Alain Mabanckou o la literatura del desamor. Revisión crítica de la novelística en castellano del autor congoleño

Oscar Escudero*
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Alain Mabanckou (Pointe-Noire, República del Congo, 1966)

Salvando las distancias generacionales, temáticas y estilísticas, la singladura vital de Alain Mabanckou (Pointe-Noire, República del Congo, 1966) (1) comparte ciertos paralelismos con la del autor marfileño Ahmadou Korouma, en tanto en cuanto ambos compatibilizaron su creación artística con cargos en corporaciones europeas, sus textos fueron publicados en Francia y rubricaron su obra en el idioma de la metrópolis, quedando ambos expuestos, por tanto, a la crítica panafricanista por generar literatura en la lengua del colono y no en la vernácula. Novelista, poeta y ensayista, el entonces joven Mabanckou se especializó en Filosofía y Letras en el Liceo de Karl Marx, se graduó en Derecho en Brazzaville, y más tarde se desplazó a Francia con la ayuda de una beca para obtener el postgrado en Leyes por la Universidad de París-Dauphine. Trabajó diez años en la compañía multinacional Eaux-Suez Lyonnaise, durante los cuales fue viendo la luz una parte sustancial de su producción lírica: “La légende de l’errance” (Éditions L’Harmattan, 1993) o “L’usure des lendemains” (Nouvelles du Sud, 1995). Se trata de una poética culta, de tintes metafísicos, con un pie en la tradición africana y otro en la occidental. Lo que sigue es una sucinta degustación de su lírica (2):

à J. Dipongo, la disparue
Jour nouveau
Promesse de lumière
Fleurs écloses
Joie de vivre
La Terre est un jardin de mille-feuilles
mais aussi
une masure à louer
avec vue sur la Mort…
(A J. Dipongo, la desaparecida: Nuevo día / Promesa de luz / Despiertan las flores /Alegría de vivir / La Tierra es un jardín de milenramas / Pero también / Una casa en ruinas que se alquila / Con vistas a la Muerte…)
***
Je marcherai
Je m’arrêterai de temps à autre
devant une pierre
pour affûter ma solitude épuisée
(Caminaré: Me detendré de vez en cuando / Ante una piedra /Para aguzar mi agotada soledad)
***
Je refuse
Je refuse le cycle des saisons
le vent de la résignation
Je refuse la métamorphose des fleurs
Je refuse
(Rechazo: Rechazo el ciclo de las estaciones / El viento de la resignación / Rechazo la metamorfosis de las flores / Rechazo)
***
L’arbre généalogique
Le geste se lit sur les formes rupestres
où l’âge a sculpté la pierre
dans ses moindres détails

Chaque nervure sur le rocher
rappelle une branche déchue
de l’arbre généalogique
(El árbol genealógico: El gesto se lee en las formas rupestres / Donde el tiempo ha esculpido la piedra / Hasta en sus ínfimos detalles // Cada nervadura en la roca / Recuerda a una rama caída / Del árbol genealógico)

Tras la calurosa acogida de crítica y público de “Bleu-Blanc-Rouge” (Présence Africaine, 1998), que le valió el Grand Prix Littéraire de l’Afrique Noire, Mabanckou resolvió dedicarse por entero a la literatura. Aun tuvo que esperar hasta 2002 para abandonar definitivamente sus responsabilidades en el ámbito empresarial e inaugurar su carrera trasatlántica como docente, impartiendo clases de Literatura Francófona en la Universidad de Michigan. Poco después saltó a la Universidad de California, donde fijaría su residencia hasta la actualidad, para asumir la dirección del Departamento de Francés. Tras publicar a razón de una novela al año (3), a mitad de la pasada década, “Verre cassé” (Éditions du Seuil, 2005) representó un espaldarazo para su carrera, que había de reportarle premios y prestigio, adaptaciones teatrales y traducciones a una decena de idiomas. Luego vendrán otros cuatro títulos más, que consolidan su reputación y lo sitúan como un referente ineludible en la literatura francófona al sur del Sahara. En las líneas que siguen vamos a explorar las constantes de su narrativa a partir de tres de sus novelas más celebradas, todas ellas vertidas al castellano (4).

