buabar me ha traído ropa del mercado. Camisas y pantalones que se entregaron en el imperio a la caridad, sobre todo para evitar que aumentase el bulto de la basura. Se ven marcas y arañazos en la tela que hicieron otros, no importa, al menos protegen de la humedad del río y del calor implacable de mediodía. Buabar resuelve el enigma de la abundancia de cacahuetes. Hace un par de años el imperio envió a sus expertos con el propósito de sanear la economía e impedir así el éxodo masivo hacia la frontera. El imperio nunca da nada por nada, eso ya lo sé yo incluso desde mi propia experiencia de privilegiado. Ofrecieron créditos con la condición de que todas las familias cultivaran cacahuetes, que era el producto que interesaba comprar en un futuro inmediato. Pero cuando llegó el tiempo de la primera cosecha, los expertos creyeron oportuno establecer pactos comerciales con otras partes del mundo con las que convenía reforzar la amistad. Casualmente esas partes del mundo tan tentadoras también necesitaban exportar cacahuetes. Así que el imperio se los compró a ellos. Con frecuencia el mensajero de un secretario de un delegado de los expertos insiste en que hay que devolver el dinero del crédito, y los intereses acumulados, porque, de lo contrario, no habrá ni un préstamo más, y los militares de este pequeño y miserable país no pueden quedarse sin armas ni municiones para protegerse de la gente que carece de todo, que es casi toda la gente, y esto significa adquirir puntualmente muchas armas y municiones. Buabar dice:
-En nuestro país sólo hay algo parecido a una fábrica, y produce manteca de cacahuete. Los propietarios son ciudadanos del imperio y viven en el imperio; sólo vienen de vez en cuando para ver a los elefantes y a los gorilas de las montañas, muy en el interior. Compran nuestro exceso de cacahuetes por un precio ridículo. Nadie aquí ha probado la manteca de cacahuete, cuesta demasiado cara; se hace para las tiendes del imperio.
Se queda en silencio. Tal vez espere una palabra mía. Me concentro en el murmullo del río, un sonido tan apagado, tan escaso, que se pierde si no se le dedica toda la atención. Esta hilacha de río que va de la montaña al mar.

Buabar y yo nos parapetamos en ciertos recodos de la aldea. Desde aquí, en momentos que él sabe anticipar exactamente, oímos cómo surgen las canciones, mezcladas con el humo de las casas en las que siempre, en todas, falta alguien. A menudo traduce, oh, madre, dulce madre, retorcieron mi mente como una parra seca. A veces lo evita, quizá por secreto o por vergüenza, o simplemente porque no quiere. ¿Quién te ordenó que siguieras a esos peregrinos del exilio?¡Es tan larga la ausencia! Me desterraste sola en nuestro lecho. Quedan pocos hombres, bastantes viejos, un buen número de niños y también todavía una cantidad considerable de mujeres. No sé qué siente Buabar; tal vez traducir sea una manera de expresarlo. Ascendí a la colina donde estará mi tumba. Allí reuní unas piedras y enterré el corazón. Nunca habla de sí mismo, sólo de la comunidad, aunque parece que lo hace para protegerse más que como un acto de identificación. El hambre obliga a los hombres a subirse al techo y quedarse colgados de las vigas. No ha renunciado a su sentido del humor y ríe con frecuencia, celebra la mayor parte de lo que vive; a mí, en cambio, no me apetece ni una broma, las detesto tanto como a los cacahuetes, y este cuenco de cartón en que me estoy convirtiendo me resulta insoportable. Antes, Buabar se ha puesto serio, de repente, y me ha dicho en aquel país había palmeras tan cargadas de fruta que inclinaban los troncos con su peso. Y el fruto las mató.

La aldea entera se ha conmocionado, hervía, y yo mismo he creído que algo terrible estaba sucediendo. Incluso los niños pequeños cruzaron el río con recipientes de su medida. Buabar dice que cerca de aquí cruza un largo oleoducto que transporta petróleo desde el país vecino hasta el imperio; un camión ha chocado contra él ¿accidente o sabotaje? Y el petróleo se derrama por una grieta enorme, hay que darse prisa antes de que acudan los militares y algún ingeniero de la empresa. Las lámparas y algún motor de segunda mano podrían existir durante meses con ese petróleo al que nunca han tenido acceso. La anciana no necesita decir nada, me tiende un cubo de plástico después de vaciarlo de cacahuetes y ella empuña una palangana que no sé si logrará cargar completa. Es hora, entonces, de hacer algo útil.

