Democracia y paradoja en Zimbabwe: Lecciones de los sistemas tradicionales de gobierno

Munamato Chemhuru*
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Introducción

Tanto para Zimbabwe como para África en general, la experiencia tras la independencia, bajo el paraguas de la democracia liberal, no ha sido un camino de rosas. Con esta premisa, en este escrito mostraremos que si Zimbabwe pretende escapar de sus actuales problemas sociopolíticos y económicos y, sobre todo, de su vacío democrático, es necesario revisar los sistemas tradicionales de gobierno autóctonos, así como la democracia de consenso sin partidos. Chemhuru (2004) señaló la posibilidad de transformarse y acoplarse a la herencia democrática de África como la única solución que podría ayudar a las sociedades multiculturales africanas a escapar de los modelos vigentes de la democracia, que en general son deficientes. De acuerdo con este argumento, en lugar de inspirarse en los principios liberales democráticos modernos que arremeten contra la autocracia, la violencia y el fraude electoral, así como el odio y la acritud entre gobernantes, políticos y el pueblo en general, este trabajo aboga por un retorno al pasado, aunque suela considerarse comúnmente como un anacronismo en la solución de los actuales problemas sociopolíticos y económicos. Como observa Wamba-dia-Wamba (1992:32), los africanos “debemos alejarnos del proceso, alejarnos de la sociedad tradicional e interiorizar el Estado colonial”. En este sentido, rechazar los sistemas tradicionales de gestión en detrimento de los principios democráticos liberales no es la mejor ruta a seguir por parte de la actual paradoja democrática de Zimbabwe.

En primer lugar, vamos a explorar el concepto de democracia, tanto desde el enfoque histórico, como desde el fenomenológico y hermenéutico. Trazaremos el origen histórico y etimológico del término “democracia”, y lo situaremos en el contexto de cómo se percibe y se practica actualmente en Zimbabwe. Se trata de llegar a una comprensión práctica de este concepto, de manera que podamos diseñar su geografía lógica, y en especial cómo la democracia liberal ha sido entendida y practicada en el contexto de Zimbabwe.

En segundo lugar, el artículo examina la viabilidad de los principios más importantes del sistema de valores de la democracia de Zimbabwe y de África en general, especialmente a la luz de la filosofía del liberalismo en contraste con el enfoque comunitario de la vida local. El argumento esgrimido aquí es que, por lo general, la filosofía del liberalismo es ajena al modo de vida social, político y económico de la región. Se examinan en esta sección la colisión de los valores libre y libertad, orden e igualdad (que forman parte del esquema democrático liberal) con el sistema de valores políticos de Zimbabwe para concluir que es fundamentalmente errónea la idea de que los principios democráticos liberales son la respuesta a los problemas sociopolíticos de Zimbabwe.

En tercer lugar, el documento sostiene que aunque es difícil imaginar una justificación razonable para una defensa de los sistemas tradicionales de gobierno en los modernos estados-nación africanos como Zimbabwe, que claman por un lugar dentro de la aldea global, el consenso sigue siendo todavía una de las herramientas políticas más importantes que podrían utilizarse en la reparación de grietas y lagunas democráticas generadas en el período posterior a la independencia, sobre todo desde el año 2000 hasta la actualidad. Por lo tanto, es razonable acogerse al argumento de Chemhuru (2004:02) según el cual la “salvación política de África, si alguna vez debe consumarse, se verá reforzada en un entorno de democracia consensual sin partidos”. Esta tesis se basa principalmente en la realidad existencial de la política y de la situación democrática desarrollada en Zimbabwe en la era post independiente, bajo el pretexto de los valores democráticos liberales.

En definitiva, la tesis del artículo es que, a diferencia del sistema multipartidista de elecciones democráticas que descansa principalmente sobre valores democráticos liberales, el cual ha avivado la violencia electoral y las protestas contra las elecciones libres, los conflictos y el odio entre los personas que tienen distintas opiniones políticas, la democracia consensual sin partidos, es decir, un sistema tradicional de gobierno, sigue siendo una de las panaceas a estos desafíos, ya que mejora la interacción social, como indica el filósofo de Ghana Kwasi Wiredu (1996:182), quien argumentó que “cuando el consenso caracteriza las decisiones políticas en África, es signo de un acercamiento a la interacción social.” Por consiguiente, este trabajo defiende la democracia consensual sin partidos, un sistema viable de gobierno para la mayoría de las sociedades tradicionales africanas, como la mejor manera de ayudar a Zimbabwe de salir de su pseudoparadoja democrática. En resumen, este trabajo es el punto culminante de la inspiración en la obra filosófica del profesor Kwasi Wiredu.