Vaso Roto, el protagonista de la novela homónima (VR), es un jubilado dipsomaníaco, ocioso, y asiduo al “Crédito se fue de viaje”, un tugurio enclavado en el barrio Trescientos de Brazzaville, regentado por el Caracol Tozudo. A ambos les une amistad, y el propietario le encarga que recoja en un cuaderno, dada la inclinación literaria del otro unida a su autoproclamada virtud para diseccionar la psique humana, una suerte de acta sobre la galería de personajes que frecuenta el bar. En el tramo final del libro, el Caracol Tozudo no puede ser más explícito respecto a sus objetivos: “Vaso Roto, sácame la rabia que llevas dentro, explota, vomita, escupe, tose o eyacula, me resbala, pero tienes que parirme algo sobre este bar (…), y sobre todo de ti mismo”. En efecto, el testimonio que recoge Vaso Roto se irá entrelazando con los hitos de la no menos calamitosa vida del narrador. Despechado por su esposa, a quien apoda la Diabólica, los sucesivos retratos de los parroquianos, salvo una excepción, tendrán como común divisor el haber caído en desgracia tras sufrir el abandono de sus respectivas cónyuges: un padre de familia rechazado que da con sus huesos en la cárcel y es sodomizado a título de guinda, lo que le obliga a llevar pañales para contrarrestar la incontinencia; un marido radicado en Francia cuya esposa, blanca, le hace el salto con su hijastro negro. No sorprende que estos maridos alberguen un odio indómito a quien les dio un portazo en la cara y que demonicen al género femenino en su conjunto, si bien ellos no representan un contrapunto de conducta ejemplar, sino más bien un perfil de calzonazos e irresponsables, que no dudarían un instante en regresar a su estado anterior si de ellos dependiera.
Dictada en primera persona, la narración se construye a base de párrafos largos como ladrillos, sin puntos ni mayúsculas (salvo los nombres propios), y con diálogos entrecomillados, eso sí, sin que la legibilidad se resienta y, en consecuencia, resultando el ejercicio de estilo bien armado. Paradójicamente, esta estrategia prosística contrasta con la afirmación que pronuncia el Caracol Tozudo en la primera página para persuadir al jubilado de que se disfrace de cronista: “la época de las historias contadas por la abuela achacosa había terminado, que ahora lo que se llevaba era lo escrito porque es lo que perdura, la palabra es humo negro”. En clara alusión a Ahmadou Hampate Ba (“En África cuando un anciano muere, una biblioteca arde”) sorprende el veredicto de la defunción de la oralidad cuando el estilo de Mabanckou se postula como un sucedáneo blando del monólogo interior que tuvo sus máximos exponentes en Joyce y Faulkner, es decir, un caudal de pensamientos más cercano a la oralidad, a lo instantáneo, que no a una exposición estructurada con arreglo al esquema introducción, nudo y desenlace. De esto último se deriva que Mabanckou prescinde de una trama elaborada, entendida como una alternancia de cimas y valles, y se decanta por una suerte de alocución que avanza a velocidad crucero desde su misma partida.

Idéntico estilo sustenta “Memorias de Puercoespín” (MP). En este caso es un puercoespín quien relata sus andanzas y desventuras a un confidente tan sedentario y silente como un baobab. Mabanckou se inspira (¿inventa?) en una tradición popular para desgranar su historia: desde el alumbramiento, cada individuo se acompaña de un doble pacífico, una especie de ángel de la guarda que, encarnado en un animal físico, lo custodia discretamente durante toda su vida. Sin embargo, cabe la posibilidad de que, además del doble pacífico, coexista un doble nocivo, el cual es invocado a través de un ritual que se celebra con la pubertad mediante la ingestión de un brebaje denominado “mayamvumbi”. A esta última categoría pertenece el puercoespín narrador, que se verá inexorablemente unido al periplo de Kibandi, su amo, un muchacho obligado a abandonar su villa natal porque su padre, abducido por su doble nocivo, ha sido acusado de cometer múltiples asesinatos, en parte motivados por ese pacto con el diablo. Viuda e hijo huyen a Seketembe, donde Kibandi se pone a trabajar a las órdenes de un maestro carpintero, se afianza en ese oficio y todo parece marchar como agua de mayo. Pero, con la muerte de la madre de Kibandi, éste se destapa y ordena perpetrar un centenar de asesinatos, algunos en apariencia merecidos, otros arbitrarios y algunos directamente oprobiosos, que siempre ejecutará el puercoespín acribillando a las víctimas con sus afilados y letales pinchos. Aunque argumentalmente VR y MP son disímiles, Mabanckou tiende un puente entre ambas, , ratificado por un epílogo en MP en el que se nos da cuenta del destino vital de los protagonistas de VR.

La prosa exaltada y vitalista, satírica y autorreferencial, a menudo coloquial que subyace a sendos títulos, sigue la estela del humor un tanto histriónico de su compatriota Labou Tanse en “El antepueblo”. Ácido e inmisericorde, Mabanckou acaricia a veces lo truculento cuando no directamente lo escatológico sazonado con lo picantón, con pasajes emparentados con la estética del Passolini de “Decamerón” y de “Los cuentos de Canterbury”. En MP: “(…) y estrechaba al joven, y con un gesto repentino metía la mano entre las piernas del doncel, le atrapaba las partes íntimas y exclamaba “dios mío, tu sí que estás bien armado…”. En VR “rájate, rájate, nulidad, te vas a rajar, ni siquiera sabes mear, rájate, yo todavía tengo litros en mi tanque (…), así gritaba Grifona, a lo que el tío contestó “mea y calla, cacho foca, los verdaderos maestros no hablan, por qué voy a decir adiós y gracias, nunca, nunca en la vida, eres tú la que se va a rajar Grifona y voy a follarte”. En MP: “(…) contuvo la respiración, empujó y empujó, hubo un ruido de pedo, una nuez de palma se le escapó del ano, la cogió…”