Dentro


La desaparición del Adelantado ha expuesto, en primer lugar, que el trastorno del protocolo, al establecer como residencia permanente el pabellón de visitas, quebrantaba la seguridad, de acuerdo con lo que se advirtió en informes previos, entonces desestimados y ahora convertidos en ariete amenazante a la búsqueda de responsabilidades, si se me permite la facilidad retórica de quien se encuentra a la orilla de esta corriente de acusaciones, a salvo de las secuelas de una permisividad muy negativa. Desde otro punto de vista la ausencia del Adelantado supone un alivio porque la estructura se ha repuesto convenientemente y los funcionarios saben que sólo puede permanecer intacta la inercia del orden, incorruptible frente a cualquier excentricidad de una única persona, aunque se sitúe en la cresta del escalafón. Como variante menos optimista conviene reconocer que la pérdida del Adelantado –la ignorancia de su situación actual- sume al complejo entramado de la frontera en una ambigüedad poco deseable. Carecer de datos ciertos en un caso como este señala una incómoda fragilidad en el calculado rigor con que se desarrolla y promociona el imperio. Hay teorías, hipótesis, versiones, historias. . . pero nada definitivo, ni una noticia que apunte por dónde podría revelarse la verdad. Al principio se pensó seriamente en un secuestro, y la falta de pistas o pruebas parecía asegurarlo en el análisis de expertos que confían demasiado en una causa política para le desaparición incomprensible de un dignatario. Aceptarlo significaría admitir graves errores en la inviolabilidad de la frontera. El Comandante lo negó tajantemente y de su airada defensa del honor militar, y de la solidez del límite que sostenía el ejército, se alcanzaba a temer que delatase algún exceso de conclusiones, imprudentes en toda circunstancia. Se contuvo con la ayuda de los asesores designados en un momento extremo de la controversia. La tesis del secuestro se vio rechazada porque ningún grupo reclamó una acción semejante. Y se volvió a la molesta incertidumbre. La ciudad y sus alrededores, los montes próximos, el relieve abrupto de la costa, las cloacas incluso, no hubo ni un palmo de territorio que no se revisara. Se potenció la red de informadores en el país vecino, hasta el punto de rozar el conflicto diplomático a causa de la torpeza y la precipitación de colaboradores que competían por el éxito de su misión. A pesar de que la prensa revisa cada cierto tiempo el enigma del Adelantado –así lo titula ya su leyenda-, la situación oficial del asunto se dirige al archivo, es obligado pasar página, con la frustración correspondiente por supuesto.
En las mismas fechas en las que se alertó de la ausencia del Adelantado, se advirtió también la huida del Perro de su Amo. La brigada de vigilancia explicó esa fuga como producto de la rivalidad entre las mafias que se disputaban el control de los indocumentados en una u otra línea de la frontera. La interpretación resultaba oportuna porque era necesario desvincular a Bafomet de la desaparición del Adelantado. Se agradeció al Comandante su habilidad para diluir las sospechas. Pero el Comandante aseguró que no había intervenido: el rumor de las luchas internas procedía de la clandestinidad y, aunque propicio, no parecía en absoluto fiable. Los secretarios generales, los responsables de las oficinas de trámites y negocios, los funcionarios de rango superior. . . todos en la administración de la frontera nos hallamos metódicamente inquietos, una extrañeza que nos altera aún más por mucho que disimulemos. Bafomet evadido, sin correa ni vigilante, es un peligro cuyas consecuencias no nos atrevemos a concebir. Personalmente confío en que a ambos los haya anulado la casualidad, pero una esperanza así en un funcionario correcto descubre a un individuo vulnerable, y no estoy en condiciones de permitírmelo.
Se han recibido instrucciones para sustituir al Adelantado, al menos de forma provisional hasta que el gobierno resuelva un nuevo nombramiento. Asumir ese cargo en fórmula de interinidad es un beneficio que rehuyen todos los funcionarios adscritos a la categoría. No se trata de temor supersticioso, como escriben frívolamente algunos periodistas que sólo conocen los tópicos de la frontera. Cualquier administrador en esta plaza extrema ha reunido demasiados secretos de sus iguales, y si uno de ellos accediese a la posición de Adelantado, se desataría el miedo al miedo de los otros, que es una enfermedad corrosiva. Los seleccionados desde las oficinas centrales del imperio han remitido recursos, instancias, notas de amparo con el fin de retrasar o desprenderse de una responsabilidad que sin duda acabaría por arruinar el exacto equilibrio del sistema a este lado de la frontera. También yo he actuado con idéntica precaución.

