Fragmento del libro “Una iniciación chamánica. La aventura ambigua de un chamán amerindio y sus aprendices en África”

Marie-Joséphine Grojean*
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Edita: oozebap, mayo 2011 Formato: 14x19 cm; 294 pp. PVP: 18€ Más información: http://www.oozebap.org/chaman

La escritora y periodista Marie-Josephine Grojean formó parte de un grupo de aprendices chamanes occidentales que viajó a Burkina Faso para iniciarse en los conocimientos tradicionales africanos bajo la tutela de dos chamanes, uno amerindio, Swiftdeer, y el otro africano, Elie.

Fruto de esta experiencia única surge el libro “Una iniciación chamánica. La aventura ambigua de un chamán amerindio y sus aprendices en África”, publicado en el 2010 en Francia y que ahora se edita en España dentro de la colección sobre África de oozebap.

A medio camino entre el ensayo social, el reportaje y el diario personal, la autora describe, en este apasionante relato, la búsqueda de un nuevo paradigma colectivo a través de dos aspectos indisociables del trabajo chamánico: su aspecto exterior, que propone la naturaleza como parte intrínseca del ser humano, y su aspecto interior, con la indagación de estados de conciencia capaces de superar las limitaciones del marco mental para adentrarse en otras perspectivas de la realidad.

Este encuentro excepcional alrededor del saber tradicional nos sitúa en el centro de las contradicciones contemporáneas vinculadas a la globalización, donde la reflexión en torno a los modos de vida tradicionales y su capacidad para preservar la biodiversidad se completa con una mirada lúcida sobre la degradación de nuestro modelo occidental.

A continuación reproducimos un fragmento del libro:

A la mañana siguiente, al bajar de la casa de arriba tras el desayuno, algo me llama la atención en el patio de una casa vecina. Me acerco.

Las viviendas de alrededor están a una distancia suficiente y sus habitantes son lo bastante discretos para que nos sintamos cómodos y, con los días, si bien no intimamos al menos nos saludamos con la mano. A veces, cuando la circunstancia lo requiere, permanecemos un momento juntos, en silencio, observando las tareas o dejando que nuestras miradas se disipen en las lejanas brumas aplastadas por el calor.

Tras los saludos de rigor, los vecinos regresan a sus labores. En una zona de cemento en medio del patio, la cosecha de mijo se seca al sol. Precisamente, es esta gran área amarilla formada por millones de granos de mijo la que me llama la atención. Una chica, alta y ondulante en su ropa ajustada, se dirige hacia allí con una gran cesta del mismo color que los granos secados al sol. La cesta, de gran tamaño, es uno de estos cestos de uso común característicos de la región. Está elaborado con briznas de paja de mijo religadas entre ellas por un hilo invisible. Su rigidez y solidez provienen del sutil arreglo de las briznas, que suben desde la base cuadrada hasta crear una apertura circular. Un cordoncillo trenzado con briznas más finas consolida el perímetro. Las mujeres lo transportan todo en estos cestos que colocan sobre sus cabezas. Existen de todos los tamaños. Los más pequeños son decorativos, adornados con conchas y rosarios de perlas minúsculas. Tengo previsto llevarme algunos para regalar. La chica, encorvada como una liana, llena la cesta con el mijo que recoge con un pequeño rastrillo. El ruido de los granos se mezcla con el canto del gallo y los gritos de los niños que juegan en el cerco con viejos neumáticos de bicicleta.

La cesta está prácticamente llena, pero la mujer continúa vertiendo granos sin que ninguno se derrame. Parece que cuanto más la llena, más capacidad tiene, como si continente y contenido midieran sus fuerzas respectivas para generar más espacio. No puedo quitar la vista de los gestos de la chica, pensando que pronto dejará de volcar mijo, pues ya no cabe ni un grano más. Pero presiona con sus fuertes brazos y en el escaso espacio que se forma todavía añade algunos puñados de mijo dorado, y la cesta no se desborda. Ha logrado embutir más de la mitad del total en la cesta, ahora ya llena hasta los topes. La chica añade un último puñado y, seguidamente, va a buscar ayuda para colocar la carga sobre la cabeza.

Bruce se ha unido a mí. Le cuento la escena.

—Lo sé —me responde—, lo he visto otras veces. La clave que buscamos quizá resida en esta cesta.
—¿La clave? ¿Te refieres a la clave del nuevo sueño?
—Sí. Está en la cesta, pero también en la calabaza, en los ladrillos de tierra, en estos objetos de la vida cotidiana que vemos a nuestro alrededor. Todos están adaptados al entorno, respetan las leyes de lo vivo. Aquí, las claves del nuevo sueño están por todos lados. Basta con abrir los ojos.
—¿Como ahora?
—Es simple. Si fabricas cestas con los tallos de mijo que provienen de tu campo, resuelves el problema de la dependencia económica. Si fabricas el contenedor con los residuos del contenido, resuelves también la cuestión de los residuos, que es uno de los mayores problemas de nuestro tiempo.
—Sí, claro, pero no podemos utilizar estas cestas en la ciudad de buenas a primeras, en nuestro mundo.
—Esta cesta es un objeto de tecnología avanzada. Hablo de las tecnologías del futuro, claro. Es lo que podemos llamar un objeto «de alta definición». Entra en el circuito de las energías renovables, las energías libres, las que serán desarrolladas en este milenio, las que no agotan los recursos del planeta, las que no agotan lo que está a disposición de todos.
—¿Estas cestas? —mientras señalo una cesta llena de mijo, y también otra llena de hojas secas y ramas— ¿Estas cestas son objetos de alta definición?
—¡Sí, exacto! Hacer un objeto así es como fabricar tu casa con la tierra que hay alrededor, es como utilizar las calabazas de tu huerto para hacer cucharas. Recolocas los objetos cotidianos en el proceso natural de lo vivo. Es lo que se llama la ley del retorno, que es una de las leyes fundamentales de la vida.