Semejante inclinación por lo prosaico se compensa con el sinnúmero de referencias literarias que culebrean por sendos textos, tanto de raíz africana como de otros continentes. En VR: “La Catedral, un bar camerunés”, en referencia a “Conversaciones en la Catedral”, de Vargas Llosa; “dime, dónde se ha visto en este mundo en que todo se desmorona”, en referencia a la obra capital de Chinua Achebe; “dijo que parecía un marinero que perdió la gracia del mar”, en referencia a la nouvelle de Mishima; “no hay que mezclar los difuntos aunque todos los muertos tengan la misma piel”, en referencia a la novela de Boris Vian; “adentrarme en el pueblo de Macondo, vivir en él cien años de soledad”, en referencia a García Márquez, y, entre muchas otras “y entraba en calor con el fuego de los orígenes”, en referencia a “El fuego de los orígenes”, de Emmanuel Dongala. A parte de estas menciones explícitas, también hay un puñado de insinuaciones más o menos veladas que parecen rendir homenaje a ideas o pensamientos, esta vez, con sede en el corazón de la negritud: “lo esencial es que me acomode como pueda a este avatar de una versión fracasada del paraíso, ya no sé qué poeta negro-africano dijo cosas así, sin duda un tío cuyos versos hoy muchos de los nuevos poetas sin talento se las ingenian para copiar, pobres epígonos desamparados”. En MP, aunque en menor medida, Mabanckou prosigue rindiendo homenaje a influencias y referentes: “nuestro joven letrado hablaba también de otro viejo que leía novelas de amor…”. En referencia a la nouvelle más conocida del chileno Luis Sepúlveda, o “ese desdichado coronel que vivía en la indigencia con su esposa enferma y su gallo de combate”, en referencia a “El coronel no tiene quien le escriba”, nuevamente refiriéndose al Nobel colombiano.

Aunque Vaso Roto se presenta ante lector como un mero aficionado a la literatura, ello no es óbice para tejer toda una ristra de elementos metaliterarios que, más que caracterizar al protagonista, sugieren el abanico de gustos y tendencias que configuran la concepción de la literatura del propio Mabanckou: “(…) y no voy a volver al tema porque, incluso borracho, no soporto las repeticiones inútiles ni la paja como hacen ciertos escritores que tienen fama de ser unos parlanchines de mucho cuidado y que te venden la misma copla en cada uno de sus libros haciéndote creer que crean un universo…”, o “(…) y estoy sentado en mi rincón desde las cinco de la mañana, observo con un poco más de distancia los hechos, sólo así podré relatarlos mejor, y hace cuatro o cinco días que terminé la primera parte de este cuaderno, sonrío después de leer algunas páginas…”, o “(…) y cuando me encontraba en este bar que todavía amo y siempre amaré, miraba, observaba, almacenaba los hechos y gestas de todo el mundo, por eso debo explicar con más precisión el porqué de este cuaderno, sí, precisar en qué circunstancias y cómo el Caracol tozudo me obligó moralmente a escribir…”

Por medio de una voz narrativa que parece ir dando tumbos convulsivamente, el autor halla ante sí un terreno fértil donde medran un conjunto de temáticas harto visitadas por la literatura africana que, si bien tratadas con cierta ligereza, resultan más que satisfactorias por cuanto tiene de didáctico para el lector profano. La crítica al colonialismo, por ejemplo, se expresa de diferentes formas en VR: “(…) comenzó criticando [el presidente de la República del Congo] a los países europeos que nos la habían pegado con lo del sol de las independencias mientras que aún seguimos dependientes de ellos, puesto que todavía hay avenidas del General de Gaulle… porque explotan nuestro petróleo y nos ocultan sus ideas, porque explotan nuestra madera para pasar bien el invierno…”; o, en voz de Vaso Roto: “y me resbala también el mapa de nuestro país, porque este es un país de mierda, son fronteras que heredamos cuando los blancos se repartieron el pastel colonial en Berlín, de modo que este país ni siquiera existe, es una reserva con ganado que muere debido a la hambruna”. En MP, Mabanckou arremete contra los antropólogos europeos que se plantaban en el continente con la pose aséptica de un entomólogo que examina un raro espécimen, a la espera de que aconteciera aquello que buscaban sin que les importara un comino el resto, entiéndase la vida cotidiana: “vinieron unos blancos a observar esta práctica [un ritual de sepultura] con vistas a contarla en un libro”.

