Reseña: ‘Ecos de Malabo’ – Maximiliano Nkogo Esono

Kuma*

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Ediciones El Cobre
Barcelona, 2009; 201 págs, 20,00€
ISBN:978-84-96501-79-9

malabo “Ecos de Malabo”, de Maximiliano Nkogo Esono (Guinea Ecuatorial, 1972) recoge media docena de relatos ambientados en la capital guineana. Ésta, después del surtido de personajes que surca los cuentos, es de largo la principal protagonista de la compilación y uno de los méritos del autor. Soporte de una rumorología (malabosaá) telúrica, festiva y volcada a la calle, la ciudad alberga al mismo tiempo el escenario donde ruge la dureza de una vida marcada por el desempleo, los precios elevados (“Una hora en la residencia costaba muy caro, como todo en Malabo”) y la imposibilidad de subsistir sin dinero, donde la corrupción de todos los estamentos burocráticos que sólo responden a incentivos, condicionan cualquier movimiento de sus ciudadanos y, donde la arbitrariedad abusiva de la policía trasluce la desprotección y vulnerabilidad de sus ciudadanos. En este sentido, Nkogo Esono perfila una acerada crítica contra la ciudad y los dirigentes que la administran, echándoles en cara, además de los dicho antes, los apagones de luz, la omnipresente inmundicia y hasta las trabas que interponen a las iniciativas personales más modestas para hacerse con un bocado. Como viene siendo común en la literatura africana actual, en “Ecos de Malabo” Nkogo Esono reduce sus ataques contra el colonialismo, al que sólo destina artillería ligera (“época de triste memoria” en “Cumpleaños feliz”, “jirón de la Hispanidad”, en “Volver a empezar”) y reserva los cañones para los gobernantes más o menos legítimos.

Tampoco escapan al ojo crítico de Nkogo Esono la implantación de las iglesias carismáticas (“Ella es una feligresía de una de esas confesiones que ahora pululan por la ciudad de Malabo reinterpretando las Sagradas Escrituras, regalando sermones y prometiendo milagros con sus oraciones (…)” en “Creer no es curar”), así como la vigencia de la curandería tradicional y la brujería (“kong”), aspectos en los que abunda con cierta recurrencia para evidenciar su postura, que no es otra que la del rechazo frontal dados su carácter lucrativo y fraudulento. Sin embargo, bien mirado, no se puede estigmatizar a sus crédulos usuarios teniendo en cuenta el calvario que puede resultar de un ingreso en un hospital donde se practica supuestamente la medicina empírica: “(…) el médico no te asistía debidamente; para que te inyectaran o te dieran de beber alguna medicina tú mismo tenías que haber ido a comprarla; además el agua potable te la traías tú mismo desde casa (…)”. O, “Creía en los comentarios callejeros, (…), según los cuales en los hospitales no había ni médicos ni medicamentos”, en “Descuido fatal”.

La prosa que sostiene “Ecos de Malabo” es ágil, pese a la abundancia de oraciones largas, bien armada, en su equilibrada conjugación de párrafos y diálogos, y rica, en tanto en cuanto hace gala de diferentes voces y tiempos narrativos (primera, segunda y tercera persona, presente y pasado) sin renunciar nunca a un humor cáustico que debe mucho a la picaresca. Y, quienes mejor la encarnan son los personajes masculinos: de mediana edad, buscavidas, mujeriegos, disipados, fatalistas y, por encima de todo, incompetentes. No en vano, cuando les sobreviene la desdicha, aflora su vacuidad en forma de un espíritu infantil que subyace a esa pretendida hombría o virilidad , y se entregan incondicionalmente a sus esposas o novias para que les saquen del atolladero. Éstas, pese a la vergonzante experiencia que les toca vivir con saldos de esta calaña, acaban cogiendo las riendas de la situación y casi siempre poniendo en vereda a sus cónyuges. Indirectamente, como en casi todos los lugares del planeta, mientras los machitos fanfarronean y se ahogan en un vaso de agua mientras engullen un trago de vino, las mujeres trabajan con eficacia, y afrontan con valentía los obstáculos hasta sortearlos. Es perentorio, en suma, que este tipo de línea argumental culmine en una suerte de moralina y que, por tanto los cuentos se tiñan de un barniz pedagógico, quizá no tanto dirigido al lector en sí, como a los afectados de sus propias acciones. “Emigración”, el cuento que cierra el volumen, explora la desesperación de los migrantes que atraviesan medio continente y el Estrecho, y también contiene una lección, acaso la más dolorosa, coincidente en su totalidad con la de Boubacar Boris Diop (1): “Es difícil comprender por qué un joven africano dispuesto a morir para abandonar su patria, no está dispuesto a sufrir para mejorar su sociedad, al menos para las futuras generaciones”.

Notas
(1) Boubacar Boris Diop, “África más allá del espejo”, oozebap, 2008

*Kuma es colaboradora de Africaneando, afincada en Stonetown, Zanzíbar.

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