Entender la democracia

La voz “democracia” significa cosas diferentes para diferentes personas. Es una palabra que con el tiempo y la historia ha cambiado su sentido en más de una ocasión y en más de una dirección. Tal vez sea importante obtener una apreciación y un significado del concepto de democracia antes de cualquier intento de examinar sus experiencias en el contexto de Zimbabwe. La democracia parece haber sido un concepto muy controvertido en este país. Hay diferentes nociones divergentes del concepto y la forma en que debería valorarse y aplicarse entre los diferentes individuos y las instituciones sociales, políticas y económicas locales. Al mismo tiempo, es la forma de gobierno a la que pretenden o aspiran la mayoría de políticos de todo el mundo, incluidos los déspotas.

En los antiguos estados griegos como Atenas, la democracia era una práctica a través de la cual sólo los ciudadanos varones (es decir, excluyendo a mujeres, niños, esclavos y extranjeros) podían reunirse, discutir y deliberar sobre cuestiones que afectaban a la humanidad. Desde esta perspectiva, la democracia parece un término muy complejo. Sin embargo, es necesario entenderla con claridad, ya que si la democracia no está bien definida y comprendida, como señala McGowan (1991:21) la gente vive en una inextricable confusión de ideas, para beneficio de demagogos y déspotas.

Desde su significado etimológico griego, “el gobierno del pueblo” [demos= pueblo; krátos= regla], la democracia parece simple y fácil de entender. En su discurso de Gettysburg, Abraham Lincoln la definió simplemente como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Así, hoy en día, en todo el mundo, la democracia es casi universalmente recomendada en todo tipo de contratos sociales, políticos y económicos, entre otros, al entenderse que es una buena forma de gobierno. Como señala Ouwaseyi (2009:14), “es evidente que hoy en día el sistema más popular de gobierno en el mundo es la democracia, a juzgar por su amplia aceptación y las pretensiones que le han asignado los que en realidad son renuentes a su principios. La razón de esto radica en el hecho de que ser democrático hoy significa ser bueno y admisible en el comité de naciones en comparación con el aislamiento impuesto a los regímenes considerados despóticos.”

Aunque la democracia parece ser un sistema de gobierno universalmente recomendado en el mundo actual, sigue siendo todavía uno de los conceptos fuertemente impugnados en África, particularmente en Zimbabwe. En su discurso de la ceremonia de la firma del Memorando de Entendimiento entre el ZANU-PF y las dos formaciones del MDC, del 15 de septiembre de 2008, Robert Mugabe, uno de los principales actores políticos después de la independencia, se hizo eco del sentimiento de que “la democracia es una propuesta muy diferente” no sólo para Zimbabwe, sino para el conjunto del continente africano. Dio a entender que, en ocasiones, ciertos principios de la democracia liberal no pueden ser compatibles con el sistema de valores africanos. Para Falaiye (1998:97), un problema de fondo derivado del uso elástico del concepto es el problema de la definición. Es bastante complejo debido a sus implicaciones prácticas en un contrato social, como por ejemplo el que implica el de Mugabe (Ibíd.).

La democracia parece un concepto multifacético cuya práctica y promoción a veces puede ser diferente en función de los estados-nación. Conceptos como libertad, orden, derechos humanos e igualdad, entre otros, forman parte de la agenda democrática y del discurso de tal manera que ha sido más fácil decirlo que hacerlo para valorarlo universalmente. Según Janda et al (2001:05), “la mayoría de los gobiernos reivindican al menos preservar la libertad individual, mientras mantienen el orden, aunque varían ampliamente en la medida en que tienen éxito. Pocos gobiernos aún profesan garantizar la igualdad, y los gobiernos difieren en gran medida en las políticas que enfrentan la igualdad contra la libertad”. En este contexto, por lo tanto, esta es la razón que explica por qué a veces la aplicación de los ideales de la democracia puede ser relativa, dependiendo de la naturaleza del contrato social de la institución, especialmente de su constitución.

