Devoción en la cumbre

Pelu Awofeso*
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Foto: Pelu Awofeso

Me encontraba en tierra sagrada pero no terminaba de darme cuenta. “Debes sacarte los zapatos antes de entrar” me advierte la guía mientras subimos desde el pie de Sobi Hill, en Ilorin, la capital del estado de Kwara (Nigeria).
“La gente sube hasta aquí para rezar y deben ir descalzos”. Detrás mío, un imán sentado en un banco y ataviado con una impecable túnica blanca y un gorro a juego aconseja a su grupo bajo un almendro. “Ahora abrid las manos y pedid a Dios lo que deseéis”, oigo mientras continuo caminando y su voz va perdiéndose.
Mosun no es una guía en el sentido real de la palabra. Miembro de la Iglesia de los Querubines y los Serafines, regresaba de la cima tras una sesión de plegaria y se dirigía a su casa cuando un tipo a quien yo le había preguntado por una dirección, en la estación de la ladera de la montaña, se acercó a ella y le preguntó si no le importaba acompañarme. Sin dudarlo, aceptó. “Vale, vamos”, dijo limpiándose su oscura y delgada cara con un pañuelo. No me doy cuenta del tamaño de su favor hasta que alcanzamos la cima, media hora más tarde.
Sin mis botas, que he dejado en una zona sombreada del margen del camino, empezamos la subida gradual al monte. Durante el trayecto, nos cruzamos con hombres y mujeres que regresan de sus propias sesiones de plegaria. El sol del mediodía ha calentado las piedras y a cada paso mi pie aterriza en una zona ardiente. Lo máximo que puedo hacer es andar de puntillas. A veces cruzamos zonas sombreadas, donde descansamos.
“Pararemos dos veces más durante el trayecto y así podrás recuperar la respiración antes de que lleguemos al punto más elevado”, me dice Mosun en nuestra primera parada tras diez minutos de camino. Los usuarios de este lugar han tenido en consideración a quienes lo visitamos por primera vez: han pintado una línea blanca que resigue todo el camino hasta la cima. Si la sigues, no hay pérdida. Algunos han ido más allá y han allanado el trayecto lleno de piedras. En algún punto del ascenso, veo plantaciones de mandioca y maíz en la otra ladera del camino. En la de maíz está trabajando un hombre vestido con un largo buba que parece tener más de cincuenta años.
No hemos subido demasiado cuando Mosun me aclara la naturaleza única de esta tierra de plegaria: tanto cristianos como musulmanes vienen aquí para hablarle al Creador. Una gran proporción de tierra (las zonas más empinadas están claramente fuera de la demarcación) está abierta a todo el mundo que desee el tipo de soledad que ofrece un lugar de estas características, sin mencionar la oportunidad de mirar al cielo sin ninguna restricción de los techos de iglesias y mezquitas. Hay suficiente espacio para que miles de personas se reúnan y realicen sus rituales. No hay altavoces, así que ninguna congregación molesta a las demás.
Afortunadamente, no se han registrado casos de rencillas entre comunidades, ni siquiera pequeños altercados entre las varias sectas que han elegido este lugar como refugio espiritual. Pero si esto llegara a suceder, la presencia militar está cerca sin que se vea. Los cuarteles de Sobi están a cuatro pasos de aquí, en la carretera de la ladera, disimulada por una espesa vegetación. “La policía tampoco está muy lejos”, me comenta Mosun. “Si surgiera alguna crisis, recibirían el aviso y vendrían al instante”.
Como hoy es domingo, los cristianos superan a los musulmanes. Los fieles presentes están repartidos en grupos diversos, algunos reducidos y otros formados por decenas. Uno de ellos escucha a un cura mientras otros rezan con fervor entre susurros. “La gente viene para rezar y en sus días de ayuno”, informa Mosun. “Pueden ser siete días, veintiuno o incluso cuarenta”.
Finalmente, alcanzamos la cima. Hay unas diez personas alrededor, cuatro de ellas sentadas mientras escuchan a un hombre ataviado de blanco en la solitaria estructura de cemento del tamaño de una parada de autobús. Nuestra inesperada presencia no despista al predicador, que prosigue con el sermón sobre el Antiguo Testamento. Lejos, a mi izquierda, el otro grupo continúa con su propia misa. Una cruz blanca está clavada cerca, al lado de un barril de cinco litros de agua.
Me muevo con cautela, vigilando no acercarme demasiado al precipicio. La ciudad de Ilorin se extiende a mis pies en tonos relucientes gracias al brillo del sol. Fácilmente puedo divisar los tejados azules de Royal Valley y Harmony Estates, ambos recientes proyectos del actual gobierno. Recito una plegaria en silencio para mí mismo.
La “iglesia” no es gran cosa, quizá por el resultado del tiempo. Algunas de sus paredes que dan al oeste han caído y el espacio que ha dejado ha sido substituido por una colección desordenada de piedras y bloques. “Los blancos solían venir mucho en aquellos tiempos. Ellos la construyeron”, me explica Mosun mientras se sienta en la puerta. Al contemplar el lugar, veo una marca elevada con la fecha de 1963.
Enfrente, me fijo en un fino libro escrito en árabe dentro de una zona circular señalada con pintura blanca. No muy lejos hay otro círculo para los cristianos. Este debe ser uno de los pocos sitios en el país donde musulmanes y cristianos se relacionan tan de cerca y sin ningún tipo de conflicto.
Según Mosun, muchos se quedan a dormir incluso durante días. Cuando llueve, todo el mundo se cobija en la “iglesia”. Mucha gente viene hasta aquí porque está totalmente convencida de que sus súplicas recibirán una respuesta más rápida, pues están más cerca del cielo. A modo de ilustración, Mosun me cuenta una historia. “Había una mujer que solía venir y rezar para poder viajar al extranjero. Ahora ya se fue”.
En el camino de bajada, hablo con Riwan, el hijo de once años de Mosun. Nos lo encontramos allí, sentado solo. Obviamente había ido por el otro camino y nos estaba esperando. Es un chico agradable cuando decide sonreí. Ha heredado la tez oscura de su madre, que contrasta con su camiseta roja. Cuando nos ve, sonríe, mostrando una dentadura perfecta. Al igual que su madre, viene aquí prácticamente cada día. “¿Para qué?”, le pregunto.