Como puede observarse, Mabanckou antepone la mayoría de las veces el descalificativo “mierda” o similares al mencionar su país, al que no le prodiga precisamente una mirada condescendiente. Escribe en VR: “porque en nuestro país tenemos petróleo a porrillos pero no ideas” o “me dije que este país está sumido en una mierda total”. Asimismo, denuncia la abusiva burocracia, una avalancha de documentos ridículos, que se le exige al Caracol Tozudo para abrir las puertas de su bar. Más adelante: “porque las pensiones en este puto país nuestro son una mierda total, un desbarajuste, una ruina, no son fiables, te tocan por casualidad como la lotería, y hay que tener enchufes bien colocados en el Ministerio”. En estos comentarios está implícita la repulsa al gobierno y a su líder (Sassou Nguesso, cuyo nombre no menciona, pero que se sobreentiende por su descripción como presidente-general) que, pese a despotricar de los colonialistas, defender los derechos humanos, solemnizar la unidad nacional, etc. mantiene al país bajo el estado de sitio sin conatos de solventar las rencillas tribales, consolidar el pluripartidismo, promesas de cambios y reformas, sin cambiar al jefe de todo esto: “dijo que Dios estaba con nosotros, que nuestro país era eterno, al igual que él lo era.”

Ahora bien, si Vaso Roto no es condescendiente con su país, aun lo es menos con la sociedad que lo habita, arremetiendo de forma sustancial contra los estratos copados por sus propios colegas de oficio, como en VR: “(…) y le dije que en esta mierda de país, ahora todos se las dan de escritores cuando ni siquiera hay vida detrás de las palabras que escriben, le dije también que a menudo veía en la tele de un bar… a algunos de estos escritores que llevan corbata, traje, fulares rojo eléctrico… que posan en las fotos con aires de tener toda su obra a sus espaldas, como si quisieran que no se hable más que de su ombligo grande…”. O, “a partir de aquella época empecé a odiar a los intelectuales de todos los bandos porque con los intelectuales, siempre igual, mucho discutir y no proponen nada concreto al final…”. O, “(…) agregaron que eran unos imbéciles los que creían que el África negra había empezado con mal pie o que África rechazaba el desarrollo, y se disculparon por los errores de la Historia, especialmente la trata de negros, la colonización, los choques de las independencias y todas las gilipolleces de este tipo que ciertos negros integristas han transformado en su principal negocio…”. Mabanckou dispara dardos en todas direcciones, también hacia los intelectuales formados en Europa que con no menos indignación retrató Frantz Fanon (5). En MP, el autor congoleño esgrime la ficción como un arma arrojadiza y, a través del puercoespín, decide liquidar al redicho Amedée, estereotipo de intelectual pernicioso, con independencia de que éste eche pestes del tratado de antropología cultural elaborado por el contingente de investigadores blancos al que nos hemos referido antes: “(…) es un libro vergonzoso, es un libro humillante para las sociedades africanas, es una sarta de embustes por parte de un grupo de europeos en busca del exotismo que desean que los negritos continúen vistiéndose con pieles de leopardo y viviendo entre los árboles”. Igual que el detective barcelonés Pepe Carvalho, que arrojaba al fuego las novelas que se le antojaban deleznables, el puercoespín actúa como brazo ejecutor no sólo de Kibandi, sino del autor de la novela.

Fulminados los intelectuales, en VR Mabanckou pone el acento en la masiva adscripción del vulgo a las iglesias pentecostales: “te digo yo que se fornica a lo bestia en esas iglesias del barrio, no hay mejor lugar para las orgías, los despelotes, no hay mejor lugar que esas falsas casas de Dios en las que pululan de aquí para allá, todo el mundo lo sabe, hasta los del gobierno, algunos de ellos incluso financian esas casas de fornicación, pero no son iglesias de verdad, qué va, las regentan unos iluminados de cabezas rapadas que utilizan, desnaturalizan, revisan, mancillan, pringan, ultrajan, profanan la Biblia de Jerusalén y arman verdaderos desmadres de piernas al aire con los fieles, hombres o mujeres, sí, en esas iglesias también hay maricones, pedófilos, zoófitos, lesbianas, y se fornica entre dos rezos, entre dos avemarías…” . Y, desde la imputación a las iglesias pentecostales por hacer de la perversión moneda de cambio y propagar bulos acerca de sus milagros, Vaso Roto lanza una ofensiva contra la matriz del cristianismo, al que reprocha la depauperación de sus valores, el insultante incumplimiento de la sociedad y la institución eclesial a los Diez Mandamientos, la negligencia de los propios curas, así como el hecho inaceptable de que (VR) “ no hay angelitos negros en el Libro Sagrado, y cuando salen unos pocos negros deambulando en ese tocho, siempre aparecen entre dos versos satánicos, suelen ser diablos, personajes oscuros…”. En MP, dice el puercoespín: “(…) sé que los humanos tienen la costumbre, ellos, de poner en juego la cabeza de los difuntos o convocar a su Dios que nunca han visto y que adoran a ojos cerrados, consagran su existencia a leer Sus palabras relatadas en un libro gordo que los hombres de piel blanca trajeron aquí en la época remota en que los habitantes de este país se cubrían el ridículo sexo…”. Semejante posicionamiento presenta VR hacia la ciencia: “[estaba] viendo girar la Tierra alrededor de sí misma y del Sol aunque jamás haya creído en esas teorías de mierda que repetía a mis alumnos… y digo que la Tierra es plana (…). Y, combinando su repudio a los intelectuales formados en Europa que abandonan sus credos consustanciales, dice el puercoespín: “(…) esos hombres que van a Europa, por los pinchos de un puercoespín, se vuelven tan cortitos que estiman que las historias de dobles no existen más que en las novelas africanas, y eso les divierte en vez de invitarlos a la reflexión, prefieren razonar bajo la protección de la ciencia de los blancos, y han aprendido razonamientos que les hacen decir que cada fenómeno tiene una explicación científica…”. Mabanckou transmite, en síntesis que, para ser una cultura importada presuntamente superior, está llena de deformaciones y vías de agua, y no de la certeza indiscutible necesaria para suplantar al conjunto de creencias tradicionales.