Se han detectado graves fisuras en los filtros que permiten el paso de extranjeros. Han cruzado regularmente individuos que el sentido común y la experiencia de la vigilancia rechazarían de inmediato, pero acuden protegidos por visados incontestables. La alarma llega con retraso. No es posible saber el número de documentos sospechosos que ya han atravesado la frontera. Incluso las deportaciones de quienes carecen de permisos se encuentran obstaculizadas por estrategias legales que no se habían usado nunca. Hay indicios de que algún funcionario codicioso falsifica salvoconductos y adiestra a los abogados para que aprovechen los puntos débiles del código penal y de la burocracia. Aunque el ambiente de desconfianza unánime se está volviendo insoportable, no se puede conceder credibilidad a esa conjetura porque no existe aquí nadie que haya accedido a una cuota de poder e información tan importante que le permita realizar este engaño sorprendente. Aún así, hasta que no se descubra al traidor, entre los administradores de la frontera cada cual mira a su prójimo con suspicacia.

Los servicios de inteligencia del Comandante capturaron a uno de estos tipos que cruzaba con un pasaporte en regla y una apariencia indeseable. En una investigación minuciosa se reveló la identidad falsa y el excelente trabajo de quien le haya proporcionado los documentos. Se negó a confesar con los métodos habituales. La moderación no es una de las virtudes del Comandante, pero en general los resultados suelen rentabilizar los problemas que ocasionan sus exageraciones. No ha sido este el caso. La aplicación del interrogatorio más riguroso consiguió simplemente unos delirios acerca de un monstruo, un oráculo con una coraza brillante y oscura que en otra época contuvo a un hombre. Se le reprochó al Comandante la urgencia y la ineficacia con que había actuado, los efectos perniciosos al excederse en las actuales circunstancias, el sigilo con que se debía tratar este incidente. Su única reacción fue una pregunta escandalizada ¿Sabes cuántos pueden estar colándose?¿Sabes cuántos?