Según Adediran (1996:47) “la promoción, la práctica y las vicisitudes de la democracia en diferentes partes del mundo la han expuesto a una definición borrosa y a diversas formas de interpretación.” Tal vez esta es la razón por la que Hardin (1990:185) piensa que la democracia no se puede limitar necesariamente a un gobierno de mayoría. (Véase también Macpherson, 1966). Este es el mismo dilema con el que la democracia se ha enfrentado en Zimbabwe en la era posterior a la independencia. Mientras que algunos políticos nacionales como Mugabe, por ejemplo, se jactan de haber promovido la democracia, la libertad, la igualdad, la justicia y el gobierno de la mayoría, en el otro extremo también existe una protesta de los valedores de la democracia liberal occidental por la necesidad de apreciar las virtudes de la democracia como los derechos humanos, la igualdad, la justicia y el buen gobierno, entre otras virtudes políticas que deben ser intrínsecamente dignas y vinculantes para todas las naciones y los pueblos del mundo, sin distinción de raza, color o idioma. De ahí que la necesidad de revisar el concepto de la democracia en Zimbabwe con el fin de abogar por una democracia consensual sin partidos.

Liberalismo versus Comunitarismo

Como hemos visto, la noción de “democracia” es compleja y controvertida como lo son sus justificaciones e implicaciones prácticas en Zimbabwe. Como acertadamente sostiene Macpherson (1996: 01), “la democracia era una mala palabra. Lo que nadie sabía era que la democracia en su sentido original del gobierno del pueblo o gobierno de acuerdo con la voluntad de la mayoría de la gente sería una cosa negativa, horrible para la libertad individual y para todas las virtudes de la vida civilizada.” La idea aquí es que, a partir de su comprensión “lincoliana” como gobierno del pueblo, que es normalmente la mayoría, ya se puede observar que la democracia en esencia real no es compatible con la voluntad de todo el pueblo. La democracia, a veces, perjudica las libertades individuales, tanto de las minorías como de la mayoría. Aquí, la idea es que los principios democráticos que se basan en el la filosofía del liberalismo casi siempre son muy difícil que se adapten a las sociedades que son intrínsecamente comunitarias como Zimbabwe. En general, la cuestión de la viabilidad es también un obstáculo para la democratización de Zimbabwe y de África en general, de ahí la necesidad de revisar ciertos factores sociales, culturales, así como económicos que caracterizan a las sociedades tradicionales, a diferencia de pesimistas como Huntington (1968); Akindes (1996: 178-9), Huntington y Nelson (1997:114) y Gordon (1997:153), todos ellos del pensamiento que los factores culturales, económicos y sociales son un obstáculo para el proceso de democratización en África.

No hay consenso sobre si la democracia es compatible con Zimbabwe o incluso con otras experiencias de África en general. Si bien es comúnmente visto como una condición previa para el desarrollo del continente africano, Wamba-dia-Wamba (1994: 03) nos reta a examinar la cuestión de si la democracia puede ser considerada africana o bien como algo ajeno a África. Así, el escepticismo sigue caracterizando el aspecto de la democracia a la luz de su compatibilidad con los valores de Zimbabwe y de África en general, especialmente a la luz de la filosofía del liberalismo, que es uno de los pilares de la democracia.

Normalmente, la libertad individual, expresada a través de otras libertades como la de expresión, palabra, movimiento, asociación, igualdad, justicia y promoción de los derechos humanos individuales, entre otros, se considera los pilares de un sistema viable de democracia liberal. Sin embargo, un análisis de la constitución metafísica de la sociedad de Zimbabwe (y de África en general) demuestra que resulta muy difícil cultivar todas estas virtudes de la democracia sin el compromiso del sistema de valores autóctonos. Por ejemplo, esta es la razón por la que ha sido, y sigue siendo, muy difícil promover constituciones africanas que contemplen prácticas como el aborto, la homosexualidad y la pornografía, que se consideran admisibles en varias democracias liberales del mundo entero.

En general, las sociedades de Zimbabwe y otros países africanos dan prioridad ontológica a la sociedad, y no al individuo, por lo que puede ser muy difícil, si no imposible, inculcar el libre pensamiento, la mente abierta y, a veces, una cultura de la tolerancia como virtudes de la libertad que consagran la democracia. Más bien, visto de esa manera, la democracia tiende a ser atomizada en aras de la promoción del bienestar del individuo a expensas de la sociedad. Esto es contrario a la concepción africana de la persona como la entiende Mbiti (1969:106), quien argumentó que, para los africanos, “ocurra lo que le ocurra al individuo le ocurre a todo el grupo, y todo lo que le sucede al grupo le ocurre a la persona. El individuo sólo puede decir: Soy porque estamos y, como estamos, existo. Este es un punto cardinal en la comprensión del punto de vista africano del hombre.”