¿Significa todo esto que el autor congoleño se declara en defensa de las creencias tradicionales? En VR, Mabanckou sobrevuela esta cuestión contraponiendo los dos elementos clave en liza: que de curanderos, brujos, hechiceros o fetichistas abundan estafadores y honrados a partes iguales, del mismo modo que estas categorías pueden aplicarse a médicos, jueces y policías cuyo “ethos” puede desencadenar consecuencias felices o funestas para quien depende de sus diagnósticos, dictámenes o diligencia, y no por ello se cuestiona su existencia misma. En MP, sin embargo, tal debate sustenta enteramente la plataforma sobre la que descansa la narración y, más que una parodia, puede interpretarse como una reivindicación de la tradición propia frente a la imposición colonial: “(…) siempre he sostenido que los hombres no tienen el monopolio del pensamiento, además los habitantes de Seketembe afirman que los fantasmas también reflexionan puesto que regresan para espantar a los vivos”. Al mismo tiempo, parece que Mabanckou no pueda reprimir sus dudas o incluso su desconcierto. Por un lado aparecen este tipo de reivindicaciones, y por otro, el puercoespín recela de aspectos como la vida después de la muerte y otros elementos que, en teoría, estarían contenidos en el paquete de credos inherentes a su estatus de doble nocivo. Ello tampoco tiene porqué ser tanto un factor negativo como una estrategia que desestimaría posicionamientos taxativos y apostaría por la gama de grises para afrontar y resolver los problemas que se plantea.

El debate en torno al divorcio entre ciencia (incluyendo en este saco a la medicina occidental) y tradición popular (curandería, etc.) representa un lugar común en la literatura africana del siglo XX y la que llevamos del XXI. Sin embargo, en las dos últimas décadas, tal controversia se ha revitalizado notablemente debido a unas constataciones que han derrumbado lo que parecía la inevitable culminación de la occidentalización de África. Como comenta Ferran Iniesta (6) “En la actualidad el marco ha cambiado, ya que más de doce años de viraje democratizador, acompañado de una implantación generalizada de los Programas de Ajuste Estructural, no permiten atisbar que la nueva solución sea la panacea deseada. Precisamente, el escaso éxito del modelo único en economía y política ha rebajado la audiencia de los críticos de las tradiciones y ha reactivado nuevas plumas universitarias de marcada tendencia tradicional”. En efecto, se han puesto en marcha modelos sociales pre-coloniales (tribales, clánicos, organizaciones sociales donde anida por excelencia la tradición popular), tales como el caso de Mozambique (7), con la implantación de una ley en 2000 que integra la autoridad tradicional dentro del Estado, algo parecido ha sucedido en la Uganda de Museveni, o en Camerún con la legitimación del culto del Mbog. Que la ejecución de estas medidas “re-consuetudinarias” haya sido encajada con normalidad, sobre todo en los sectores sociales que las reivindicaban, abre la puerta a la legitimación de prácticas terapéuticas desdeñadas por la medicina occidental. Porque también ésta, representada en buena parte por la industria farmacéutica, y, en consecuencia, supeditada a criterios mercantiles, ha corrido parecida suerte al modelo económico único. Su actividad no se ha podido desarrollar en un mercado que no puede asumir el elevado coste de sus productos, mientras que la curandería tradicional sí. En síntesis, el positivismo occidental viene perdiendo enteros ante la sabiduría ancestral.

