Reseña: “La violación del imaginario” – Aminata Traoré

Kuma*
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Sirius
Colección: Viento del sur
184 páginas; 18,00€
Traducción: Gregoria Gutiérrez Oliva.
ISBN: 9788493370305

Es común sentir la voz de ciertos analistas y politólogos que, investidos de una capacidad tan visionaria como desacomplejada, responsabilizan exclusivamente a los gobernantes africanos del penoso estado de sus naciones y, en consecuencia, exoneran del todo a los estados colonialistas. Quizás tengan una pizca de razón. Pero, puesto que tales estados todavía permanecen íntimamente amorrados a sus viejas colonias (injerencia política, extracción de recursos naturales, etc.), más que dictar su veredicto destilado de una hipotética razón práctica, estos estadistas de medio pelo parecen sufrir una suerte de hartazgo argumental, como si acusar a la metrópolis fuese algo tan obvio y manido a la vez, que deviene estéril para sus sesudos análisis. Tal vez se trata de un efecto colateral derivado de una vida entregada a los libros y las separatas, inocuo por lo demás en aquellos que, como Aminata Traoré (Bamako,1947) extraen sus conclusiones de la lucha diaria y de sus experiencias sobre el terreno. ¿De qué sirven los políticos de raza o las democracias emergentes si las economías respectivas de sus países están asfixiadas por la deuda externa y amordazadas por los programas de ajuste estructural? He aquí el “cansino” diagnóstico que vertebra el conjunto de ensayos reunidos bajo el título de “La violación del imaginario”.

Hasta hace muy poco, la mayoría de occidentales identificaba el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial con oscuras y lejanas entidades que hacían negocio con los países ruinosos del hemisferio sur. Gracias a la crisis económica que asola a medio mundo, al menos griegos, portugueses e irlandeses, sufren hoy en sus propias carnes lo que representa doblegarse a estas entidades e hipotecar su país “in saecula saeculorum”, ceder el mando a tecnócratas y, sobre todo, perder el derecho a pensar y decidir libremente su propio futuro, privación capital que no se cansa de denunciar la activista maliense. Quién sabe si esta crisis que está “africanizando” algunos estados de la comunidad europea, servirá para remover conciencias y para asumir de una vez para siempre que vivimos bajo “un sistema económico mundial enfermo de bulimia…”. Pocos avances en este sentido pueden esperarse de la esfera política, aun menos de la económica, por lo que sólo restan los movimientos sociales, y estos hacen lo que pueden, que no es poco. Seattle constituye el referente por antonomasia, sostiene Traoré, sin duda revigorizado por las actuales revueltas árabes. La jodienda es que haya que esperar a que una sociedad sea denigrada a punto de muerte para que sus gobernantes se vean impelidos a huir por la puerta trasera o se presten a linchamiento público.

Pero si cada día resulta más difícil combatir estos entes financieros desde el activismo y el asociacionismo (selección de parajes aislados para la celebración de sus reuniones y cumbres que impidan el acceso a manifestantes, acordonamientos con la mediación del ejército), también se antoja complicado hacerlo desde la política activa por mucho que ésta disponga, presumiblemente, de los instrumentos adecuados. Aminata Traoré fue Ministra de Cultura y Turismo de Malí entre 1997 y 2000, bajo la presidencia de Alpha Omar Konaré y de Ibrahim Boubacar Keita como Primer Ministro. Tres años bastaron para que su labor, inspirada en valores como el compromiso, la gestión responsable de los recursos y la transparencia en los objetivos, cayera en saco roto, y aun más, le costara el cargo. Puesto que sus iniciativas desafiaban intereses privados, financieros y políticos, fue acusada de malversación (“El nombre de la mujer”) y tuvo que abandonar la cartera que le había sido adjudicada, y a la que, dicho sea de paso, había accedido con más recelo que convicción. Entonces, si fue elegida para ser despedida, cabe preguntarse: ¿no se lo podrían haber ahorrado o sólo pretendían humillarla públicamente? Traoré expone sus conjeturas a este respecto posteriormente, en “Porto Alegre, la bien nombrada”: “Mi nombramiento en el Gobierno, en suma, era la mejor manera de sujetarme y de impedirme arrojar la duda en la mente de mis compatriotas. Ingenua, tardé tiempo en comprender este juego”.