Esta concepción de la sociedad emana de la visión comunitaria de África del ser humano, donde la acción de una persona individual sólo puede ser entendida en el contexto de un entrecruzamiento de otros factores de su comunidad. (Ver Menkiti 2006 y 1984:172). En otras palabras, la democracia o la democracia liberal, tal como hoy la conocemos, no es compatible con Zimbabwe ni, incluso, con el estilo de vida africano. Para las sociedades tradicionales de Zimbabwe y África, el estatuto ontológico de la persona individual sólo puede entenderse en función de la comunidad. Como observa Ramose (1999:154), “ni el individuo ni la comunidad pueden definir y llevar a cabo sus objetivos respectivos, sin reconocer y establecer su mutua complementariedad.” Visto de esta manera, por lo tanto, la promoción de las libertades individuales favorecida por la noción de la democracia liberal puede no ser necesaria ni para Zimbabwe ni para el resto de África desde que se presupone que la comunidad va a salvaguardar la libertad en nombre del individuo. En otras palabras, la libertad entre los zimbabwenses y el común de los africanos no puede ser necesariamente para el individuo, sino más bien para toda la comunidad. Los zimbabwenses y las comunidades africanas en general dan prioridad a la libertad de toda la sociedad a expensas de la persona individual. Es, por tanto, evidente que el sistema político de valores de Zimbabwe y África contradice fuertemente, en particular, la idea de la democracia liberal, en general, la filosofía del liberalismo.

Si analizamos la espinosa cuestión de los derechos humanos en Zimbabwe y probablemente en otros estados africanos, por ejemplo, se hace evidente que los derechos humanos no existen necesariamente para el individuo, al contrario: los derechos existen para el conjunto de la comunidad. Al situar los derechos humanos en la cosmovisión africana, se hace evidente que la concepción occidental es más bien individualista y atómica y no comunitaria. Como apunta Zvobgo (1979:93), “Los derechos… no existen como un parte integral de la naturaleza humana. Surgen del destino vital de una persona en relación con la familia, los amigos, los grupos etno-lingüísticos y con la nación. Son accidentales, inevitables y necesarios, pero nunca un atributo del ser humano. Ningún derecho puede ejercerse sin contemplar la relación de unos con los otros.” Esta comprensión de los derechos humanos no tiene por qué anular cómo se entienden los derechos desde una perspectiva liberal occidental, en que un derecho es visto por Wiredu (1996:157) como una reclamación por parte de un individuo por el simple hecho de su condición de ser humano.

Democracia consensual sin partidos: Lecciones del Pasado

Aunque Wiredu (1996) admitió que es difícil imaginar tierras que sean fértiles para el cultivo de los sistemas tradicionales de gobierno en los modernos estados-nación africanos (como Zimbabwe), que reclaman un lugar dentro de la aldea global, el consenso sigue siendo todavía una de las más importantes panaceas políticas que podrían ser utilizadas en la construcción de espacios democráticos que se han creado en el Zimbabwe post independiente. El concepto de democracia está muy arraigado en la política del liberalismo, a la que es ajena no sólo la experiencia político-existencial de Zimbabwe, sino también excéntrica a la concepción del ser humano que encontramos en África, donde el individuo siempre es considerado desde un punto de vista comunitario, y no como una existencia ontológica individual dotada de razón, voluntad y deseo. Sin embargo, esto no es un argumento a favor del anacronismo. Tampoco es un ataque a la democracia liberal por el mero hecho de que sea ajena a las comunidades africanas. Véase Hinden (1963:03) y Legum (1986:177-9). La democracia consensual sin partidos merece una oportunidad en el terreno de la política de Zimbabwe dada su compatibilidad con su entorno sociopolítico, cultural e histórico, dado que la mayoría de las sociedades tradicionales de Zimbabwe y de África son básicamente de carácter comunitario, (Ver Mbiti: 1969 y Menkiti, IA, 2006), y las decisiones se obtienen por consenso. (Wiredu: 1996).