Visto el “mundus imaginalis” desde una perspectiva estrictamente literaria, viene a colación la vieja cuestión de la idoneidad del realismo mágico como género. Cuando García Márquez, al que se le otorga el mérito de refundar y consagrar este género (su bibliografía aparece citada casi al completo en la obra de Mabanckou), declaró que no escribía realismo mágico, sino realismo a secas, puesto que cuanto relataba, aseguró, sucedía en el plano material de la realidad, sus palabras fueron interpretadas como una ocurrencia más que se añadía a las muchas a las que, en parte por modestia y en parte por su inclinación a la broma, tenía acostumbrados a público y periodistas (8). Aquí sucede algo parecido. Las creencias tradicionales forman parte de la Realidad de los congoleños y de una buena parte de los ciudadanos africanos, luego su plasmación literaria no tiene tanto de fabulación o inventiva como de testimonio fidedigno de unos hechos a los que la sociedad occidental, racionalista y descreída, endosa el sambenito de sobrenatural, esotérico, etc; en todo caso, coto exclusivo de la ficción y producto natural del exotismo. Cuenta Mabanckou en MP: “Amedeé narraba pues a esas pobres muchachas el infortunio de un viejo que iba a pescar en alta mar y que debía luchar solo contra un pez gordo [“El viejo y el mar”, de Hemingway), ese pez era a mi parecer un doble nocivo de un pescador que envidiaba al viejo su experiencia, nuestro joven letrado hablaba también de otro viejo que leía novelas de amor y que iba a ayudar a un pueblo a neutralizar una fiera que sembraba el terror en toda la región, estoy seguro de que esa fiera era el doble nocivo de un aldeano de ese país lejano, Amedeé también les contó en varias ocasiones la historia de un chaval que se desplazaba sobre una alfombra mágica, un patriarca que creó un pueblo llamado Macondo y cuya descendencia iba a caer en una especie de maldición, nacer medio hombre y medio animal, con hocicos, colas de cerdo, estoy convencido de que se trataría también de historias de dobles nocivos, y, por lo que recuerdo, contaba las aventuras de un tío raro que combatía todo el rato contra molinos de viento…”. En este elocuente pasaje, Mabanckou logra, desde mi punto de vista, desencallar este debate al realizar una rápida panorámica de este supuesto realismo mágico presente en obras universales de todos los tiempos, estableciendo una analogía con el doble nocivo, lo cual viene a confirmar que tal realismo mágico no es privativo de la literatura sudamericana ni africana, esto es, de “las sociedades descolgadas del progreso”, sino de la occidental también, y por extensión del ser humano allí donde se encuentre.

Aun así, huelga confesar que no hemos sabido dilucidar si la tradición en la que se funda Mabanckou bebe de fuentes contrastadas, es ficticia, o supone una adaptación singular concebida ad hoc para su novela. Al margen de esto, vale la pena apuntar que el sistema de dobles que establece, parece ser fruto de un híbrido resultante de la cultura tradicional y del cristianismo. En teoría, como sucede en la mayoría de creencias populares, el binomio doble pacífico-doble nocivo debería estar concentrado en un solo ente que aglutinaría simultáneamente el bien y el mal, sin que ello invalide la manifestación de una o de otra, su alternancia o su coincidencia. Tal es el caso del dualismo de los jinns en el islam, de los dáimones en el pre-cristianismo europeo, del chi en la mitología igbo, o de la filosofía oriental del ying y el yang. Desde este punto de vista, resulta incoherente que el puercoespín, en su condición de doble nocivo, se deprima a consecuencia de sus horrendos actos y padezca remordimientos de conciencia. Ello sería más propio de un chi, de un jinn, o de un daimon, cuya parte benigna operaría como un azote de la maligna. Ello es más fácil de comprender desde el cristianismo, que polarizó los dáimones despojándolos de su ambivalencia, creando ángeles (doble pacífico) y demonios (doble-nocivo). Es en este sentido que sostengo que la estructura de Mabanckou sintetiza la polarización cristiana con la tradición congoleña.

Todo esto se esfuma en “Black Bazar” (BB), donde Mabanckou abandona territorio africano y su cartografía particular (el barrio Trescientos, el río Tchinouka) y traslada la acción a la capital francesa. Asimismo reemplaza su prosa “espontánea” privada de puntos, mayúsculas y diálogos entrecomillados, por una factura convencional, aunque sin menoscabo de su marchamo coloquial, refractario de toda ínfula de intelectualidad: “Escribo tal como vivo, me voy por los cerros de Mayombe para luego volver al grano, eso también es vivir, por si no lo sabes”. El protagonista, al que apodan el culólogo, dada su obsesión en lo que llama la “cara B” de las féminas, reúne rasgos de los protagonistas anteriores. Aficionado a la escritura, frecuenta un bar donde intercambia alegrías y penurias con sus coterráneos marfileños, gaboneses, cameruneses. En consonancia con su afiliación al BOMBE (Basca en la Onda de la Movida Bacilona y Elegante) (9), es un sujeto deslumbrado por la ropa, cuidadoso hasta el extremo con el corte de sus trajes, corbatas y calzado inglés. Tras arrastrar una vida de soltero entregada a la contemplación de las mujeres, entabla relación con Color de Origen, una francesa de origen africano, y se aloja en su casa. La relación no prospera pese al nacimiento de una criatura. La mujer lo abandona por un músico de tam-tam, que resulta ser un primo, y los tres se marchan a Brazzaville.