Y es que en este juego donde se dirimen nada menos que cuestiones como la lucha contra la pobreza (“No nos engañemos: no somos pobres, sino empobrecidos y engañados”, matiza Traoré), las entidades financieras, las clases dirigentes de los países empobrecidos, y los países occidentales en calidad de gestores, promotores y patrocinadores de foros y cumbres, sólo están dispuestas a ganar, o lo que es lo mismo, a conservar el vigente orden mundial como oro en paño. Cada uno guiado por sus propios intereses concretos, naturalmente. En “La lección de Durban”, refiere Traoré que, con motivo de la Conferencia mundial contra el racismo, hubo sectores críticos al programa oficial que sugirieron equiparar el holocausto judío con la larga tradición criminal de Occidente respecto a África. De lo que se deduciría que aquél estaría obligado a reparar estos daños igual que obró con el pueblo judío. Y, en otro plano de interpretación más severo, se emparentaba la crueldad manifiesta del sionismo hacia los palestinos con el racismo consustancial de Occidente hacia los negros, entre otras etnias. Ofendido, la Administración norteamericana amenazó con abandonar la conferencia, esto es, con boicotearla de resultas de su ausencia, de no retirarse estas analogías que, para nuestro gozo, tanto evocaban a Aimé Cesaire en su “Discurso sobre el colonialismo”: “nadie coloniza inocentemente, que tampoco nadie coloniza impunemente; que una nación que coloniza, que un civilización que justifica la colonización y, por tanto, la fuerza, ya es una civilización enferma, mortalmente herida, que irresistiblemente, de consecuencia en consecuencia, de negación en negación, llama a su Hitler, quiero decir, su castigo.”.

Pese a las cortapisas que imponen los poderosos a las expectativas de foros y cumbres aun antes de su celebración, y a sus propias limitaciones congénitas, A. Traoré hace una defensa a ultranza de ellos (concretamente del Foro Social Mundial) en tanto en cuanto suponen un espacio de debate como ningún otro donde las injusticias encuentran una potente caja de resonancia. Sí es verdad que por ahora, los actores a un lado y a otro de la balanza apenas han variado sus posiciones. De una parte los numerosos países susceptibles de seguir empobreciéndose, de otra parte Washington, Bruselas, París y Londres marcando la pauta. Pero, con el objeto de que el nervio de su discurso no se difumine entre generalizaciones tópicas, grandes eventos, altas esferas y disquisiciones acerca del sistema económico mundial o la trata de esclavos, Aminata Traoré confronta estos gigantes con casos concretos como el de Altina (“El otro, tan lejos, tan humano”), una madre joven que pierde a sus hijos, y que encarna el rostro anónimo de las verdaderas víctimas silenciosas. Tan anónimas que no sólo figuran numéricos datos fríos en las estadísticas, sino que las mismas víctimas ignoran el origen de su desdicha (“El tormento de los muertos”). Traoré actúa del mismo modo al reivindicar el respeto y la igualdad de la mujer (“El nombre de la mujer”). Lejos de apelar a discursos y teorías de género, recurre a las enseñanzas de su madre: “(…) siempre me dijo que el nombre de la mujer es “soutoura”. Esta palabra nos remite a la vez al conocimiento, a la estima y al respeto de sí misma, que son las exigencias que debemos cumplir si queremos obtener el respeto de los demás, lo que desde el punto de vista de mi madre, es esencial para una mujer”.

Aminata Traoré pondera dos soluciones de distinta índole para encauzar el desaguisado en que se encuentra el continente africano. Una recuperación de la espiritualidad entendida como vínculo de unión entre los humanos que nos protegería de los tormentos mediante la ayuda y comprensión mutuas. La supresión incondicional de la deuda externa (a cuenta del incalculable montante debido a la trata de esclavos, etc.) por parte de los organismos externos, seguida de la implementación de ayudas públicas al desarrollo desde los gobiernos locales. La solución humanista es silenciosa, depende de la voluntad de todos y cada uno de los ciudadanos de este mundo; la solución económica, rimbombante y de escala cósmica, está en la mano de unos cuantos hombres con corbata. Y en nombre de todos los africanos, Aminata Traoré les ha dicho a la cara (¡qué menos!) que son unos sinvergüenzas y que saben muy bien lo que tienen que hacer para remediarlo.

*Kuma es colaboradora de Africaneando, afincada en Stonetown, Zanzíbar.

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