Lo que explica Bruce parece evidente. Sé que tiene razón, pero lo encuentro complejo, difícil de admitir. Esto hace saltar por los aires todas nuestras creencias modernas en la técnica, el progreso, la producción industrial. Además, no veo la relación entre la ley del retorno y el cesto dagara.

—La ley del retorno es el reciclaje, como hace el agua en la naturaleza. Nada se pierde ni se crea, todo se transforma…
—La ley del retorno, el ciclo del agua… ¡Sí, claro!
—Pero eso no es todo. Esta cesta es también una herramienta de creatividad y de cohesión social. Confeccionar una cesta es un arte donde se aprende la coordinación de ojos y manos, la concentración, la paciencia, el respeto. Al trenzar una cesta, se trenzan vínculos con esta. No olvides que las cosas que uno mismo elabora tienen valor. También sabes que cuanto más trabajas con las manos, más desarrollas las capacidades del cerebro. Cuando el niño dagara se sienta al lado de su abuelo o abuela, y los observa fabricando una cesta, no sólo aprende a elaborar un objeto útil y bello, se le trasmite un arte de vivir, al mismo tiempo que un legado cultural indestructible.
—¿Por qué indestructible?
—Puedes quemar una biblioteca, ¿pero quién puede destruir el arte de una cesta, la transmisión de cuentos y proverbios, los ritos del nacimiento? Son conocimientos, no productos. Puedes olvidarlos, pero no destruirlos.

La chica ha regresado cerca de la zona y vuelve a llenar otra cesta. Aquí y allí, en el suelo, se pueden ver nuestras botellas de agua mineral. Algunas ya están estropeadas, inutilizables. Bruce capta mi mirada.

—Pues sí, somos la raza del plástico.
—Exageras —le digo alzando los hombros.
—Ni mucho menos. Y lo sabes bien, pero es duro admitirlo. Las botellas de plástico no tienen ningún valor para nosotros. Tras su uso, las tiramos. Somos incapaces de fabricarlas nosotros mismos, nos son completamente ajenas. Y como no entran en ningún ciclo natural, contaminan, mientras que los cestos que ya no sirven regresan lenta-mente a la tierra.
Al alejarse de la ley del retorno, las sociedades modernas caminan por la cuerda floja de una economía infinitamente amenazada, ya que es completamente dependiente.

Sé que tiene razón. La evolución de las cosas le da la razón. ¿Hasta cuándo podremos continuar agotando la tierra y los recursos naturales? ¿Cuál es la solución? ¿Existe una? ¿Seremos lo suficientemente listos para cambiar nuestro modo de vida? Los interrogantes bailan en mi cabeza.

Sostengo en la mano una bolsa de plástico, donde llevo mis cosas del día a día. Esta bolsa, por muy práctica que sea, es obvio que no tiene ningún valor para mí. Tan sólo es un objeto intercambiable, desechable. ¿Pero, dónde? Nunca lo he pensado. De dónde viene, cómo ha sido fabricada, lo desconozco todo. Es un objeto que me resulta totalmente ajeno. Sin embargo, cada día lo toco, utilizo plástico, pero no sé nada de él y, por consiguiente, no tengo ningún control. Dependo del plástico para mi supervivencia, de algún modo colonizada, dominada por las materias sintéticas derivadas del petróleo. Me hubiera gustado hablarle de todo esto a Bruce, pues este descubrimiento empieza a angustiarme, pero ya ha regresado a sus labores cotidianas. Este día lo veo llenar una gran bolsa de trozos de plástico tirados alrededor de nuestra casa y por el camino. Entre toda esta basura, muchos trozos de nuestras botellas.

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El libro ‘Una iniciación chamánica. La aventura ambigua de un chamán amerindio y sus aprendices en África’ de Marie-Joséphine Grojean está editado por oozebap, Barcelona, mayo 2011. Más información en oozebap (http://www.oozebap.org/chaman)

*Marie-Joséphine Grojean participa en la concepción y en la aplicación de programas educativos y de instrumentos pedagógicos interculturales, particularmente sobre el agua. Ha publicado los libros La Planète Bleue; Les Cévennes, rêve planétaire y Une pédagogie de l’eau y es autora del documental Les gens du fleuve, au bord du Fleuve Senegal au Mali (France 2, Unesco).

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