La democracia consensual sin partidos se ha utilizado en las sociedades tradicionales africanas con mucho éxito. En esencia, la democracia, en un entorno sin partidos, no es un fenómeno nuevo en África. Como observó Ilinga-Kobongo (1986: 35) “la democracia no es intrínsecamente ajena a África, ni a los africanos, ni a muchos sistemas tradicionales africanos, de hecho fue el principio político en torno al cual la vida evolucionó.” Básicamente, las decisiones en las sociedades africanas tradicionales se basaban en el acuerdo entre las partes. Según Serge y Doise (1994: 01) surge el consenso “cuando la gente trata de asociarse, toma decisiones y actúa con consentimiento”.

Esta definición implica que el consenso se funde en la idea de que las partes alcancen acuerdos sobre algunas cuestiones fundamentales. Como posible sistema de gobierno para Zimbabwe, la democracia consensual sin partidos tiene la cualidad única de ser capaz de ayudar a erradicar los desacuerdos derivados de un partido que gana las elecciones y de otro partido que las pierde, lo cual siempre ha sido la manzana de la discordia en Zimbabwe desde el año 2000. Los partidos políticos en las democracias modernas, especialmente en Zimbabwe, solamente están obsesionados por ganar y mantener el poder. Tal concepción de la política se ha generado a partir de la experiencia propia de estilo maquiavélico que sólo considera la política como un juego de poder. Como observa Moyo (1992: 312) “el partido político en África es un instrumento de poder y de dominación.” Por lo tanto, en lugar de centrarse en quién gana las elecciones, en un entorno sin partidos el consenso puede ayudar a los políticos de Zimbabwe a centrarse mayormente en cuestiones fundamentales que son cruciales para el bienestar y el desarrollo humanos.

El consenso, como base para una democracia consensual sin partidos, contempla diversos puntos de vista conflictivos y sus posibilidades, los enfoca y los dirige hacia una entente que todos los partidos reconocen. Como aprecia Wiredu (1996), el consenso es una forma de acuerdo y compromiso, y el compromiso es una forma más eficiente de aunar los intereses de los individuos con el fin de que se pueda hacer algo importante en común. Visto de esta manera, por lo tanto, el consenso no tiene por qué ser visto como una simple demanda de conformidad. Al contrario, se da más consenso que en la conformidad.

Aunque los sistemas tradicionales de parentesco que proporcionan la base para el consenso ya no existen, como argumentó Wiredu (1996), aún así el consenso resulta muy importante para las sociedades modernas de África, especialmente en Zimbabwe donde, en la era posterior a la independencia, sobre todo en el período de 2000 a 2009, se ha desgarrado como resultado de los principios democráticos liberales, generando constantes conflictos políticos y el odio entre el ZANU-PF y el MDC. A pesar de que, desde la superficie, el consenso puede antojarse hoy inviable y anticuado, al menos en el aspecto del diálogo puede recorrer un largo camino hacia la reconciliación de los divergentes puntos de vista políticos.

En principio, el consenso entendido como una solución a los problemas planteados por los principios democráticos liberales parece ser el único modo de salir de la paradoja democrática de Zimbabwe. La democracia consensual sin partidos no es sólo de carácter democrático, sino que también garantiza la participación de todos los individuos en casi todas las decisiones políticas, ya que está orientado a la discusión. Como observa Bingu wa Mutharika (1995: 09), “un aspecto importante de la responsabilidad política que la sociedad tradicional africana ha pasado de generación en generación, es la santidad del diálogo.” Por ejemplo, recientemente en Zimbabwe, algunos de los beneficios del consenso de decisiones son las negociaciones que lleva a cabo el gobierno de unidad nacional entre los tres partidos políticos, el MDC, el MDC-T y el ZANU-PF, aunque en la situación de Zimbabwe, hablando estrictamente, todavía no es una democracia sin partidos como la que pretende este documento. Pese a ello, sin embargo, mediante un acuerdo consensuado entre los tres partidos políticos, decidieron trabajar juntos hacia la solución de los problemas sociales, políticos y económicos que caracterizan el país en este siglo XXI.