Nos topamos nuevamente con un personaje lastrado por la pena del abandono que no acaba de entender los motivos que han precipitado la separación. El lector sí que se hace a la idea pues, pese a estar enamorado de Color de Origen, lo que el personaje nos refiere de ella se reduce a las curvas de su silueta, al volumen de sus senos, a su sensualidad y a un burdo erotismo (“Yo estaba feliz, había encontrado en Color de Origen el trasero de mis sueños, estaba como un niño con zapatos nuevos…), pero no desvela nada de su interior, el cual se intuye al ser ésta quien lo expulsa de su vida, hastiada de tanta vacuidad enfundada en un maniquí masculino de cartón piedra. Como Vaso Roto, el “sapeur” de BB ahoga sus penas en el alcohol y busca la salvación en la escritura. Se comporta como un gallito de corral, y al mismo, aguijoneado por su orgullo herido, se avergüenza de su situación y la esconde, mientras maldice al músico que le ha levantado a su ex y a su hija, sin hacer por supuesto un solo amago de autocrítica: “Aquel trovador congoleño no me llega a la suela del zapato, aun menos al talón de Aquiles. ¿Tiene un bigote como yo…? ¿Ha llevado zapatos Weston en la vida? ¿Sabe anudarse una corbata de seda?…¡NO, NO, Y REQUETENÓ”, reafirmación que recuerda al sulfurado zapatero remendón que protagoniza la canción “Joaquin el necio”, de Albert Pla”. En medio de un bar, luego de cercenar el miembro del hombre que ha robado el corazón de su esposa pensando que ese era el motivo capital, pregunta lleno de asombro a la concurrencia qué otra cosa que no sea el tamaño de la verga puede haberla persuadido, a lo que los parroquianos espetan al son de rumba catalana: “Porque el negro es mejor que tu, no tiene malicia ni mal corazón, el negro es mejor que tú, es más bondadoso y trabajador…lolai lolai”.

Sólo a veces este personaje inmaduro da muestras de tener algo más que serrín en la cabeza para desvelar una dimensión más profunda. Desde París, África será siempre evocada con una pizca de melancolía, invocando el recuerdo de sus seres queridos, de su infancia y juventud como estibador, del parecido que guarda con su padre, de su abuela Henriette, cuyo nombre pone a su hija. Pero de inmediato, como si despertase de un embrujo, vuelve a las andadas para confirmar que los machitos nunca flaquean: “El caso es que yo también estoy lejos de mi país, me siento en el exilio, ¿me voy a pasar la vida llorando por ello?”, y ratifica su voluntad de no regresar jamás, contradiciendo ese viejo dicho universal de que todo individuo volverá a su tierra ni que sea para hallar sepultura: “En la vida nunca hay que volver a la casilla de salida”. Ahora bien, dado su espíritu contradictorio, el protagonista también sabe flagelarse, aunque sea saliendo por la tangente: “Me di cuenta de que la deserción es hereditaria en mi familia puesto que yo también huí de las obligaciones en mi país de origen. A mí las armas etcétera no me van…”.

Si VR y MP estaban plagadas de referencias literarias, en BB vuelven a menudear, incluso a repetirse (Sepúlveda, Hemingway, Anta Diop, Soyinka, etc.). Tampoco faltan notas autorreferenciales que retrotraen a novelas anteriores: “Pero ¿hay al menos en esas historias tuyas un borracho que va al país de los muertos para encontrarse con su recolector de vino de palma fallecido accidentalmente al pie de una palmera?”, en referencia a una de las víctimas del puercoespín ordenadas por su amo Kibandi, que rinde a su vez homenaje a la obra de Amos Tutuola. Ni escasean los apuntes metaliterarios del tipo “debo saber organizar mis ideas en vez de escribir bajo el impulso de la rabia y la amargura”. Sin embargo, todos estos elementos quedan ensombrecidos por la cascada de menciones a músicos africanos (Papa Wemba, Koffi Olomidé, J.B. Mpiana, Werra, Lokua Kanza, Ray Lema, Richard Bona, Manu Dibango, etc.) y a algún afroamericano (Miles Davis,), recurso que confiere a la novela un efecto envolvente como un hilo musical cuyo volumen, cuando asciende, adquiere el rango de banda sonora.

Sin duda, uno de los temas más recurrentes y mejor tratados en BB es el así llamado fenómeno de la inmigración y su repercusión en la sociedad francesa (“No soy yo el que hace más hondo el agujero de la Seguridad Social”). Desde la nostalgia del migrante (“escuchamos música de nuestro país de origen para olvidar un poco los agobios de la vida cotidiana”), la cambiante configuración social ([Dicho por un marroquí]:“Es esto la mundialización: chinos y paquis, en cada tramo de calle…lo compran todo…”), la xenofobia, incluso la de los propios inmigrantes, pero sin olvidar la de los franceses, la consecución clandestina de documentos para estar en regla, las miserias de los “banlieue”, etc. Y, como colofón, Mabanckou diseña a su medida un estereotipo personificado en Hipócrates, un vecino antillano que parece haber olvidado sus orígenes africanos. Como muestra de gratitud ilimitada a su país de acogida, Hipócrates despotrica contra los nuevos inmigrantes, negros incluidos, y hasta reniega de los opositores de la colonización, a la que colma de méritos y maravillas y considera como la llave africana para la civilización. En cualquier caso, el abordaje de la inmigración denota la permeabilidad de la prosa de Mabanckou ante el entorno inmediato.

