Reseña: “El diablo en la cruz” – Ngugi wa Thiong’o

Kuma*
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Txalaparta
Colección: Gebara
329 páginas; 14,00€
Traducción: Alfonso Ormaetxea
ISBN: 9788481369205

Dos mujeres y tres hombres viajan en un “matatu” que los traslada de Nairobi a Ilmorog. En esa villa se va a celebrar un concurso rocambolesco de ladrones bajo los auspicios del diablo, del que ha de resultar elegido el “primus inter pares”. Durante el trayecto, los personajes, que desconocen los motivos por los que han sido invitados a tal conventículo, relatan sus vidas, inevitablemente ligadas de un modo u otro al destino reciente del país, tejiendo así entre todas ellas un triste mosaico de injusticias sociales, machismo, clientelismo, y tantos otros vicios públicos de los que adolece Kenia después de la independencia. A medida que se desarrolla el certamen, lector y protagonistas descubren al unísono la identidad de los ladrones más egregios: la ONU, el FMI, el Banco Mundial, los magnates extranjeros, así como muchos keniatas que participan en la gran rapiña de su propio país. Y no es que estos ladrones de guante blanco centren sus peroratas en la conveniencia de robar o no, sino en robar más y mejor y, a ser posible, humillando indiscriminadamente a damnificados y a seres queridos, ostentando riquezas y, en suma, disfrutando de una depravación sin límites. Quien alcance el paroxismo de tal depravación se alzará con el trofeo ganador. Aunque la sola sombra del Diablo, trasunto del capitalismo, eche por tierra los hipotéticos planes de choque de unos personajes anónimos, intrascendentes en comparación a los chorizos potentados que tienen ante sus narices, Ngugi wa Thiongó arma una historia paralela en la que caben emociones, desencuentros, afinidades, viejas rencillas y venganzas, traumas y catarsis, también esperanza y amor.

Inscrita en la tradición de la novela comprometida, “El diablo en la cruz” es un inmisericorde ajuste de cuentas al periodo neocolonial y, en consecuencia, al estado paupérrimo en que ha quedado sumido el país, representado fielmente por su capital: guarida impune de bandas mafiosas, urbe corrupta, militarizada, suspicaz y particularmente cruel con sus mujeres, a las que obliga a vender su cuerpo a cambio de empleo, por no hablar de la mermada libertad de expresión que amordaza y sume en la paranoia a sus ciudadanos. De hecho, wa Thiong’o redactó este libro durante una estancia en prisión a consecuencia de la comisión de tal “delito”. Al otro lado del telón, el autor de “Un grano de trigo” perfila unos personajes que, contra lo que pudiera pensarse, comprenden perfectamente la pérfida situación que les ha tocado vivir y se afanan en combatirla. Aun más, wa Thiong’o, recurre a una arenga que bien puede hermanarse con el concepto de yihad islámica, llamando a la recuperación de la libertad por medio del esfuerzo individual así como del colectivo, para neutralizar los efectos malignos del diablo capitalista: “Nuestras vidas son un campo de batalla en el que se libra continuamente una guerra entre las fuerzas que se empeñan en confirmar nuestra humanidad y las que están dispuestas a desmantelarla”. Y en esta lucha se hace patente que la mujer keniata será el capital humano determinante para alcanzar la victoria.

Cualquier novela política corre el riesgo de suscitar sopor si la historia se reduce a un mero duelo de críticas y contradiscursos con unos protagonistas que no son más que cabezas parlantes haciendo de vectores ideológicos. Sin embargo, “El diablo en la cruz” se lee con la devoción de un relato de aventuras. ¿Por qué? Por la profusa variedad de recursos y elementos, la mayoría de raíz africana, que wa Thiong’o conjuga con la sabiduría de un maestro artesano de la literatura. Desde las exposiciones de las vicisitudes de los protagonistas, a menudo tiernas y descarnadas, pasando por las alocuciones de los mismos ladrones, frívolas y cómicas, hasta el salpimentado de sucosas digresiones filosóficas, refranes, proverbios, canciones y cuentos populares, son todos elementos que fijan una concepción tan personal y sólida como original y alejada de cualquier tradición literaria ajena a la que quiera asimilarse: El autor keniata escribe novela africana. Y, siendo como decimos que es de tipo político, todavía sorprende mayormente que wa Thiong’o consiga crear una atmósfera ambigua donde el hiperrealismo es contrarrestado por un registro paranormal donde el diablo se desdobla y no siempre encarna el monstruo capitalista, sino también su clásica imagen del Mal, confiriendo un barniz numinoso que, cuando menos, genera dudas en el lector y hace la historia aun más magnética si cabe.

La voz narrativa de wa Thiong’o es la de un escritor orgulloso de su país, de su gente y de sus posibilidades, que se dirige sin complejos al colono, al que no oculta su menosprecio igual que a todos los que siguen practicando la moral recalcitrante del negrero. Pero Wa Thiong’o también se dirige a los suyos, para recordarles, entre otras cosas, la importancia de mimar la cultura y la lengua propias: “Mirémonos a nosotros mismos. ¿Dónde están nuestras lenguas nacionales. ¿Dónde están los libros escritos en los alfabetos de nuestras lenguas nacionales…¿Quién evitará que un niño, sin padres que le aconsejen, confunda la mierda extranjera con un delicioso plato nacional?”. Como es de sobra conocido, estas reivindicaciones no son pétalos lanzados al viento, puesto que el mismo autor keniata es el primero en predicar con el ejemplo: “El diablo en la cruz” está escrita originalmente en idioma kikuyu, eficaz remedio indicado para el mal que afecta a uno de los personajes del libro: “La única diferencia era que Gatuiria sabía muy bien que la esclavitud del idioma es la esclavitud de la mente…”. “El diablo en la cruz” apareció en 1982. Casi treinta años después, esta novela apenas ha perdido vigencia, cuando habría sido deseable que figurase como un documento testimonial de un momento único pero superado. El análisis fue certero, pero las cosas en Kenia no han cambiado demasiado, y el diablo capitalista sigue repartiendo varapalos a mansalva.

*Kuma es colaboradora de Africaneando, afincada en Stonetown, Zanzíbar.

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