-Así podré ser rico –me responde,  golpeando la hierba de su alrededor con un bastón.
-¿Me estás diciendo que vienes aquí sólo  para esto?
-Y también para ser brillante.
-¿Para que quieres el dinero?
-Quiero viajar fuera del país.

Riwan está en sexto de primaria y es el tercero de la clase. Sin duda, compite por el primer puesto. Mientras continuamos el descenso, veo a lo lejos a un anciano de pelo canoso con un vestido tradicional yoruba hasta los tobillos, moviendo sus manos arriba y abajo en el aire. Está tan concentrado en sus oraciones que es ajeno al movimiento de su alrededor. Sin ninguna distracción salvo el ardiente calor del sol hostigando su espalda. Cuando le comento a Mosun la escena, ella pone la guinda: “Sus súplicas serán atendidas todavía más rápido”.

*Pelu Awofeso es corresponsal de viajes en ‘Africa Today’, que tiene su sede de África Occidental en Lagos, Nigeria. Además de articulista, es autor de los libros ‘A Place Called Peace’, dedicado a la ciudad nigeriana de Jos, y de ‘Nigerian Festivals: The Famous and the not so Famous’. En el año 2010 fue galardonado con el Premio CNN/Multichoice African Journalist en la categoría Turismo. Este relato fue originalmente publicado en inglés en la revista literaria de Nigeria ‘Saraba n. 6, The God Issue’, en junio de 2010. http://sarabamag.com Traducción: Africaneando

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