fuera


De pronto fue un fogonazo. Reventó la realidad, y muy lentamente vi cómo una gran llamarada desmenuzaba cualquier imagen anterior. La anciana estaba delante de mí y su cuerpo me protegió del contacto más agresivo del fuego. Me desmayé.
Por lo que supe después, hubo algo, tal vez una chispa accidental, que provocó la explosión y extendió el petróleo inflamado alrededor de la grieta del oleoducto, donde nos apiñábamos, en desorden, para llenar cubos, palanganas, garrafas, bidones. . .Muchos muertos, no me han dicho cuántos, no es posible ya conocer el número exactamente, y la cifra que aparece en los periódicos del imperio no responde a la verdad sino a la obligación del cálculo, el rigor informativo en el que cicatrizan pronto los datos. Los pocos supervivientes se llevaron a sus heridos, e incluso lo que pudieron de sus muertos, para que no se los arrebatara el ejército. Pero no me han ocultado que la aldea ha sido prácticamente diezmada por esta otra desgracia. Intento imaginar el dolor, la incertidumbre, de los emigrantes del lugar que malviven en el imperio; no pueden saber, no pueden comunicarse, no pueden regresar. El gobierno de este trozo miserable del mundo culpa al sabotaje de grupos rebeldes que nadie logra identificar, y por tanto sirven bien para el maquillaje. El ministro de la guerra, el único que maneja un presupuesto, dice que la población fue engañada y reunida junto al oleoducto con el fin de provocar una masacre y responsabilizar a los militares en el poder. Siempre la misma retórica del encubrimiento. Así que quien ha tenido la oportunidad se ha escondido. Me recogieron los propios supervivientes por miedo a que descubrieran mis restos los soldados y las acusaciones fuesen todavía más peligrosas. Nadie creía que me quedara una mínima posibilidad de salvación. No me di cuenta de mi traslado porque estaba inconsciente. Y esa ausencia, por fortuna, me duró bastante tiempo, el necesario para que algún médico de un hospital de campaña, clandestino, confiara en cierto tipo de recuperación.
Cuando desperté, descubrí el dolor, insoportable, hasta el punto de que existo, apenas, entre el sopor de narcóticos muy fuertes, cuyo nombre o composición no me interesa; alivian, y es suficiente. Cuando el dolor dejó de ser mi única preocupación, descubrí que me había convertido en un monstruo; y no me hizo falta mirarme, lo advertí en la mirada de los otros, a pesar de su empeño en cubrirme con su disimulo.
Respiro a duras penas en el interior de una corteza formada por mi ropa, gran parte del cadáver de la anciana y alquitrán. Ya no poseo otra piel; dentro de mi extraña armadura estoy en carne viva, supurando continuamente, y hay un grupo de mujeres que se relevan para limpiarme entre las grietas de mi caparazón negro y evitar así que me pudra con demasiada rapidez. Porque soy útil, casi como una abeja reina; lo ha establecido Bafomet, a través de sus emisarios, él no aparece nunca, pero la fuerza de sus decisiones abarca un amplio territorio, lo compruebo día a día. La descripción superficial de mi estado, del que jamás me repondré, es un síntoma de que acepto lo que me ocurre; los lamentos o la rebelión íntima sólo añadirían una angustia mayor, y no ayudarían al cuidado que me ofrece este sitio incógnito en el que me ocultan. He preguntado por el nombre de la anciana, al fin y al cabo forma parte física de mí, igual que mi dinero y mis documentos de identidad, qué broma del destino. No han conseguido averiguarlo, la aldea –lo que subsiste de ella- se encuentra lejos, y me reprocho no haberme interesado cuando Buabar aún podía responderme.

Soy útil. Entrego mi experiencia como alto cargo en la administración del imperio y los falsificadores que ha enviado Bafomet realizan su trabajo de acuerdo con mis indicaciones; se trata de auténticos orfebres, capaces de copiar cualquier documento sin que, a simple vista, descubra el engaño la propia persona que confeccionó el modelo. También asesoro a un grupo de guías en los trucos y las estrategias que se deben seguir en caso de que el salvoconducto resulte inútil e intenten deportarlos una vez que han cruzado la frontera. En su burocracia gigantesca el imperio ha creado un laberinto de trampas legales que sólo conocemos quienes en alguna ocasión tuvimos acceso a los códigos reservados, a los secretos de la seguridad, al lenguaje de los escogidos. Soy útil. Y probablemente es la razón por la que me mantienen con vida, en una penosa comodidad de moribundo lento. Pero no colaboro porque lo requiere mi supervivencia: estoy convencido de lo que hago. En un rasgo de humor que no necesita redimirme, he garabateado sobre la madera pulida de la mesa traidor al imperio para ser fiel al ser humano, una divisa arrogante que me divierte cuando la leo, y procuro leerla continuamente porque a menudo me siento a un paso de la depresión extrema. Unos me cuidan. Y otros vigilan. Estos últimos me desprecian, ni se molestan en fingir una actitud más amable; no se fían de mi, quien traiciona a los suyos carece de todo valor y credibilidad, no importa que yo considere infames esos límites, esa clasificación. Pero soy útil, y darían su vida para protegerme, porque sirvo a la causa y porque son las órdenes de Bafomet.