El colonialismo y la xenofobia detentan el dudoso honor de haber inyectado un complejo de inferioridad en aquellos que se encontraban y se encuentran en el bando de los subyugados. Se supone que persiguiendo una merecida redención, Mabanckou aborda este complejo desde varios puntos de vista. Con ironía: “[Los blancos, los occidentales] Han nacido para ello, se les ha educado para ello, mientras que a nosotros los negratas no nos da por la vena de la escritura. A nosotros nos va la oralidad de los antepasados, a nosotros nos van los cuentos de la sabana y la selva, las aventuras de… que se cuentan a los niños alrededor de una hoguera que crepita al ritmo de tam-tam”. Con venganza: mientras alguno de los personajes de BB admiran a la mujer blanca como un objeto de deseo inalcanzable, uno de ellos sólo piensa en conquistarlas y “perforarlas” como compensación a la vejación que acompañó a la colonización. Con autocrítica, del derecho y del revés. En VR: “esas viciosas que se blanquean la piel, esas deslenguadas que se desrizan el pelo para parecerse a las blancas cuando ahora hay blancas que se hacen trenzas para parecerse a las negras”. En BB, tanto el protagonista como su mujer pretenden obtener ingresos de la venta de productos blanqueadores, basculando así Mabanckou de la posición crítica a la frivolidad: “Como se codeaba con ellas [Color de Origen] , se introdujo en la rama de aquellas mujeres que importaban productos para desnegrificar desde su país de origen.”

Probablemente la condición de exiliado justifique que temas tratados superficialmente en las novelas anteriores, como la política errática jalonada de dictadorzuelos militares y enfrentamientos fácticos que sucedió a la independencia, o el legado del colonialismo, puedan ser atendidos en BB con mayor detalle y amplitud. Igual que en el caso de la inmigración, Mabanckou aborda estos temas confrontando dos opiniones antagónicas, casi excluyentes. Una recae sobre el protagonista y la otra, la más radical y cercana al pensamiento europeo, sobre su irascible vecino Hipócrates. Y, quizás la destreza de Mabanckou yace en su celo de impedir que tras esos diálogos prevalezca una verdad sobre otra, y de reflejar su postura subliminalmente, con el objeto de enfatizar las contradicciones intrínsecas que pesan sobre cualquiera de las dos, permitiendo así que el lector pueda labrarse una opinión más o menos fundamentada y libre. No obstante, nada de esto caracteriza tanto la narrativa de Alain Mabanckou como la soledad y el desánimo que laceran el alma de un hombre que ha perdido a su amada o que todavía no la ha encontrado. La Diabólica, Color de Origen son apelativos más o menos despectivos que retratan el resquemor de los protagonistas tras ser abandonados, y una inseguridad manifiesta hacia la mujer, la idea de pareja o el amor conyugal. Por todo esto creo que por encima de todos los aspectos que hemos tratado, la narrativa de Alain Mabanckou es un literatura del desamor, y la escritura su asidero mientras persiste el temporal.

NOTAS
(1) Para más información bio/bibliográfica, véase la web del autor: http://www.alainmabanckou.net/
(2) Estos y otros poemas pueden encontrarse en http://jstheater.blogspot.com/2007/04/poem-alain-mabanckou.html ; http://www.paperblog.fr/3916050/je-marcherai-alain-mabanckou/. Traducción de Abdel-latif Bilal Ibn Samar
(3) “Et Dieu seul sait comment je dors” (Présence africaine, 2001), “Les petits-fils nègres de Vercingétorix” (Le Serpent à plumes, 2002), “African psycho” (Le Serpent à plumes, 2003)
(4) El sello editorial Alpha Decay ha publicado las tres novelas de Mabanckou que pueden encontrarse en las librerías: http://www.alphadecay.org/coleccion/alfaneque/
(5) Frantz Fanon, “Los condenados de la tierra”. Fondo de Cultura Económica, 2007.
(6) Ferran Iniesta, “La batalla por el pensamiento tradicional en el África negra”. Mundos Africanos. Colección Urbanidades Digitales, 2002)
(7) Ferran Iniesta, “1983-2006: nuevos tiempos, nuevas miradas. Fracaso moderno en el África negra. Tradición y Estado en los años de la globalización”. Fundación CIDOB, 2006
(8) “Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba. Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza”. pp. 49: “La vida cotidiana en América Latina está llena de cosas extraordinarias”.
(9) El BOMBE es una variación de un movimiento real, el SAPE, Sociedad de Ambientadores y Personas Elegantes, que tiene su origen en las dos orillas del río Congo. Inspirados en la elegancia francesa, los miembros del SAPE/BOMBE cuidan su look de difentes modos: zapatos blancos, tirantes, fulares, faldas escocesas. Son individuos admirados por los niños e invitados de lujo en fiestas y toda clase de actos sociales. La organización también admite mujeres. En “Gentlemen of Bacongo” editado por Trolley Books, el fotógrafo italiano Daniele Tamagni ha retratado ampliamente las tendencias de este movimiento.

* Oscar Escudero es miembro del equipo de redacción de Africaneando.

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