El consenso soluciona el problema creado por el principio mayoritario de la democracia liberal, donde hay un problema en la conciliación de la mayoría con la minoría que puede ser también una mayoría con derecho propio, como se defendió en el análisis de las elecciones celebradas en Zimbabwe entre 2000 y 2008. Así, desde esta perspectiva, la democracia consensual sin partidos en Zimbabwe garantizaría la participación política de la minoría. Además, la democracia consensual sin partidos también resuelve la moderna y controvertida cuestión de los derechos humanos, que siempre se deben garantizar en cualquier sociedad política moderna. Los derechos humanos se tienen en consideración bajo consenso, en particular los derechos de la minoría (neutralizados en un sistema de democracia liberal mayoritario). Al comparar el gobierno mayoritario con el consenso de las sociedades tradicionales africanas, Wiredu (1996:163) señala que “todas las decisiones del Consejo se basaron en el consenso. Los ancianos persisten en la discusión de un tema hasta que se alcanza un consenso, un método que contrasta con la decisión por mayoría de votos que prevalece en las democracias modernas. La justificación de la decisión por consenso, como puede deducirse, era evitar la banalización del derecho de la minoría a tener un efecto sobre la decisión.” Por lo tanto, la democracia consensual sin partidos resulta importante para situar los derechos de todos en un primer plano, a diferencia de las modernas democracias liberales donde el derecho de la mayoría dominan sobre el de unos pocos.

Sin embargo, con el consenso no debemos eludir el hecho de que la gente tenga opiniones diferentes y divergentes en cuanto a ideologías políticas. Es casi inevitable que los desacuerdos, las diferencias y las divergencias en las opiniones sociales y políticas casi siempre surjan en el seno de las sociedades, igual que las diferencias en la adscripción ideológica de la gente que vemos en Zimbabwe entre los pertenecientes a diferentes organizaciones políticas. El consenso no siempre implica un acuerdo sobre todas las cuestiones, pero sí el compromiso entre las diferentes partes de que, finalmente, habrá acuerdo o conciliación, sabiendo plenamente que sus puntos de vista habrán sido tomados en serio.

Como observa Eze (1997: 315), cada partido es un partido de gobierno y el principio de gobierno debe ser la reconciliación de los intereses sociales. La reconciliación, el acuerdo y el consenso, y no el gobierno de la mayoría, deben recuperar el axioma político. En el contexto de Zimbabwe, por ejemplo, aunque puede haber diferentes ideologías políticas divergentes entre políticos y legisladores de los partidos que actualmente constituyen el gobierno, al menos las decisiones se basan casi siempre en un acuerdo consensuado sobre las cuestiones clave. De acuerdo con Wiredu, (1996: 303) el consenso se adoptó como base de la acción conjunta y se adoptó axiomáticamente. Por supuesto, la gente discrepa, pero el consenso en un sistema de gobierno sin partidos parece ser la única salida para el caso de Zimbabwe dentro de su actual paradoja democrática. Al mismo tiempo, es importante considerar la posibilidad de una democracia consensual sin partidos, pero teniendo en mente el argumento de Ramose (1999:130), según el cual puede ser “un simple pensamiento ilusorio pretender que el África contemporánea pueda pasar por alto su experiencia cultural de alineación y proseguir con la búsqueda de un paradigma epistemológico emancipador.” Por lo tanto, la necesidad de escapar de los principios democráticos liberales no será una tarea fácil para los estados modernos africanos, pero eso no significa que este sea el mejor sistema de gobierno para Zimbabwe.

Conclusión

Es necesario volver a examinar el orden social tradicional de las sociedades de Zimbabwe, en lugar de confiar en el préstamo de los principios democráticos liberales. La filosofía del liberalismo no es compatible con las experiencias democráticas de África. Por lo tanto, como solución al actual vacío democrático que caracteriza Zimbabwe, la democracia consensual es una opción viable para la salvación política del país.

Referencias

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*Munamato Chemhuru es profesor de filosofía en la Universidad Gran Zimbabwe de Masvingo, en el Departamento de Filosofía y Estudios religiosos. Estudió en la Universidad de Zimbabwe, donde recibió un M.A. en Filosofía (2007), un B.A. con grado especial en Filosofía (2004), y una licenciatura en Geografía y Filosofía (2003). Sus intereses de investigación incluyen: democracia, derechos humanos, sociedad civil, justicia y buen gobierno. Ha escrito varios artículos y capítulos de libros sobre filosofía social y política y sobre filosofía africana, así como filosofía del medio ambiente. También es miembro de la Sociedad Internacional de Filósofos y de la Sociedad de Filosofía de Zimbabwe.
Este artículo apareció en septiembre de 2010 en “The Journal of Pan African Studies” (vol. 3, núm 10).
Traducción de Africaneando.

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