Revisar estos documentos falsos, corregirlos al detalle, recordar las claves escondidas de la legislación del imperio exige lucidez. Para ello, durante horas, renuncio a los narcóticos y entonces el dolor empieza a invadirme como si se formara de esta manera el verdadero esqueleto que me soporta. Procuro no tenerlo en cuenta, en un acto de voluntad, pero es imposible. Escarba pozos dentro de mí y luego rebosa, impregna toda la superficie. El dolor se convierte en un sentido más, y por tanto mi sensibilidad se vuelve extrema. He pensado mucho sobre esto, no hay nada que abunde más ahora que el tiempo, mis ocupaciones están estrictamente reguladas para que no me agote ni se acelere mi muerte; más que nunca vivo de mí mismo, de mis pensamientos, que es el único lugar donde puedo encogerme y ensancharme sin respirar por la herida. Aprovecho para escribir, y escribo con este sufrimiento de lo inevitable, con una lucidez desollada. . . y con la torpeza de los dedos quemados que apenas logran sostener uno de estos bolígrafos que tanto ha costado conseguir, desde la otra orilla del mundo.

Comparto este resto de mi vida con dos intérpretes, el grupo de mujeres que me lavan y desinfectan constantemente, un par de cocineras, los orfebres falsificadores, los vigilantes. . . también suelen venir enlaces, transportistas, relevos. . .se ha creado una corte que bulle alrededor de mí, como sino pudiera desprenderme de cierta condición privilegiada aunque atraviese todas las fronteras. . . no me dejarán morirme como un perro, no todavía mientras tenga algún valor.
A una hora escasa de marcha se encuentran las ruinas sepultadas de un antiguo imperio. Creo que por esa razón escogió Bafomet este punto que no posee ya referencias geográficas exactas para la época actual. Es su regalo, mi alivio entre tantos límites. Cada tres o cuatro días los porteadores me conducen, escoltado por mi séquito de guardias y cuidadoras, hasta la excavación que he iniciado con un entusiasmo desbordante, una expresión para la que creí que ya no daba la talla. Han aparecido fragmentos de vasijas con dibujos extraordinarios, torsos mutilados, cuchillos corroídos por el óxido, anillos con inscripciones indescifrables. . . y de nuevo las cabezas en piedra, aisladas como una maldición, de hombres poderosos en los que el artista propuso un gesto de solemnidad y, al cabo de los siglos, sólo parece tedio, el aburrimiento de quien ordena sin comprender, esa inercia que también yo acostumbraba a habitar. . .
En algunos bajorrelieves protegidos por la arena aparece la preocupación de aquel imperio por sus bárbaros que amenazaban las fronteras, con una tenacidad contra la que se diluían las batallas frecuentes, las expediciones de castigo, el enorme número de esclavos obtenido como botín de guerra; de hecho, en representaciones que considero tardías, veo en los gobernantes del imperio los rasgos indudables de los bárbaros que probablemente remontaron los obstáculos, las barreras, de un modo más doméstico. No hay puerta que impida el paso a lo que llevamos dentro. Aquí está la explicación de mi conducta, y por eso colaboro con nuestros bárbaros para que lo inevitable no exija más horror que el de la propia existencia en fuga. Basta con saber que no duraremos. El desierto se ocupará de todo.

Desde la azotea se veían las suaves colinas del sur, y en las cimas, alineados sin interrupción, aguardaban aquellos bultos oscuros, mirando la ciudad que era el comienzo del imperio, el territorio prodigioso al que no se les permitía acceder. Los veía pero no pensaba en ellos. El resto de la gente a mi alrededor ni siquiera se molestaba en dirigir sus ojos hacia el sur; no había nada que mereciera la pena allá. Hasta el momento en que asaltaron la gran alambrada y hubo muertos casi desnudos que cayeron en nuestro lado. Recuerdo los harapos y los trozos de carne que colgaban de las púas. Ya no pude ignorarlo. A veces sueño que estoy aún en la azotea, sin hambre sin sed sin daño, y contemplo el brillo azul del mar sobre el que destacan las tablas de una barcaza destrozada y varios cadáveres que flotan mansamente, hinchándose al calor del sol. Despierto con la asfixia de esta armadura de alquitrán que me oprime, y me calmo cuando compruebo que ya no me encuentro en la azotea, nunca volveré a la azotea. Ahora estoy, al fin, del otro lado.

* José Antonio Lopez Hidalgo – Es escritor y vive en la isla de La Palma. Fue profesor cooperante en Guinea Ecuatorial y como viajero ha recorrido varios países de África. Sus novelas han obtenido los premios Jaén, Ínsula del Ebro, Javier Tomeo de la Universidad Rey Juan Carlos e Internacional Juan Rulfo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: